De un lugar perdido

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Nunca había visto el cielo de un azul tan intenso, incluso la brisa revolvía con curiosidad su cabello corto color castaño, de un brillo exquisito ante  los profundos rayos de sol que se colaban entre los árboles. Debía ser silencioso, nadie podía enterarse de qué se encontraba allí, oculto en el poblado bosque al sur del reino donde vivía. Pretendía huir, esa era su finalidad, no  sabía con exactitud cómo actuar en aquella situación de “prófugo no buscado”, tal vez  no notaran su deserción,  en realidad no era un personaje importante, cuya ausencia fuesen a echar de menos.

Darío era joven,  más de lo que aparentaba a sus escasos diecisiete años,  una poblada barba rojiza cubría su mentón y parte de las mejillas, sus ojos verdes siempre permanecían alerta divagando entre la curiosidad o el miedo, pero no se permitía a sí mismo sentir temor ante lo desconocido, o eso era lo que él pensaba, en situaciones de riesgo se mantenía erguido con la espada en la mano sin mover un músculo. También era tonto, o simplemente inexperto e inmaduro, por eso se dejaba llevar por los impulsos en lugar de detenerse a pensar.

Su padre, un viejo granjero bastante pobre para mantenerlo, había casado a sus dos hijas menores al primer hombre que le ofreció comodidad sin esperar nada a cambio, y es que la dote la usó  cuando Darío tenía tan solo ocho años, compró una gastada armadura de cota de malla, a un caballero exiliado que divagaba por la zona, sin duda su hijo era quien podía sacar a su humilde familia de aquel estancamiento económico. Sin embargo, un niño pequeño era incapaz de llevar esa indumentaria, entonces el padre perdió la esperanza y se resignó a esa vida de trabajos forzados.

Hasta esa mañana en la que Darío decidió unirse a la guardia del rey, aunque no tenía la menor idea de donde se encontraban, sospechaba que cruzando la montaña llegaría al campamento del rey, solo debía solicitar unirse y su misión empezaría.

Todo se hallaba en demasiada calma, el aire no solía ser tan fresco en aquel lugar, ni un animal hacía presencia ante sus ojos, lo que resultaba extraño y a la vez incómodo. Su estómago rugió, maldijo en voz baja por  haber tomado tan pocas provisiones, tendría que cazar algo si pretendía sobrevivir en medio del bosque. Se situó bajo dos enormes robles de madera vieja,  intentaba permanecer inmóvil asechando a una presa. Entonces la vio,  la criatura más hermosa que había pisado su mundo, era una mujer hermosa, caminaba silenciosa agitando su larga cabellera negra como la noche,  le llegaba hasta las rodillas que tenía descubiertas en un vestido gastado que recogía con sus manos para no pisar,  de piel cálida y blanca, no fue hasta que los ojos de ella lo vieron que sintió el embrujo golpeando su pecho, dejándolo con la boca abierta, la expresión perdida y el alma robada ante el ángel del bosque.

Se acercó con cuidado, temiendo espantar a la frágil criatura, ella no se inmutó, permaneció fija allí sin despegar la vista del extraño que se aproximaba a su lugar, él tendió su mano y la aceptó con cuidado haciendo una leve reverencia. Los ojos de Darío brillaban entusiasmados olvidan por instantes su verdadera misión.

-¿Cómo te llamas? – preguntó.

-Aroa, cuido del bosque mi señor,  ¿es acaso usted alguno de los enviados del rey?

Se sorprendió al escuchar la melosa voz de Aroa, tan cantarina como veloz.

-Me temo que no, pero espero serlo en los próximos días – asintió – ahora mismo me dirijo al campamento madame.

Allí en el silencio del seto,  Darío se sintió hechizado en cuerpo y alma por la criatura celestial que se posaba frente a él. Desconocía la letalidad de la belleza y las penurias que se pueden ocultar tras de ella, un rostro pálido perfectamente tallado consigue ocultar los peores crímenes en hermosas sonrisas,  incluso lo mortal que alcanza a  resultar el dejarse impresionar por una desconocida, era el precio que debía pagar…

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