Ironía de un usurpador


 

Mis manos colgaban inertes de las cadenas oxidadas, ya no lograba percibirlas como una parte de mi cuerpo. Las costras se habían caído y vuelto a salir, al menos una docena de veces, ahora quedaban finas grietas sangrientas rodeando mis escuálidas muñecas. Mi cabello, antes de largos rizos rubios, ahora se pegaba a mi rostro como una mata marchita y seca ennegrecida. El vestido, que en algún momento habría resultado de esplendorosa seda azul, parecía quedarme enorme, en pocos días me había encogido a huesos dentro de él.

El hueco era silencioso y profundo, por las noches oscuras, entraba Tiberius con un cazo de comida podrida, al principio no lograba tragarla, pero poco después, comprendí que era lo único que podría mantenerme con vida, por lo que comía hasta hartarme del agrío sabor en mis labios. Tiberius no reparaba en mi presencia, dejaba la comida y un cubo de agua marrón, era mejor que nada, al menos el verlo me recordaba que la miseria en la que me encontraba no existía desde siempre.

La única fuente de luz era una ventanilla muy pequeña sobre mí, estaba varios metros por encima de mi cabeza, y gracias a ella podía saber si era de noche o de día. Los días pasaban lentos y fríos, sobre todo fríos, las noches resultaban amargas y agonizantes.

No hacía mucho que había amanecido cuando la gruesa puerta de metal crujió abriéndose lentamente. Esta vez no era Tiberius, un hombre gordo y calvo apareció y se posó ante mí, llevaba un gran cinturón amarillo del que colgaba una espada, un puñal de oro y un juego de llaves.

-El señor quieres veros Sila – dijo con voz aguda.

Era la primera vez que alguien me llamaba por mi nombre desde que entré al torreón de fuego. Generalmente me llamaban con insultos típicos de la zona.

Desamarró las cadenas y sentí de nuevo el peso de mis manos, estaban amarillas y frágiles, parecían un viejo pergamino a punto de desvanecerse en el viento. El hombre me empujó hasta las escaleras, pero yo me encontraba débil y mareada, por lo que Tiberius tuvo que ir a  cargarme hasta la entrada. Vomité en cuanto toqué el suelo de nuevo, me dolía la cabeza y las extremidades, mi cuerpo parecía fuera de si mismo y yo me movía con absoluta torpeza.

El cielo, lo primero que vi fue el cielo, estaba gris amenazando con una terrible tormenta, aun así no apreciaba nada tan hermoso luego de semanas de encierro.

-No podéis llevarla ante Astigar en estas condiciones – escuché decir a una mujer a la que no alcanzaba a vislumbrar – parece enferma, al menos dejadme lavarla y ponerle algo de ropa limpia.

El hombre parecía amargado, me profirió una patada en el brazo y luego tiró de este esperando causarme algún dolor. No grité, ya nada podía lastimarme como lo habían hecho antes.

-Haced lo que queráis, el señor va a colgarla limpia o como sea – dijo por fin – lleváosla.

Unos brazos fuertes me alzaron del suelo, no tenía ni la menor idea de quien me llevaba ahora, poco importaba. Tampoco me importaba darme un baño o quedarme harapienta, si iba a morir qué interesaba lo que llevara puesto.

No sé en qué momento me dejaron tendida sobre un suave lecho de plumas, el hecho era que me había dormido en el camino. Un par de chicas menores de quince años me escudriñaban como si fuera parte de un acto de circo, se sobresaltaron al enterarse de que me hallaba despierta, más no llegaron a pronunciar palabra alguna. Estaba en una habitación pequeña de alto techo color carmín, las ventanas, amplias daban vista a un paraje que no creía conocer. Olía a pan recién horneado, mi estómago protestó amenazando con devolver nuevamente la “comida” de la noche anterior.

Una mujer de gruesas caderas y brazos gordos me arrastró de la mano a una tinaja de agua caliente. Me quitó los jirones del vestido y me metió de cabeza, el agua era dulce y relajaba los músculos que creía inexistentes, frotó mi cabeza y mi cabello, luego la espalda y brazos, el agua pronto adquirió un lúgubre color mostaza, lo que le indicó que ya debía encontrarme lo suficientemente limpia. Me vistió con una túnica gris y una capa color negro, también cepillo mi cabello hasta trenzar lo que quedaba de él. Pronto se sintió complacida y me pidió que me mirara en el espejo. No comprendía porque se sentía tan presuntuosa de su trabajo, estaba peor que nunca, delgada con la piel pálida como la muerte misma, el cabello marchito, los ojos hinchados y los labios hundidos, sin mencionar las raspaduras de mi rostro que no me proferían mejor aspecto en absoluto.

-Podéis comer algo antes de ver a su majestad.

“Majestad” lo pronunciaba con absoluta normalidad, como si su rey fuera el absoluto y verdadero, pero olvidada al parecer, las razones por las que yo tenía casi un mes encerrada en las mazmorras, matándome de hambre y frío. No respondí, ni siquiera deseaba comer antes de ver a su “majestad”, pero el impulso y el hambre pudieron más que mi enojo y finalmente cogí un par de panecillos calientes. Estaban deliciosos, probablemente lo que mejor que había comido jamás, deseaba otro tanto, al menos una docena para saciarme definitivamente, pero me contuve, dejé el resto en la mesa y me senté a esperar.

Me llevaron a la torre principal, esperé dentro de un salón amplio de paredes caoba y final alfombras de terciopelo importado. Un escolta me vigilaba mientras el “rey” hacía acto de presencia.

No tardó demasiado en aparecer. Llegó ataviado de una capa roja brillante como el fuego, el cabello bien peinado y una camisa de seda blanca. Estaba impecable, salvo por sus gastadas botas manchadas de barro. Lo acompañaba un gran séquito de hombres, cuatro llevaban escudos y espadas, el resto vestía ropa simple de colores oscuros.

Un simple movimiento con sus dedos rectos y todos desaparecieron de nuestra vista. Lo obedecían como mulas de carga, como si realmente fuera el rey de algún lugar, me miró largo rato con sus ojos cristalinos, no bajé la mirada ni un segundo aunque me incomodaba lo inquisitivo que se mostraba.

-Podéis sentaros mi señora – dijo quitándose la capa de encima – lamento mucho el mal trato que le han ofrecido mis hombres, me aseguraré de que no vuelva a incurrir en la falta – vertió un líquido rojo en dos copas y me tendió una –  no era la manera correcta de atender a alguien de vuestra alcurnia y nobleza…

-No era manera de tratar a su reina – inquirí molesta interrumpiéndolo – soy la reina legítima de Mergus, reino sobre Merenda y Vetus, desde el Cilo hasta Meruda. No pretendáis que usted, que solo dirige este viejo torreón podrá quitarme todo lo que me corresponde.

Bebió un largo sorbo de vino sin decir absolutamente nada. Se paseó pensativo en el salón, palpando de vez en cuando algún libro sobre la mesa de la entrada.

-Lo que os correspondía mi señora – admitió – vuestro castillo fue asaltado por mis vasallos, todos y cada uno de ellos se rinden ante mí, que ahora soy el rey absoluto de Mergus.

-Cobarde – grité furiosa poniéndome de pie.

No soportaba que me escupiera a la cara con tanta tranquilidad, me habían secuestrado, no era más que una mísera esclava de ese traidor, pero a la vez era su garantía, su seguridad, de esa manera, y conmigo cautiva mis hombres, mi ejército no se levantarían por temor a mi seguridad.

“Que se levanten” pensé “de cualquier manera ya estoy muerta y no tengo nada que perder”

-Pero mi señora – se acercó y posó su mano suave sobre mi mentón – si mi intención jamás ha sido el provocar una guerra, yo disfruto con la paz y con… – le tomó unos minutos añadir la última palabra – el amor.

-Primero muerta – lo desafié tirando la copa que se quebró al dar en el piso.

-Que así sea – bebió otro trago antes de que su séquito me sacará de aquella habitación gritando y pataleando cual niña pequeña.

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