El juego de ladrones


Los caballeros sentados a la mesa reían amistosamente, un mapa arrugado y gastado descansaba sobre la superficie de madera. Alrededor, todos se precipitaban a mirarlo sin decir nada concreto al respecto. Los aliados volvieron a mirarse con una sonrisa tallada en el rostro, aquella aventura les había dejado un gran botín, sin mencionar los rebaños que se hicieron poco antes de llegar a la ciudad de Vim.

Una chica de escasos dieciséis años se acercó al más joven del grupo, un chico que aun no llegaba a los veinte, vestía una vieja túnica de lana gris y llevaba el cabello negro revuelto, Lisandro  la miró complacido y aceptó con gusto la copa que la niña le tendía. Edahi y Minerva, no fueron tan amables como él, a pesar de hallarse de buen humor, no les agradaba que una pequeña intrusa escuchara parte de sus planes, por muy insignificante que fuera desconfiarían de quien sea.

Pronto estuvieron solos y las cosas volvieron a parecer en calma. Discutían sobre las reservas que mantendrían ocultas hasta considerarlo necesario, también sobre duplicar los guardias al pie de las murallas. Lisandro desaprobaba en absoluto aquel plan, no tenían nada que temer y mucho menos razones para ocultarse. Sí eran ladrones, ciertamente no era bienvenidos en muchas posadas del reino, pero, a estas instancias, y con la guerra a medios términos nadie se fijaría en algunos bandidos como ellos. Mucho menos ahora que contaban con la ayuda del Artemio el terrible, un viejo hechicero a quien su fama de cruel le precedía. Lo cierto era que no existía ni rastro de maldad en el viejo, si bien  era verdad que  la ambición y la codicia le carcomían en su interior, pero respecto a sus actos sanguinarios todo resultaba una mentira. Mejor que todo el reino le temiera, de esa manera se mantendrían a salvo durante algún tiempo.

-No necesitaréis de ninguna medida – afirmó cuando se sintió cansado de tanta discusión absurda – yo mismo me encargare junto con el hechicero de todo lo que haga falta. Vosotros dos encargaos de los barcos que toquen puerto, es todo y más de lo que queremos.

Minerva lo observaba incrédula, sus grandes ojos verdes lo estudiaban inquisitivamente como si se tratara de alguna trampa. Era una mujer hermosa, llegaría a los treinta, de largos cabellos rojos como el fuego, mandíbula cuadrada y nariz recta. Cualquier hombre habría deseado estar con ella, salvo por la ferocidad que se ocultaba en su interior, aquella fiera indómita jamás dejaría que nadie le pusiera un solo dedo encima. Si bien los sabía Lisandro, lo había intentado en una ocasión y consiguió escapar con un par de dedos rotos.

-Somos ladrones,  perseguidos por la ley, bajar la guardia sería un grave error – hablaba con el acento de las costas – en cambio – se paseó cerca de él – forjar un ejercito, aquí y ahora mismo nos aseguraría una buena parte del oro proveniente de las islas, y bien sabéis que deseo una corona de granates.

Era lo único que repetía siempre, su anhelada corona, y nada podía hacerla cambiar de parecer. Pero nadie apoyaría un ejército de ladrones y mercenarios como ellos. Algo brilló en los ojos de Minerva, la codicia hablaba por ella.

-Pero es que yo no quiero todo ese oro Minerva – protestó – puede que tú y Edahi queráis el reino interno, yo solo buscaba algo de dinero para brindar a una familia a la que hace poco tuve que sepultar – se sentía frustrado – ahora ya no necesito el oro, lo perdí todo…

Su voz reflejaba más de su tristeza de lo que él pretendía. Tal vez era momento de abandonarlos, de encontrar una causa u otra razón para cambiar de camino. Ya no deseaba saquear ciudades ni torreones, solo pretendía marcharse con lo que tenía y dejar que el resto del mundo se las arreglara sin él.

-Es por esa chica – fue Edahi quien habló con esa voz profunda característica solo de él – Gea, no quieres que se meta en esto, pero es tarde, el asunto no es tan sencillo como para sacarla de aquí y llevártela lejos. Los caballeros la buscarán y querrán una venganza, secuestrarla no ha sido tu mejor idea.

Y no lo había sido, enamorarse de Gea podría suponer la ruina para ambos. Ahora atados de manos debía permanecer en la ciudad a costa de todo, y llevar a cabo todos los planes, ahora no tendría escapatoria.

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