Eternidad marchita

Eternidad marchita 

Las colinas desiertas parecían querer decirme algo. La lluvia cubría parte del terreno rocoso en el que me encontraba. El cielo había dejado de ser cielo, las nubes negras lo invadían por completo. Hacía meses que el sol no salía por allí, los árboles empezaban a dejar caer con breve lentitud sus hojas secas, agotadas de tanta tormenta. Se dejaban barrer con la más mínima brisa, sin tener un destino exacto. La gente del pueblo ya no frecuentaba aquel paraje, dulce en algún momento, ahora desolado y despojado de sus antiguas riquezas.

Los reyes lo habrían dado todo por poseer aquellas tierras. Pero ahora no valían para nada, ni para la siembra ni la caza. Los animales desaparecían poco a poco, mientras que las frutas escaseaban con frecuencia.

Tendida sobre la hierba, empapada de pies a cabeza, con el vestido chorreando a mares y el cabello calado, allí me encontraba yo. Hacía horas que debía haber vuelto a casa. Sin duda mi madre estaría preocupada y disgustada. No me agradaba la sensación de volver con las manos vacías. El mercado había cerrado hacía horas, los comerciantes se quejaban de no conseguir alimentos para vivir, aun nosotros nos quejábamos más, sin nada para comer no duraríamos mucho. Los días eran duros, pero aquellos en los que faltaba el pan solían ser los peores. Lo mejor sería regresar de una vez, para qué retrasar lo inevitable.

Cuando volví a casa aún hacía frío, la lluvia no había cesado en absoluto. Un eco distante me acompañaba hasta el umbral de la puerta. Vislumbré por la ventanilla de la cocina la silueta de mi madre, estaría inquieta acomodando lo acomodado.

Entré silenciosa, no deseaba causar un alboroto. Adentro hacía un poco de calor, las calderas se encontraban encendidas a la espera de alimentos para cocinar, las miré incrédula, cada noche era lo mismo. Me tomó por sorpresa, se encontraba junto a la puerta con un cucharón de madera en la mano, sus ojos cansados me estudiaban inquisitivamente, me sonrojé al ver como buscaba una bolsa repleta de comida a mi alrededor. Negué por lo bajo, no me atrevía a romper tan incómodo silencio. Ella se limitó a esbozar una mueca que pretendía convertirse en sonrisa, por mala fortuna, no lograba engañarme. Se situó junto a la ventanilla, la leve luz procedente de las velas iluminó su rostro sombrío.

-No he corrido con suerte esta tarde – dije por fin – tal vez mañana consiga algo.

En el fondo sabía que mentía, pero no replicó, se limitó a dedicarme una triste sonrisa de aquellas que acostumbraba en los tiempos difíciles. Y claro que eran tiempos difíciles, mi madre, quien había llegado a ser una de las mujeres más hermosas que mis ojos vislumbraran, ahora se hallaba tan desmejorada y abandonada, el tiempo había dejado surcos imborrables en un rostro apacible marcado por la miseria.

Y es que antes,  la cotidianidad parecía tan absoluta, como si siempre fuese a mantenerse allí, jamás pensé en echar de menos el colorido pueblo alegre que éramos en otro tiempo. Cuando la gente vestía hermosos trajes de lino y sedas caras de la mejor calidad. Los aromas del mercado, la comida abundante. Las escuelas repletas del bullicio alegre, las panaderías con el dulce y fresco pan recién horneado.

Pero la realidad distaba mucho del mundo maravilloso al que estaba habituada, ahora la sobrevaloración no parecida tan absurda en un mundo en el que nos robaron la dicha y la alegría. Entre calles vacías se pasea con frecuencia la amargura de haber perdido tanta añoranza marchita, agonizante, deseando volver en el tiempo y mantenerse por la eternidad. Porque este no era el mundo que imaginábamos para nuestros hijos, al menos la mayoría soñaba con dejar algo mejor…

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