El caballero del fuego

El caballero del fuego

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El camino se hallaba desierto, los hombres ya no cruzaban aquellas tierras con tanta frecuencia como tres años atrás. El fuego había consumido parte de los vastos territorios donde vivían Kaia y su madre Alodia. Los caballeros del fuego divulgaron sus llamas y pronto los bosques y pequeñas aldeas ardieron al compas de un brío ennegrecido y maligno.

Kaia frecuentaba el camino casi a diario, buscaba fruta y acudía a la aldea principal para abastecerse de comida y vender la lana que conseguía.

Iba cargada con un enorme saco, distraída con el canto de los gorriones  que tropezaba en el camino. Un sollozo la hizo detenerse en seco, provenía de los arbustos, otro quejido un poco más fuerte. Tiró la bolsa a un lado del camino y se llevó la mano al cinto, siempre cargaba  un pequeño puñal colgado por cualquier incidencia. Apartó los setos y se sorprendió al encontrarse a un hombre moribundo, estaba empapado en sudor con la ropa sucia pegada al cuerpo, se fijó inmediatamente en la abertura que el hombre tenía en la clavícula, estaba infectada y no lucía nada bien, debía tratarlo de inmediato o moriría en poco menos de un día.

El hombre era demasiado pesado para llevarlo a casa ella sola, por lo que corrió colina abajo hasta llegar al lugar donde trabajaba un viejo amigo de su familia, Yago. El joven herrero tenía una mula que prestó de mala gana para llevar al herido hasta la casa de Kaia, ella se lo agradeció un millar de veces mientras él se limitó a encogerse de hombros.

Las heridas eran peores de lo que imaginaba, el hombre había perdido peso sin duda, y la infección se lo comía por dentro. Se esmeró en limpiar la magulladura, también en bajarle la fiebre, poco después consiguió coserlo dejando una horrible cicatriz que no desaparecería fácilmente. El hombre era apuesto, tenía ojos azules y labios carnosos además de un largo cabello del color de la miel.

-Deberíais dejarlo morir – replicó Yago una tarde lluviosa – es un caballero del fuego, sus compañeros lo han abandonado y a vuestra familia solo le traerá mala fortuna, no merece cuidado alguno – luego no regresó a visitarla.

Kaia suspiraba de mal humor, en el fondo deseaba que el hombre se levantara y marchara de una buena vez, pero una parte de ella solo quería conservarlo para si misma, existía algo en su rostro cuadrado que no quería apartar apartarse de esos ojos azules.

Alodia, su madre, dejaba entrever que el caballero consumía el tiempo de su hija, no se quejaba mucho, al menos la niña podía invertir su tiempo en algo útil, aunque aquello implicara romperle el corazón, sin embargo no tardaría demasiado en que la situación se le fuera de las manos.

Mientras Kaia limpiaba las compresas y cambiaba las vendas, Alodia supervisaba desde el umbral de la puerta.

El hombre abrió los ojos y sus labios esbozaron una pequeña sonrisa, seguía débil y apenas conseguía retener en el estómago lo que Kaia le daba para comer.

-Gracias chica… – suspiró el hombre con el dolor plasmado en el rostro.

Kaia se ruborizó y llevó una mano a los labios del hombre, no debía esforzarse tanto.

-No hay de qué – respondió – me llamo Kaia, cuando os recuperéis tendrá el tiempo para agradecer de mis cuidados.

-Dante… – tosió con fuerza arrugando la frente – ese es mi nombre, Dante…

Cerró los ojos y quedó dormido. Kaia se complacía con verlo descansar, tenía la esperanza de que mejorara pronto. Su madre interrumpió el hilo de sus pensamientos y le pidió hablar un momento. Alodia se veía demacrada y delgada, su hija se sorprendió de lo mucho que la había descuidado en tan solo un par de semanas.

-No deberíais pasar tanto tiempo con él – su voz sonaba aguda, era casi un chillido – no va a sobrevivir, la espada que le causó esa herida estaba envenenada, lo he visto, la fiebre no baja y el dolor se lo come por dentro.

No deseaba escuchar aquello, lo había supuesto pero se negaba a darlo por perdido, el caballero no moriría no lo pensaba permitir.

-Vamos Kaia, sé que le habéis cogido cariño, pero ya basta… – insistió Alodia – es una causa perdida entregadlo a los monjes del pueblo, vuelve a tu vida…

-No sigas, no permitiré que continúes con esto…

Retrocedió y se encerró con su paciente señor,  se volcó en atenciones con los ojos a rebosar de lágrimas. No iba a abandonarlo, no dejaría a su caballero de ojos azules. Se secó las mejillas, caminó decidida a esbozar una última oportunidad, de él también dependía su vida y solo así conseguiría salvarlo, solo necesitaba saber ¿Tendría el tiempo necesario?

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