Añoranza perdida

Eliza era joven y fuerte, una muchacha capaz de interpretar a las personas con tan solo echar una simple miradita y escucharlos hablar, le agradaba conversar con extraños, los entendía mejor que nadie según le confesaron un par de veces. Disfrutaba ir a la plaza las tardes de domingo a recibir el sol y lucir su mejor vestido, incluso se sentía guapa cuando una que otra vez algún muchacho desviaba las vista a su delgada figura, era una mujer sencilla y serena, que contaba con la lozanía que unos veinticinco años le podían permitir, a pesar de haber estado en situaciones bochornosas según le recriminaba su madre las noches que llegaba tarde del trabajo.
Pues sí, aunque para la época no era muy bien visto que una dama trabajara, mucho menos cuando lo hacía para un inspector cuarentón soltero algo excéntrico, Eliza dedicaba todas sus tardes a reunirse en el despacho del inspector Gerardo para ayudarle en sus asuntos personales, lo observaba debatirse entre sus libros con una mezcla de ternura y compasión, detestaba mirarle complacida perder sus años de vitalidad masculina allí sentado entre papeles, consumiéndose en el tabaco y la ginebra barata que ella le llevaba todos los días por la tarde, odiaba ver a través de la ventana mientras él escapaba de la miserable vida con alguna cortesana de paso a la que sin duda no amaba. Mientras ella se debatía en su interior por un hombre gastado, tal vez algo mal de la cabeza, ajeno a sus deseos, incapaz de mirarla con cariño a pesar de estar cada segundo a su servicio.
Cada mañana seguía el ritual, despertaba y se aseaba, cogía el vestido de lino gris y se lo ponía, iba de camino al pueblo no sin antes comprar la botellita que su jefe tanto anhelaba, luego llegaba sonriente, le ofrecía una merienda y preguntaba por el trabajo de la tarde.
Él por su parte, un hombre no muy agraciado de frente ancha, cejas pobladas y barba rizada la esperaba junto a la puerta, esperando la silueta que le traería paz. Se sentaba deseoso de verla llegar, pero esa tarde algo lucía distinto, quizá fuese la brisa que soplaba furiosa contra los ventanales del lugar, o la neblina que espesa que se acumulaba en la calle lo que le hacía dudar. Eran más de las tres y ella no aparecía, sin duda era muy tarde para salir sola a la calle, ya casi se había resignado cuando la puerta del despacho se abrió violentamente sin avisar, volteó de inmediato y allí estaba justo en el umbral, algo no iba bien, ella llevaba un nuevo traje absolutamente negro que le cubría por completo los brazos y el cuello, sonrió a su pesar con una tristeza que flotaba en su mirada vacía. Se aproximó hacia su jefe y se apoyo en el escritorio, no conseguía la fuerza necesaria para hablar.
-He venido por mis cosas, debo dejar el empleo señor Gerardo – dijo por fin – las cosas no han ido bien del todo, mañana pasaré por mi paga hoy solo necesitaba avisarle.
Apagó su pipa y la observó desconcertado.
-¿Pasa algo? ¿su señora madre se encuentra bien?
-Está bien gracias por preguntar – anunció con frialdad – esta mañana ha venido un joven de la ciudad, resultó ser un conocido de mi padre cuando este aun vivía, venía con estricto derecho de pedir mi mano en matrimonio, y dado que la manutención de mi familia ya no es suficiente me he visto en la obligación de aceptar, por ello debo dejar de prestarle mis servicios señor.
A él se le caía el alma a los pies escucharla hablar de ese modo, quería ofrecerle algo y partirle la cara a ese desconocido que la arrancaba de su lado, pero no tenía nada bueno para darle, su vida se resumía a esas cuatro paredes y su pipa, no tenía un real para pedirle que se casara con él, para rogarle que no se alejara de su lado, decirle que la quería…
Pero le falto el valor para hablar, se limitó a asentir levemente y decirle que pasará al día siguiente por su paga, le deseo lo mejor y la vio marcharse sin mayor esperanza que la soledad y la amargura eterna, consumiéndolo a la deriva de un desamor que no tuvo principio y mucho menos final.

A la mañana siguiente no hubo rastro de ella, tampoco en la tarde ni en los días que precedieron la terrible noticia, parecía que Eliza se había esfumado sin aviso alguno. Gerardo había perdido la esperanza si quiera de verla otra vez así fuera en los brazos de un hombre, añoraba su sonrisa, su mirada, su compañía, se deshacía pensándola en vano sin saber de su paradero o su vida.
No fue hasta un año después cuando llegaba al despacho de un paseo matutino que recibió una pequeña carta, el sobre no tenía nombre del remitente, pero al abrirlo y ver su estilizada letra le embargó la felicidad que tanto había extrañado, no era una carta triste ni melancólica como pensó al principio, era corta y relataba sencillamente “Aún espero los cálidos besos de mi amor verdadero, aquel que vaga sin profundidad añorando la felicidad que escapó solitaria para buscar el momento en el que ambos podrían reencontrarse en la lejanía sin más testigos que sus ojos, aún te espero dueño de mi vida, adorando cada instante compartido y deseando los que de seguro están por venir”
No había más que alegría en aquel hombre que hacía una horas se dejaba llevar por la bebida y la mala vida, ahora como si una luz celestial iluminara su camino se decidió a vivir lo que había perdido y a dejarse llevar por la lucha de emociones que navegaba en su pecho, sin mayor necesidad que la de partir pronto en busca de la mujer de sus sueños.
Añoranza perdida

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