Esclavos del destino

 

Esclavos del destino

No sé realmente en qué momento empecé a meditar mis acciones con absoluta precaución. Jamás funcioné como una cabeza meticulosa y obstinada, actuaba sin analizar, dejándome llevar por impulsos e instintos que no llegué a cuestionar.

En cuestión de segundos, el mundo parece paralizarse a mi alrededor, todo se detiene con una precisión asombrosa que no para de deslumbrarme. Mis ojos, agotados y acostumbrados a la absoluta oscuridad, no dan cabida lo que enfrentan. En silencio me acerco caminando hasta él, no puedo evitar sentirme mareada, hace mucho que no veía a nadie, mucho menos en aquel alejado páramo, donde la vida suponía apenas un recuerdo en medio del caos que reinaba. Me tiende su mano izquierda, la tomo sin recelo, es cálida y suave, me recuerda que me mantengo con vida. Dice algo con sus labios pálidos que mis oídos no llegan a escuchar jamás, creo que mi cabeza no entiende o simplemente mi estado es mucho más grave de lo que imaginaba.

Intento explicarle mi situación sin éxito, no logro articular palabra alguna. Mi voz por algún motivo ha escapado de mi garganta, dejándome a merced del enemigo. Mis sentidos desvariados, difícilmente consiguen ayudarme en algo. Me duele tanto el cuerpo que no vale la pena detenerme a pensar en el aspecto que debo tener. Luego estaba el hambre, me corroía  las entrañas, las pocas frutas que pude localizar en el bosque no eran de gran utilidad para saciar mi apetito. Desde luego había perdido peso considerablemente, los huesos de mis mejillas sobresalían como nunca.

En ese instante, un rugido feroz rompió el incómodo silencio obligándonos a retroceder. Sus ojos se iluminaron débilmente, no deseaba admitirlo pero él también se encontraba asustado. Cuan desdichado era el momento, tantos meses buscándome, tanto tiempo sobreviviendo, y morir de igual forma sin siquiera cruzar media palabra que pudiese llevarme a la tumba y  recordar. Suspiro, no creí ser la protagonista de tan trágica historia de amor. Al menos Romeo había logrado besar a Julieta, y ¿qué besaría mi amor? ¿un cadáver frío a la intemperie? ¿el vago recuerdo de una mujer a la que apenas conoció? No, no existía respuesta adecuada a mi razonamiento. La vida se había tornado tan corta y a la vez tan injusta, que el creernos dueños de nuestro destino era solo un anhelo y no un derecho.

Caigo de rodilla desesperada, quiero gritar aunque mis pulmones gastados no me lo permiten. El cielo tan claro con escasas nubes sonríe ante mi desesperación. Él intenta protegerme, el recuerdo se vuelve borroso, una  capa de humo lo cubre todo, mis ojos empieza a llorar, el cuerpo comienza arder… luego todo se vuelve negro, ya no siento dolor ni desesperación, me encuentro aletargada sin saber en dónde estoy. Decido dormir, cierro los ojos con fuerza y me dejo llevar por la inconsciencia.

Las flores silvestres acarician mi rostro. Me incorporo con dificultad, siento que he dormido al menos un par de días, no recuerdo como llegué hasta aquí. Me veo rodeada por cientos de flores coloridas de un maravilloso aroma dulce, aquello parece el paraíso. Una densa capa de sudor cubre las palmas de mis manos ¿Dónde se encuentra él? Mis ojos intentan localizarlo con desesperación, buscando insaciables por doquier. Lo veo por fin, vestido con una suave camisa de seda azul que va a tono con sus hermosos ojos, me sonríe despreocupado, de la que nos hemos librado, porque me sentía en el cielo, aunque estuviese muerta aquel era el recuerdo más hermoso que me permitiría disfrutar. En la paz del abismo silencioso, donde los malvados no adquieren poder, en donde la vida no es más que un breve segundo en el que nos permitimos suspirar, confío en la verdad que reflejan su mirada, en la tranquilidad que me inspira su sonrisa. Entonces me relajo, y creo fielmente que de haber perdido la batalla, no dejamos de luchar ni un instante, porque absolutamente nada ha ocurrido en vano. Porque al final siempre fuimos esclavos de la injusticia, siendo ahora libres en nuestro propio suplicio, apreciando la verdad.

 

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