Emboscada

Emboscada 

El mundo parecía oscurecerse tan de pronto, a una velocidad inimaginable. El sol se  escondía temeroso sin piedad, dejándonos a merced de absoluta negrura. En mi escondite todo se hallaba en absoluta calma, tal vez demasiada, por eso nos inquietábamos a menudo. El largo pliegue de papel se extendía frente a mi, no sabía que palabras colocar en su superficie gastada y arrugada. Se suponía que una carta podría llevar la noticia de nuestra liberación a los señores del sur, aunque mucho me temía que poco les interesara saber que pasaba con nosotros.

-Tenéis que daros prisa – me apremió el más viejo de los hombres.

Para su mala fortuna, era la única del pequeño grupo que sabía leer y escribir, y ellos esperaban que esa mínima ventaja les otorgara una última oportunidad para sobrevivir. Manuel, era el mayor de todos, casi llegaba a los setenta, quería avisar a su señor feudal que se encontraba con vida, y tal vez pedirle unos cuantos favores que jamás llegarían a ser atendidos. Había pasado unos veinte años encarcelado, y en todo ese tiempo su señor comandante no se había inmutado en buscarlo o al menos pagar un rescate. Ahora lucía tan demacrado y marchito, con la piel macilenta y los ojos rojos, el cabello gris y profundas arrugas que surcaban sus labios negros. Todo él apestaba a enfermedad, pero no me permití abandonarlo, existía algo en el viejo hombre que me impedía dejarlo a su suerte, aunque de cualquier forma había sido lo más sensato.

Por otro lado estaban Elinor, una joven muy pobre que apenas y había conseguido huir junto a nosotros. La chica trabaja en un burdel cerca del pueblo, con los saqueos decidió escapar temiendo lo peor, varías de sus compañeras fueron asesinadas mientras dormía, ella logró escapar con menos que algunas cortadas y rapaduras. También estaban Aitor y Basilio,  ambos hermanos, trabajaban para el campamento de leñadores cuando el pueblo cayó en ruinas, lo perdieron todo en el camino, y poco después se reunieron con nosotros.

Escapar era una difícil oportunidad, los caminos se mantenían bajo estricta vigilancia al igual que los viajeros que surcaran por ellos. Conseguimos llegar al bosque Baltasar por medio de las colinas, el camino era empinado y no menos riesgoso, pero para extraños habitantes como nosotros, era lo más seguro por el momento.

Probablemente yo era una de las más buscadas por la justicia del rey en aquel momento.  Desde que tenía uso de razón había sido la doncella de la joven princesa Aurora, y ahora esta se encontraba muerta. La había visto desfallecer justo en el momento que el castillo fue asaltado, muy pocos lograron salir de aquel revoltoso altercado, el rey, su esposa y el príncipe Abel fueron pocos de los que seguían con vida. Nadie se explicaba como yo no había muerto en aquel instante, era un absurdo para la mayoría de los caballeros de la orden del rey, aún más para este, quien decían se encontraba enfermo poder.

Lo cierto era que no había logrado escapar por mera suerte del destino. La noche en que nos alcanzaron en la torre, la princesa se hallaba al borde de un ataque de nervios, mientras yo intentaba en vano prender fuego a la chimenea, era u capricho de mi señora, pues sabía que era un llamativo a los asaltantes y forajidos. Cuando nos encontraron, no tuvieron piedad, con un tajo en la garganta acabaron con la vida de la bella princesa, quien no tuvo oportunidad de pedir clemencia. Eran dos hombres, ambos corpulentos de rostros cuadrados y cabellos castaños, llevaban capas negras que ondeaban con el viento, yo era probablemente la presa más fácil, salvo que uno de ellos, dio el menor atisbo de reconocimiento de quien era yo. Sus ojos confundidos evitaban un par de lágrimas. Mientras el otro intentaba abalanzarse sobre mí, este lo detuvo y clavo el puñal que llevaba en el costado de su compañero. Mi hermano me había perdonado la vida. Luego de eso me gritó que me fuera, que lo culparían por todo si alguien llegaba a enterarse de lo ocurrido. Estaba asustada, hacía años que no veía a mi hermano, y la perspectiva de abrazarlo tan solo me asustaba un poco más.

Corrí escaleras abajo, no llegué a cruzar una sola palabra con él, sabía que si perdía el tiempo lo seguro era que no llegara a salir del castillo con vida. Pero justo cuando iba a atravesar las puertas, recordé al viejo Manuel y lo enfermo que se encontraba, corrí a buscarlo en las mazmorras. Allí no había guardias ni mercenarios, abrí la celda y eché un brazo por su espalda para ayudarlo a incorporarse.

Llegar hasta el pueblo no resultó complicado, entonces se nos unieron Elinor, Aitor y Basilio, que lejos de ser una carga resultaron una enorme ayuda. Basilio conocía las montañas, por lo que nos ayudó a conseguir la cima más alta y nos guio hasta nuestro nuevo escondite. Ahora caminábamos en círculos, sin saber con precisión cual sería nuestro próximo paso a dar.

Cuando lograron encender la hoguera, el pergamino aún se encontraba extendido ante mí. Lo cierto era que el señor de Manuel era nuestra única alternativa, y si el anciano mantenía esa firme esperanza, los demás teníamos que aferrarnos a ella, era lo que nos quedaba. Lejos de morir en los bosques, todos aguardábamos poder salir de allí y comenzar desde el principio. No sería sencillo, las heridas grabadas en nuestra memoria tardarían en cicatrizar, y era seguro que muchas de ellas jamás se cerrarían por completo. Pero mirar al pasado no era opción, nuestro futuro era siempre hacia adelante, y hacia adelante tendríamos que ver.

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4 respuestas a Emboscada

  1. MaríaValgo dijo:

    Me ha encantado!! Gracias!!

  2. Innombrable dijo:

    Muy bueno tu escrito y muy interesante tu blog

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