Al filo

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Días largos y noches cortas, los rayos solares solían infundirle el valor que con tanta frecuencia a su cuerpo le faltaba. Detestaba aquellas tardes repletas de amargos recuerdos, en los que las imágenes de una mujer se cruzaban en su cabeza moribunda solo para producirle dolor e infundirle una extraña cobardía,  de la que luego no conseguía escapar.

Los hombres, tan valientes y aguerridos del lugar, luchaban con masas y poderosas espadas de acero rojo, todo en pos de defender los hogares a los que sus almas pertenecían. Esclavos otorgaban la vida a manos de los enemigos de sus señores, sin que estos llegaran a conocer sus nombres jamás. Algunos, con mayor fortuna disfrutaban la dicha de laborar en hogares constantes donde la riqueza existía en abundancia, pagando deudas de sangre y muriendo poco a poco por conseguir el verdadero amor.

Ramiro servía atentamente dos tazas de leche fría para sus señoras. Ambas reían y hablaban entre secretos y murmullos ligeros. Le complacía escuchar nuevamente las risas de su señora, Dala, una hermosa joven de noble cuna, a la que servía con el mayor de los gustos.

Las uvas se encontraban jugosas casi de un exquisito tono dorado, las doncellas disfrutaban también de manzanas y peras recién cortadas. El sol entraba cálido y veraniego por los arcos de mármol tallado.

-Vuestro padre jura que ha encontrado el palacete real  sumergido – reflexionó Pía – cuantos tesoros  encontrarán, de seguro los hombres han extraído en este instante unos cuantos cofres… – echó una alta carcajada emocionada, con ganas – por ahora debo marcharme, Ulises me espera, hasta pronto querida – intercambiaron un beso en cada mejilla y la mujer desapareció por la puerta.

Dala echó la cabeza hacía tras dejando que los largos rulos castaños cayeran por su espalda, mostró una plácida sonrisa a la vez que se acomodaba la túnica purpura, era de ligeros brocados dorados con diminutas piedras brillantes en el escote, el corpiño le ceñía perfectamente demostrando las prominentes curvas de la joven dama.

-¿Queréis una fruta Ramiro? – Preguntó a la vez que mordía una manzana –Sinceramente, decidme ¿Creéis que estas amigas que tengo lo son por mi afecto o por los negocios de mi señor padre?

Ramiro sabía la respuesta, al igual que su señora,  sin embargo no se atrevió a decirla en voz alta.

-Lo sé – dijo ella casi ignorándolo – por eso disfruto tanto de vuestra compañía mi querido amigo, no me mentirías al igual que no lo haría ninguno de los hombres de mi padre – bebió un trago largo de la taza – a veces creo que no nací para ser doncella, tengo más de guerrera que cualquiera de mis tres hermanos

“Mientras ellos disputan tierras y libran guerras yo me hundo en estas viejas paredes, rodeada de falsos aristócratas que solo desean conseguir mi favor, todos desean algo de mí, lo veo en sus ojos… dime tú, mi querido Ramiro ¿Qué es lo que quieres de mí…?

Lo miró desafiante añorando conocer la respuesta, “besarla” abría querido decir al tiempo que la tomaba en brazos. Pero las palabras se le ahogaban en la garganta, recordando que no era él quien contaría con el dulce amor de Dala.

-Vuestra felicidad mi señora – confesó.

Los ojos de ella se decepcionaron ante su mentira, la pasión ardía con brillo tras ese matiz caoba. Tal vez fuera momento de decirle la verdad, de amarla sin reserva, pero las paredes tenían ojos, y al amo no le gustaría en absoluto la aventura de su más preciada joya. Dala era aguerrida e indómita, a la vez amable y buena con cuantos la rodearan, pero en el fondo, ese que tan solo Ramiro conocía, sabía que se hallaba asustada y desesperada por lucir como uno de sus hermanos, por demostrar los talentos que las artes divinas le habían otorgado. Siempre acababa por callar, se guarda aquellos pensamientos repletos de fuego para no avergonzar a su padre, y sufría, cada noche cuando la escuchaba llorar, solo él conocía la providencia de aquellas lágrimas perladas, y nunca se atrevería a comentarlo con otra persona.

-Siempre he adorado ese tono bronceado que ofrecen vuestros brazos bajo la luz del día – una sonrisa maliciosa se posó veloz en sus labios casi al tiempo que se extinguía – cuanto os he de querer mi dulce amigo, pero mucho me temo que si me descubren quien sufra las consecuencias sería usted, y rezo cada noche porque vuestra integridad se mantenga como la he conocido desde un principio.

¿Estaba confesando algún tipo de sentimiento afectivo o carnal hacia su sirviente? Ramiro no la sabía. Había sido testigo de un par de amoríos de Dala, sufriéndolos a cada beso, mientras su señora se deshacía en atenciones para con otros hombres, siempre distintos.

Lo tomó por sorpresa, aferrando sus rojos labios a los de él, tan distintos entre sí, de blanco al negro. Era todo lo que había soñado, si el amo se enteraba moriría gustoso por ella, se entregaría al filo de la muerte sin protesta tras besar tan dulces labios.

-Podría convertiros en mi señor, juntos desafiaríamos todas las reglas, el mundo hincaría la rodilla ante nosotros – le tomó la mano, tan oscura entra la suyas – eres fuerte como el acero, y yo necesito que seáis mi pilar, es una locura que estaré dispuesta a cometer a vuestro lado…

Una sola negativa sentenciaría todo el plan, mantendría a salvo a Dala y tal vez en algún momento la idea escapara de la cabeza. No pudo decir que no, la respuesta fue un suave beso, en sus ojos brilló el amor, desesperado e inmaculado, en los de ella ardían el deseo y la codicia… no se atrevía a dejarla, la acompañaría en la escalada hasta que Dala alcanzará la cúpula de su poderío, y entonces él sería su señor esposo.

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