Secretos ocultos

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Secretos ocultos

El sol brillaba entre las ramas de los árboles viejos, en el acompasar silencioso de los días de tedio, de aquellos sublimes respiros que se guardaban en el fondo de su espíritu.

Las colinas distantes parecían mantenerse alejadas  del mundo sin atreverse a mirarnos de frente, definitivamente tan distantes, tan sublime. Hacía tanto que no las veía, siquiera  lograba recordarlas, es que los recuerdos se mezclaban en una memoria desagradecida, una que perturbaba e imaginaba a su antojo, deliberadamente en los suspiros, en el ayer, en las noches cálidas que poco importaban.

 Sus  oídos sordos no alcanzaban más que escuchar esa risa, absolutamente  dulce, una suave nota musical que se volvía en su  cabeza una excelente tonada mágica. Digna de las mejores canciones, entonada por una voz feérica celestial.

Lo llamó a lo lejos. Él no pretendía descifrar lo que sus labios pretendían expresar. La felicidad lo absorbía, dejándolo a merced de un remolino de emociones del que su alma no conseguía explicar. Pronto sus palabras comenzaron a cobrar sentido para su cabeza distraída, por unos instantes había olvidado el peligro que corrían.

-Debo regresar al internado – Dijo  ella con evidente preocupación.

Él por su parte  no podía evitar sonreír, sus ojos adquirían un hermoso tono celeste cuando algo la inquietaba. Eso no importaba, solo que ella parecía molesta, repetiría lo mismo de siempre.

“-No me tomáis en cuenta – Cruzando los brazos sobre el pecho mientras desvíaba la vista a otro lugar – todo significa un juego, debí hacerle caso a las otras chicas del colegio…

Daniel acababa por reír, nada le gustaba más que verla enfadada, sobre todo al final, cuando una vez contenta, le regalaba un abrazo tímido, y él acababa por robarle un beso. La primera vez se arrojó sobre él intentando golpearle el rostro, no había meditado lo fuerte que podría ser una chica de diecisiete años, tan menuda y delgada. Pero esa fue la única oportunidad en la que lo tomó por sorpresa. Luego, aunque fingiera, Daniel sabía que le encantaba, y esa falsa moralidad lo entusiasmaba a seguirle el juego.

No soportaba la perspectiva de volver al castillo y dejarla a manos de las institutrices. Desde luego ninguna de ellas conocía de sus esporádicas salidas. La idea de separarse de Lucía le molestaba más que nada, detestaba aquella formalidad entre padres e hijos, también la que existía en aquellos colegios, donde solo recibían señoritas de las mejores familias de toda Francia.

Nunca aceptarían a un joven como él, desgarbado, sin futuro. Un simple herrero de pueblo que no sabía de letras ni de textos, apenas y conseguía escribir su nombre sin cometer errores.

Por el contrario, Lucía era inteligente, brillante sobre todas las estudiantes de su clase, cada tarde que compartían no dejaba de sorprenderlo. A veces le leía allí en el bosque, rodeados de la nada, sin que nadie les impidiera ser ellos mismos y sentirse felices por ello.

Conforme avanzaban de regreso su humor empeoraba. Las monjas del internado cada vez les ponían trabas para verse, desde luego, todo aquello era solo por la seguridad de las estudiantes en general, no porque estuviesen al tanto de lo que hacía la joven Lucía los martes por la tarde.

-¡Vamos sonríe! – Le pidió ella.

Pero era imposible complacerla en esta oportunidad. Sabía que sus oportunidades eran pocas, y cada minuto que pasaba, iban en declive. No les permitirían estar juntos, pronto, quizá ahora mismo, le buscarían un buen esposo para unir familias, y entonces la perdería para siempre.

Solo imaginarlo lo hacía enloquecer.  Su vida era junto a la de ella, nunca había sido tan bueno como cuando la conoció. Sus virtudes lo convertían en un mejor hombre, dedicado y trabajador.

-¡Escapad conmigo! – Le suplicó.

Sus ojos se abrieron desmesuradamente, su boca titubeó sin saber cómo reaccionar ante la inesperada propuesta.

-No podemos – dijo cabizbaja – sabéis que no sería posible.

Un puñal invisible desgarraba el pecho Daniel. Tanta ilusiones desprovistas de validez, aquello solo era un juego y así debía mantenerse. Había proferido las palabras que se me atrevía a pensar. Ahogándose en su propia miseria dijo lo imposible, lo que sabía y se  atrevía a admitir.

-Te amo.

Sus labios temblorosos se encontraron con los de él, lo besó con el ardor y las ansias de todos los instantes que no podían comprender, lo  amaba también.

Gruesas lágrimas rodaron por sus mejillas, mientras el destino se cernía en fuego profundo a su alrededor.

-En tres noches nos veremos aquí – prometió – después de las doce.

Entonces se alejó. Con la capa negra a sus espaldas y el cabello dorado ondeando en el viento, se marchó con la esperanza grabada en los labios rojos.

Continuará…

 

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