La bruma desierta

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Caminaba con prisa bajo la atmósfera fría.  Invisible e imperceptible ante la terrible soledad plagada de tristeza. Eran los días tristes que asolaban las tierras del adiós, consumidos en el lúgubre silencio, en el llanto que se desdibujaba en el viento.

El eco de sus pasos resonaba como la terrible marcha que no vislumbraba un pronto final. Temía no llegar a tiempo, no acostumbraba a faltar a sus promesas y aquella no sería la excepción. La brisa soplaba seca y helada, acariciando con rencor su rostro descubierto, para ser invierno las noches no eran tan frescas como el año anterior, las nubes  se agolpaban en el cielo que poco a poco empezaba a oscurecer.

Corrió por las sombras al final de un callejón. Faltaba menos, pasó frente al farol que indicaba que pronto llegaría. Un susurro sordo turbaba sus oídos, tal vez eran los sentidos que no se acostumbraban a la soledad de aquella ciudad olvidada. El destierro clamaba en las calles sentenciadas, en un mundo moribundo donde los recuerdos asediaban como la terrible promesa del mañana.

Ni un alma rondaba por las calles. Las aceras vacías clamaban a gritos un poco de calor, hacía semanas que la gente prefería no salir de sus casas, justo desde el anuncio de una nueva guerra. Desde entonces, la niebla tensa y una calma intranquila se adueñó de aquellos hogares.
La fachada amplia de inmensos ventanales y la enorme puerta de roble se asomaba en la esquina. Ella rozó la perilla recordando una niñez que ahora parecía marchita, cuando jugaba justo allí, donde el concreto gastado daba lugar a un viejo banquillo en el que ya nadie reposaba. Era de noche, las cortinas cerradas impedían mirar al interior de la vivienda, desde el piso superior una brillante luz dorada se encendía y apagaba, una y otra vez.
Tocó el timbre que sonó tan terrible como antes.  Añoraba ese calor de hogar al que ya no estaba adiestrada, unos gritos que fueron suplantados por unos pasos la sorprendieron para ver luego como la puerta se entornaba lentamente, tímida, produciendo un fuerte chillido, haciéndole retroceder de inmediato. Una mujer de rostro redondo y mejillas rosadas se asomó ligeramente, era Amanda, sonrió con dulzura y la invitó a pasar con gran entusiasmo, su antigua nana sonreía como si el tiempo no hubiese pasado, como si sus vidas no se hubiesen consumido en los silencios de miles de batallas perdidas.

Hacía mucho que no la veía y el tenerla allí la conmovía profundamente. Le recordó épocas más felices y sencillas donde unos panecillos rellenos de chocolate alegraban el peor día.
Su padre descansaba junto al fuego en el viejo sillón caoba, las llamas le permitían indagar en esos grandes ojos azules surcados de arrugas, cansinos que apenas y la reconocían. Fumaba con desespero su gastada pipa mientras se dejaba llevar por el dulce aroma de la comida. Reparó en su presencia y una sonrisa fugaz iluminó su demacrado rostro, su mano derecha alcanzó la de ella dando un leve apretón que reconfortaba en su interior, apaciguando los miedos, queriéndose en silencio.
Dejó que el calor del fuego le infundiera valor y abandonó el pesado abrigo para sentarse en la alfombra justo como cuando era niña. Su padre solía contarles historias que escuchaban allí, justo a sus pies, como tontos embelesados, alegres en un pasado que sofocaba sus recuerdos, arrastrando terribles pesadillas hasta su presente.

Amanda sirvió leche tibia en dos pequeñas tazas, bebieron en silencio más por temor a quebrar la magia del momento que a sentenciar la nostalgia que les invadía.
-Pensé que no llegarías –  dijo con la mirada perdida casi en un hilo de voz.
La verdad era que no podía faltar a su palabra y fallarle justo en noche buena, besó con suavidad su mano dándole a entender que a final de cuentas estaba a su lado sin faltarle, él parecía comprender pese a sus gastados sentidos y su escasa cordura.
-¿Por qué no ha llegado tu madre? –inquirió observando el reloj sobre la chimenea que aún no funcionaba.
Y de qué manera podía responderle la pregunta, que pese a haber escuchado durante más de ocho años no conseguía explicarle mirándole a los ojos.
-De seguro vendrá pronto – Mintió.
Se calmó y reclinó en su asiento intentando fingir que le creía, engañándose a sí mismo, ocultando la verdad bajo un mar de recuerdos. Amanda les interrumpió, cruzó el umbral y le ofreció sus medicinas, al cabo de unos instantes se sumió en un amargo y aletargado sueño en el que al menos simulaba descansar. Ella tomó su  abrigo del piso y lo echó sobre sus hombros, se agachó para besar su frente sin evitar derramar aquella amargura que colmaba su ser.
La estancia vacía estaba igual que en aquel tiempo. Su padre tenía ocho años esperando a una mujer que había muerto de dolor, luego del alistamiento de sus dos hermanos mayores en el ejército y de su partida a la guerra, la estabilidad emocional de Elisa, su madre, se fue en picada hasta caer en un remolino del que nunca obtuvieron más que dos conversaciones para Joaquín y Gustavo quienes regresarían a casa, y lo hicieron.

Sus cuerpos sin vida fueron llevados hasta su madre, cuya sonrisa se extinguió hasta que sus cansados e hinchados parpados se cerraron, inundando aquel hogar de oscuridad y tristeza.
Y así un hombre loco de amor esperaba ansioso a una mujer muerta, enferma de pasión a la que la vida le robó las ansias de luchar, a quien la vida le quitó su tesoro hasta reducirla a cenizas esparcidas en el mar, para reencontrarse en la lejanía del cielo con sus amados hijos, masacrados en guerra tras las malas decisiones de un gobierno.
Así su padre cerró sus ojos solo para que su alma escapara del sufrimiento y la espera, abandonando la locura y encontrar la razón en brazos de su viejo amor.

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