Criaturas sedientas

Criaturas sedientas

El aire era denso, la espesa niebla gris se arremolinaba a nuestro alrededor, no imaginaba que la noche podía esconder tantos peligros ni calamidades. Extrañaba mi hogar, tan caliente y seguro a la vez, de no ser porque él sujetaba mi mano me sentiría perdida.

Todo había comenzado aquella mañana, Daniel me buscaba temprano para ir juntos al pueblo, no estaba a mucha distancia de mi casa, por lo que el recorrido era rápido. Ya en el pueblo cada uno de nosotros nos ocupábamos de buscar lo necesario, y luego nos repartíamos las ganancias. Él vendía lana, y yo me encargaba de ofrecer manzanas a algunos comerciantes, las recogía por el camino, solo debía trepar por los árboles y asegurarme de que Daniel las atrapara en el momento justo.

Luego volvíamos a nuestros hogares como de costumbre. Él se dedicaba a cuidar a su padre y sus dos hermanitos pequeños, mientras yo, regresaba a la soledad en la que mi único acompañante era un viejo perro mayor de diez años.

No me afectaba la soledad, solía disfrutarla, aunque de vez en cuando me apetecía compartir con alguien algo más de tiempo y no solo el necesario. El viejo Pub ya estaba era un anciano, lamentablemente era lo único que mi familia me había dejado antes de marcharse y abandonarme, según mi gastada teoría habían escapado de una carga como lo era yo. Mis padres huyeron al sur y esperaban criar tranquilamente al resto de sus hijos. Siempre y cuando no se convirtieran en un estorbo para dejar tirado en el camino. Lo cierto era, que jamás fueron muy cariñosos ni amables conmigo, les había arruinado su vida al nacer cuando aun no estaban casados. Mi madre hija de un noble fue echada a su suerte tras engendrar el hijo de un simple granjero. Desde entonces yo era la causa de todas sus desgracias.

Para mi suerte siempre fui lo bastante independiente para mantenerme sola, y gracias a Daniel ahora conocía mejor el pueblo y podía comercializar sin mayor problema.

Él me había sugerido justo ese día tomarnos un tiempo, escapar de la rutina y de los malos recuerdos, ir hacia las islas y comenzar desde cero. Desde luego el camino era riesgoso y de seguro aguardaba  peligros, pero no quería asentarme en ese marchito lugar, en una casa llena de recuerdos miserables martillándome la cabeza. Accedí de buena gana, y tras llegar del pueblo eché mis escasas pertenencias en un viejo maletín, tomé al viejo Pub y me puse en marcha hasta la casa de Daniel.

Él apareció con el rostro enrojecido y el cabello negro revuelto, era duro abandonar a sus hermanos, pero el vivir en la miseria no le dejaba otra opción que aspirar a algo mejor, aunque supusiera dejarlo todo.

Marchamos juntos, entristecidos y pensativos, el camino desierto nos llevaba a través de lúgubres colinas y casas vacías. Los pueblos que cruzamos parecían desolados, ni alma en las calles, nadie se asomaba tras las ventanas rotas o las puertas derrumbadas.

El viento sopló de repente despistándonos por unos instantes, Daniel se colocó frente a mi arrojando todas sus pertenecías al suelo, un sonido brusco penetró el aire, era un chillido horroroso, la niebla lo cubrió todo dejándonos a ciegas. Tomé su mano, estaba más asustada que nunca, con el corazón saltando a un ritmo desenfrenado y la respiración entrecorta.

Algo no marchaba bien, lo había notado,  tanta calma no era habitual en absoluto, una criatura de largos colmillos y ojos negros como la noche salió del bosque, rugido ensordecedor escapó de su garganta huesuda. Entonces me di cuenta, detrás de él se posaban al menos una docena de criaturas iguales, imponentes y amenazantes, correr no era una alternativa. Frente a nosotros se hallaba la respuesta de por que tantas aldeas se encontraban abandonadas… como en ese momento lo estábamos nosotros en medio de la nada, con las esperanzas rotas a medio jugándonos la vida.

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