“Ironía de un usurpador II parte”

“Ironía de un usurpador II parte”

La noche sombría no daba paso a ningún sonido, el viento enmudeció,   ni un zumbido se escuchaba en medio de tan marcada soledad. La única fuente de luz a mi alrededor provenía de una gastada vela a punto de derretirse por completo, luego me sumiría en la oscuridad hasta que volviese a amanecer. Pero la  aurora jamás llegaba con prisa, demoraba, y cuando por fin se asomaba el sol por en medio de las colinas, mis ojos no tenían la oportunidad de ser testigos.

Acostumbrada a la oscuridad caminé a tientas guiándome por medio de la pared, los ladrillos eran húmedos y estaban agrietados por el tiempo, mis dedos conseguían con facilidad fallas en las que situarse y permitirme moverme para no caer al vacío. En medio de aquella torre, un agujero estrecho pero profundo servía como trampa para los prisioneros, nos restaba movilidad y a la vez sumaba miedo, la idea de resbalar mantenía a cualquiera alerta y a la expectativa, al menos los que sí valoraban su vida.

Llevaba tres semanas allí, desde que había rechazado la propuesta del usurpador, no accedería a venderme tan fácil y mucho menos a mi reino. Pero aquello ya no importaba, estaba perdiendo la guerra, mis hombres se retiraban lentamente mientras que las grandes ciudades terminaban por darme la espalda. De aquello me enteraba gracias a Tiberius. Todas las mañanas subía, y me soltaba al menos tres frases cortas en las que interpretaba a su manera lo que ocurría fuera de allí.

Tal vez lo sencillo sería rendirme, entregar el trono y vender el reino, mis señores se retirarían, dormirían calientes en sus hogares junto a sus esposas y estas no los llorarían de nuevo. Ninguna madre perdería más hijos a manos de la guerra sangrienta, y los ancianos vivirían tranquilos hasta el final de sus días. Pero en el fondo sabía que con ello lo que conseguiría era manchar el honor de mi pueblo, arrebatarles su derecho y dejarlos a manos de un sanguinario injusto. Mi padre no me lo perdonaría, y yo no podría dormir por las noches en conocimiento de lo que mis actos acometían al resto del reino.

Ya había llorado sangre, noche tras día, no me quedaban más lágrimas en el alma, y tampoco me fuerzas en el cuerpo, entonces ¿Por qué no me rendía y ya? Porque en el fondo suponía que yo podría cambiar el panorama, que en medio de mi paranoia y la locura a la que me encontraba sometida coexistía algo a lo que aferrarme, no mi ejército, con ellos no podía contar en el encierro, ahora todo dependía de mí.

En la torra derrumbada debía existir una trampa para escapar, por eso en las noches y cuando nadie me acompañaba arañaba la pared, una y otra vez, no paraba hasta tener los dedos en carne viva, buscando un ladrillo flojo, una salida…

No tardé demasiado en encontrarlo, unos bloques sueltos hacían las veces de escondrijo secreto, había que bajar por un túnel estrecho y luego cruzar las mazmorras subterráneas hasta ascender y salir por la parte trasera del torreón.

Desde luego, las torres se encontraba vigiladas, solo tenía que ser silenciosa y esperar las campanadas que anunciaban la media noche. Me adentré por aquél túnel oscuro, no podía permitirme sentir pánico aunque el aire se hacia escaso y comenzaba a marearme el olor a excrementos. Me obligué a seguir, arrastrándome paso a paso con cuidado para no caer. Mis manos tanteaban el terreno por el que debía ir en busca de un agujero o una salida. Pasaron horas antes de poder alcanzar la trampilla que daba a las mazmorras, estaban desiertas y sombrías. Caminé en silencio, lo peor sería que me descubrieran, y de cualquier forma podría darme por muerta, aquella era la oportunidad a la que me aferraba con las uñas para no dar todo por perdido.  La puerta se hallaba casi derrumbada, un par de golpes bastaron para despegarla por completo de las bisagras oxidadas.

Los guardias apostados por doquier vigilaban  medio dormidos, no existía peligro al parecer, no para ellos al menos. Era tarde desde luego, y el sonido era un breve rechistar de las puertas principales que se abrían y cerraban con el viento.

Encontrar un pasillo libre no fue fácil. Un guardia se encontraba de pie junto a la entrada, llevaba un puñal y una espada al cinto. Un golpe seco en la cabeza fue suficiente para dejarlo dormido sobre la hierba húmeda.

Allí se alzaba la gran puerta de hierro negro, era lo que me separaba de mi libertad y de mi reino. El centinela no tenía ningún manojo de llaves, por lo que tendría que acudir a la fuerza y levantar el peso macizo  para abrir una brecha diminuta. Tal vez así podría escaparme. Hice acoplo de todas mis fuerza, y con ambas manos empuje la palanca hasta que me dolió la espalda. Apenas y se movió un centímetro. Con ayuda de mis piernas y los abrazos, empujé y empujé, me dolían los músculos, y aunque el espacio era apenas visible, me deslicé por él. Una vez fuera,  corrí con todo lo que el cuerpo me daba.

Cuando llegué al  bosque me sentí segura, a pesar de la niebla, del miedo, del latido feroz de mi corazón contra mi pecho, algo me indicaba que podía descansar a salvo esa noche. Pasaría al menos un día antes de que notaran mi ausencia, entonces estarían buscándome, y yo esperaba sacarle un largo camino de ventaja, por lo que no podía descansar, debía obligarme a seguir….

 

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