La batalla perdida

La batalla perdida

1era parte

Aleana despertó cansada,  había dormido tan mal tras la última notica que ahora todo parecían recuerdos borroso de un pasado lejano. No sabía dónde se encontraba en ese momento, estaba en medio de lo que parecía un bosque espeso lejos, muy lejos de lo que conocía como “su hogar”.

Todo pasó tan rápido que no le había tenido el tiempo necesario para asimilarlo,  su madre desaparecida, su padre muerto, el palacio en llamas… las doncellas proclamándola reina y señora de Arcadia, cuando ella solo quería llorar la pérdida de su amado padre. Y luego su tío, mandando a apresarla por cientos de guardias como si fuera una traidora al reino. No recordaba  cómo llegó hasta allí, y mucho menos como consiguió escapar de una muerte segura. Alcides reposaba a su lado,  llevaba el rostro curtido con algunas raspaduras, le apartó el cabello castaño para observarlo con detenimiento, una fina barba le cubría el mentón y las mejillas, la armadura estaba rota, y probablemente ya no le serviría de nada, se observó a sí misma para sorprenderse, no tenía mejor aspecto que su compañero, el vestido cubierto de sangre se rasgó dejándole los tobillos al descubierto, los brazos cubiertos de raspaduras y cortadas la hacían lucir más debilucha de lo que realmente era.

Palpó su cuello y descubrió que aún conservaba el cristal dorado que su padre le regaló en su último cumpleaños, se aferró a él como si aquello le fuese a devolver la esperanza o las ganas de vivir. Ahora que no tenía nada, le arrebataron el trono y la despojaron de su derecho, el testamento del rey fue quemado y así su legitimidad como reina de Arcadia, aunque consiguiese volver nada le aseguraba recuperar lo perdido.  Su tío era ahora tan poderoso que ningún ejército podría derribar los muros de la ciudad, usurpador como siempre lo imaginó la dejo en la nada.

La brisaba soplaba fresca e impasible, ese lugar desconocía el bullicio y el terror del fuego y las armas, la serenidad de los árboles le permitía aclarar su pensamientos. Cientos habían muerto la noche anterior en su nombre, ella misma los condujo a la muerte, se juró que nadie más perdería la vida por una cobardía suya. Se culpaba de todo, incluso del secuestro de su pobre madre, tanto añoraba dar con ella, la única oportunidad sería buscar a su abuelo y no sabía dónde se encontraba,  el camino que se le venía era largo y turbio, el temple sería su fiel acompañante si realmente deseaba acabar con toda esa pesadilla.

Alcides despertó, estiró los brazos y sonrió lentamente a su compañera, esta solo le dedico una triste mirada agonizante.

-¿Qué ocurre princesa? ¿acaso no conseguí traerla hasta aquí más que con algunos rasguños? – le preguntó desconsolado.

Aleana se levantó, al principio le costó sostenerse en pie pero con ayuda de un árbol lo logró hasta recuperar el equilibrio. Lo miró amargamente, había olvidado lo mucho que le gustaban los ojos de Alcides por lo que desvió la mirada apenada.

-Y os lo agradezco, pero no debéis llamarme princesa de nuevo – razonó con precaución – si alguien os escucha podrá identificarnos y llevarnos hasta mi tío, temo que no tengamos tanta suerte en esta oportunidad.

-Aleana – le respondió con dulzura él – los dioses te han elegido con reina y absoluta soberana de Arcadia, no creo que dejéis las esperanzas de vuestro padre en simples promesas rotas. Buscaremos ayuda, en Siraí aún tengo algunos amigos que podrán ayudarnos a conseguir un barco, con una flota armada conseguiremos más seguidores de los que puede contar vuestro tío – sonrió – Arcadia temblará y yo le devolveré a su legítima reina.

Desconfiaba de las palabras tan bizarras de aquel caballero. Si era cierto que jamás le había mentido, pero sabía que nada sería sencillo, que en el mundo todo tenía un precio, y en el de ella las cosas resultaban no salir del todo bien como se las planteaba, debía conservarse calmada y fresca como le habían enseñado, ahora estaba a punto enfrentar la prueba más dura, la que definiría su destino y el de millones de personas. Enfrentarse al usurpador conllevaba ciertas responsabilidades y sacrificios, si deseaba recuperar el trono y cumplir la promesas dichas, dejaría la niñez aquel día para convertirse en una mujer, en un reina, en todo lo que su padre le enseñó, en Aleana de Arcadia.

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