Un fiel ingrato

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Un fiel ingrato

Caminaba por caminar, agotado y desgastado, las botas estaban cubiertas de barro negro hasta las rodillas, casi las podía dar por perdidas, el pantalón curtido alguna vez negro ahora era de un triste tono gris, mientras que mi camisa era menos que jirones de ropa en torno a mis brazos.

Escapar había estado muy mal, pero ya no soportaba los gritos de aquel hombre cada mañana y durante el resto del día. Yo trabajaba duro para ganarme el pan y así mantener a mi anciana madre, la enfermedad la había debilitado lo suficiente como para abandonar las labores de costura, sus clientes buscaron a otra para que les hicieran el trabajo, mientras ella decaía y se desmoronaba poco a poco.

El poblado era uno de los más pobres del país, la gente pasaba hambre y moría a diario, quizá el peor error  fue ver por primera vez a la hija menor de mi patrón.

Era una tarde nublada, había poco trabajo.  Mientras esperaba que cesara la lluvia,  una joven alta de cabellos negros y ojos azules apareció en el salón, la chica llevaba una bandeja de panecillos que esperaba degustar en los jardines, al notar que llovía con aplomo entristeció y su rostro tomó una expresión melancólica.

-Podéis hacer el picnic aquí si lo deseáis mi señora – insistió él sin presentarse.

La chica se volvió sorprendida, no había reparado en mí presencia, era hermosa, llevaba un vestido rosa pálido que dejaba al descubierto sus hombros delgados.

-Esperaba la visita de unas amigas, pero el camino es ruinoso cuando el tiempo se muestra así, ahora dudo que pueda compartir con ellas mi tarde – respondió casi de mala gana.

-Puedo ayudarla a comerlos si es lo que tanto os preocupa, dudo que usted sola pueda comer una bandeja tan enorme.

Ella me dirigió una mirada furiosa, sin duda detestaba mi mala cortesía y atrevimiento. Se dirigió hasta la puerta, pero antes de llegar dio la vuelta y se acercó, depositó un par de panecillos dulces en mis manos y sin añadir palabras se marchó. Cuando su padre se enteró de aquello me propinó una paliza tal que anduve con el ojo morado por semanas, y a ella no la volví a ver hasta pasados seis meses.

Con su regreso también vinieron sus hermanas y primas, la casa estaba repleta de ruidos y canciones, desde luego el patrón no me permitía acercarme más de lo necesario. Me torturaba día y noche aguardando con esperanza la ocasión de verla aunque fuese de lejos.

En las tardes libres iba hasta la gran  casa con alguna excusa, saludaba a las señoras y aguardaba paciente a que Elina cruzara la sala. Se sorprendió al verme y sonrió complacida.

-Has crecido mucho – dijo palpándome el brazo – yo también he cambiado, no soy la niña que conociste.

Me acomodó el cabello casi con cariño, luego se despidió con una inclinación de cabeza para alejarse escaleras arriba.

Desde entonces nos veíamos poco antes del amanecer todos los días, ella siempre acudía hermosa y anhelante de besos y caricias, yo me ilusionaba con complacerla, verla reír era lo que más me agradaba. Así pasó un mes, y luego dos, hasta tres. Nos olvidamos el riesgo que tenía estar juntos, era grata la compañía, y al estar juntos el resto del mundo perdía importancia.

Su padre se enteró de boca de una de las criadas, me dio una paliza enorme, y luego Elina pagó las consecuencias a mano de golpes e insultos. La enviaron a París donde podría mantenerse lejos de mí. Yo perdí el empleo, y con él la vida de mi madre, que desfalleció de puro dolor.

Desconsolado, sin saber nada de Elinaa acudí una noche a la gran casona, el hombre dormía plácidamente, no esperaría una visita a altas horas de la noche. Tampoco imaginaría que la muerte lo rondaba tan de cerca.

El dolor me nublaba los sentidos, y el impulso actuaba por mí, acudí sin hacer ruido, tomé una almohada e intenté matarlo, pero cuando estuve apunto de lograrlo, cuando el hombre que me arrebató la felicidad casi escapaba de la vida, las fuerzas me fallaron y decidí huir.

No tenía ni una moneda, pero aun así esperaba conseguir a Elina, viajaría a Francia y la traería conmigo juntos podríamos tener un mejor vida.

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