Un camino compartido

Un camino compartido

Una flecha pasó volando cerca de su cabeza. En medio de la oscuridad no podía acertar a quien por el momento parecía ser su adversario. Se ocultó tras las sombras, al menos como podía, se arrastró por el fango hasta llegar a un tronco que le hacía las veces de escudo. Estaba asustada, aunque en el fondo no deseaba admitirlo, que diría su madre si la viera en los peligros a los que ahora se veía sometida, cuando no hacía demasiado se comportaba como una dama de alta alcurnia, noble y aristocrática.

Otra flecha le recordó que no era preciso pensar en su madre, debía preocuparse por salir ilesa del altercado. Quien le diría que robar un trozo de pan podría suponerle ser perseguida por diez hombres armados, y además con buena puntería. Su compañero había desaparecido en medio de la revuelta, entre gritos y maldiciones, el viejo Fabio lo tomó por lo sencillo, a la retaguardia y retirada, siempre había sido un cobarde al que no le gustaban las peleas. No es que a ella le gustaran precisamente, pero para dormir con el estómago lleno tenía que tomar ciertas decisiones estando al cabo de las consecuencias de las mismas.

Era la noche más oscura de su vida, y a la vez silenciosa, no podía vislumbrar de donde provenían las flechas ni los disparos acertados,  pero sabía que al menos una docena de caballeros pretendía encontrarla.

Algo se movía a su izquierda, repentinamente cuatro encapuchados salieron de los árboles, algunos la señalaban mientras que otros corrían en sentido contrario. Estaba perdida, dos iban a caballo y la atraparían sin mayor dificultad. Podía rendirse y suplicar piedad, pero no, se echó a correr desquiciada y frenética, con el corazón a punto de escapársele del pecho, no importaba por donde pero corría sin mirar atrás.

Se detuvo por fin cuando los cascos de los caballos cesaron, una puntada de alivio surcó su cabeza. Había estado cerca. Ahora solo tenía que esperar el alba y caminar hasta la aldea donde de seguro podría encontrar a Fabio.

Se sentó sobre una piedra dispuesta a disfrutar de su pequeño botín, era más que nada. Algo susurró a sus espaldas, el miedo la paralizó mientras una mano ahogaba el grito en su garganta, y otra apretaba un puñal contra su espalda.

-Entregadme  el oro – le ordenó una voz dura.

Ella negó con la cabeza y le mordió la mano, pero su contrincante era fuerte y astuto, la sostuvo por la muñeca retorciéndola hasta que le suplico que parara. Le explicó que no tenía oro aún sin verle el rostro a su opresor.

-No vais pensar que me comeré el cuento de que diez hombre te perseguían solo por un trozo de pan rancio – se bufó.

Entonces le vio el rostro, el matiz dorado de su cabello, los ojos pardos, la mandíbula cuadrada y su nariz recta.  Y lo reconoció, aunque él no a ella, estaba segura de que su encuentro no era mera casualidad.

-¿Batista? – inquirió aun desconfiada.

Él se echó a reír aun sin reconocerla.

Entonces actuó por impulso, de corazón, sin pensar por una vez en las consecuencias de sus actos. Se abalanzó hacía el y juntó sus labios con los suyos, que respondieron al acto con pasión y afecto, hacía dos años que no lo veía y lo quería solo para sí misma.

-Te he estado esperando – le susurró.

Ella ya no era igual, vestía pieles sucias y llevaba el cabello corto, perdió peso y a la vez parte de su belleza. Pero a él aquello le parecía lo de menos, la veía embelesado como si no existiese algo mejor en el mundo, como si el tiempo jamás hubiese pasado.

-Debemos encontrar a Fabio – afirmó ella – robó una bolsa de oro y plata – le molestaba admitirlo –  por eso se mostraban tan temibles los señores.

Pero ya eso no importaba, Fabio era lo de menos, ahora ya no estaría sola de nuevo, el hombre a su lado la acompañaría en todo momento y no permitiría que nada malo le pasara.

Él la tomó de la mano, juntos habrían de emprender el nuevo sendero, ahora que nada los separaba no existían excusas posibles para enfrentarse por separados al mismo adversario. Por él había escapado de casa, y ahora que estaban juntos no se permitiría perderlo de nuevo. Caminaron en la penumbra hasta perderse en medio de la niebla oscura y tenebrosa.

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