Difusa realidad

Difusa realidad

Lucía ha decidido no volver a dormir jamás. Aunque en el fondo sabe que resultaría imposible, no se atreve a admitirlo por la terrible impresión que le han causado las pesadillas a las que se ve sometida desde hace algunos meses. De vez en cuando imagina que podría descansar tranquila y plácidamente. De todas formas siempre tiene la opción de regresar, de volver a su cama y notar que todo lo que ha pasado no era real. Pero el terror que le inspira la sacerdotisa, una mujer cruenta de larga cabellera rubia y ojos azules como el mar salado, que la acosa en sueños, es quien la ha llevado a tomar esta dura decisión. Realmente lo intenta, pero sus parpados pesan más que la voluntad propia, finalmente sucumbe ante el sueño. Pero algo ocurre, esta vez el panorama es absolutamente distinto. Su habitación se halla totalmente destruida. El humo es lo único que alcanza a ver con precisión, mientras unas llamas doradas de fuego se disparan tras de ella y tiene que huir. Un golpe en la cabeza la saca de la realidad. Al abrir los ojos espera que todo acabara, despertar y olvidar lo ocurrido, pero no es así, se encuentra en una pendiente inclinada por la que debe caminar con mucho cuidado. La sensación de que algo terrible la persigue vuelve a acompañarla. Corre y corre, dando tumbos, cae y se levanta. Quiere volver, despertar y sentirse tranquila. Pero algo pasa, no puede regresar, no hay manera de estar segura, la línea de la realidad se vuelve difusa ante sus ojos ¿será de verdad? Se pregunta una y otra vez. El dolor en sus manos y rodillas al menos es real, la sangre que corre por su mejilla también lo parece, jamás había sido tan vivaz alguno de sus sueños. La sacerdotisa ha vuelto, le sonríe maliciosa, le indica algo, algo que Lucía no termina de entender, esta reclama su sangre. La mujer lleva un cáliz dorado en la manos se lo lleva a la boca y bebe con desesperación, al terminar un líquido rojo y espeso emana de sus labios purpura. En medio de la desesperación, Lucía halla la solución, se abalanza por el acantilado, sin sentir miedo, solo desea terminar con aquel horror. Un golpe seco contra su pecho la deja en medio de la inconsciencia. Despierta, su habitación se encuentra en absoluta calma, el silencio lo invade todo. No siente dolor ni preocupación, no tiene ni un hueso roto. Al final de todo tal vez fue solo otra pesadilla. Pero algo no está del todo bien, las cosas no se encuentran en el mismo lugar de siempre, a su lado, en la pequeña mesita de noche, descansa un objeto resplandeciente dorado. Entonces lo recuerda…el cáliz.

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2 respuestas a Difusa realidad

  1. Humberto dijo:

    Hola, llegué hasta aquí a través de tweeter, leí la entrada y me gustó, voy a tomarme un tiempo para conocer mejor tu blog.
    Te dejo un abrazo.
    HD

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