“Juego de ladrones 2da parte”

“Juego de ladrones 2da parte”

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El invierno había llegado en todo su apogeo. Fuera de la vieja taberna una gruesa capa de nieve blanca cubría absolutamente todo el terreno. Por mucho que los caballerizos se esforzaran en limpiar las carreteras, la aldea sentía con mucho pesar la estadía de la nevada. Hacía dos ciclos que no paraban las tormentas, navegar era peligroso, y los caminos permanecían desolados, muy pocos se atrevían a cruzarlos con el mal tiempo.

La situación en el pueblo aún era confusa, Minerva se mantenía en contacto constante con los mercaderes y de esa manera les llegaban las noticias, el rey ofrecía una enorme recompensa a quien les diera asedio, muchos lo intentaron pero con muy poco éxito, las murallas eran altas y resistentes al igual que las puertas.  Edhai había viajado a las islas del norte y aún no regresaba, su partida llevaba la intención de conseguir unas cuantas alianzas más allá del mar oeste, de esta manera se ganarían la mitad del reino. Nada les aseguraba que los señores poderosos decidieran apoyar su causa, pero el oro abundaba por aquellas costas congeladas y más de uno doblegaría a su favor tarde o temprano.

Lisandro esperaba con ansias y miedo la llegada de Gea, había reunido a toda una tropa con el fin de que la llevaran hasta él sana y salva, temía por la su seguridad, pero esperaba que aquellos hombres fueran valiosos y cumplieran con el encargo.l

Los cascos de los caballos resonaba a distancia, Lisandro se sobresaltó con el corazón a punto de estallar, se puso una gruesa capa de lana blanca y se caló la capucha. Bajó y atravesó las cocinas de la cantina, las cocineras le gritaron un par de cosas que no se detuvo a escuchar, llegar era más importante.

Cruzó la puerta para encontrarse con un mundo de nieve, árboles blancos, estanques congelados, el viento soplaba gélido cortándole la respiración, copos que caían hasta posarse en su nariz. Ordenó a los guardias abrir las puertas de inmediato, los hombres lo hicieron. Tardaron en aparecer los jinetes, que poco a poco se adentraron a galope mientras los centinelas terminaban por asegurar los postigos y las cerraduras oxidadas. Iban diez hombres a  lomos de sus fieros corceles, todos con capas negras, excepto uno… Lisandro se adelantó hasta el jinete de capa plateada, le ayudó a descabalgar y le retiró el manto de la cara. Una mata de cabello rojizo cayó sobre los menudos y blancos hombros desnudos de la chica, sus ojos azules como el mar lo miraron enamorados, deslizando entre las gélidas ventiscas del amor, la atrajo hacía sí sonriendo y besándole la coronilla mientras ella no paraba de reír, los hombres incomodados los dejaron a solas para disfrutar de su intimidad. Ya no existían murallas ni ríos de separación, los árboles les abrían paso para el rencuentro de su pasión. Allí estaba Gea, delante de él, con las mejillas rosadas y los labios rojos, con sus pestañas abundantes del color del fuego. Tenía el vello de nuca erizado, la tomó de la mano y anduvieron por el camino abajo, solo él sabía hasta donde se dirigían.

La costa se extendía a su izquierda, la corriente golpeaba con furia la saliente rocosa, salpicándolos de sal helada. Gea se aferró a su brazo atemorizada, nunca había visto el mar, además tenía frío y arrebujarse a su lado la ayudaría a entrar en calor. El cielo gris parecía dejar a un lado su pacto invernal para abrirse unos diminutos rayos de sol, avanzaron por el empedrado cubierto de hielo, pisando con cuidado para no resbalar.

Llegaron hasta una pequeña casa de piedra de planta circular, una sola ventana se asomaba en la descuidada fachada. Giró la perilla de hierro y el calor le infundió valor, las velas se encontraban encendidas eran de jazmín y lavanda. El fuego en la chimenea chisporroteaba, tomó la capa de su compañera librándola de su peso. Gea estaba hermosa, llevaba un vestido lima de brocados ligeros en tono gris, el corpiño demostraba su esbelta figura añadiendo las curvas necesarias en los lugares adecuados, su cuello iba adornado por una fina cinta de terciopelo a juego con la capa. La tomó en sus brazos y la besó con pasión desenfrenada, no deseaba soltarla, no quería volver a perderla…

Se sentaron junto al fuego a tomar un vaso de cerveza, era lo mejor que podía ofrecerle allí. Ella no puso reparo y la bebió con gusto, sus ojos profundos lo estudiaban mientras reflejaba sus nervios apurando el resto de la bebida.

-Aquí vivirás por ahora – dijo – es algo sencillo, no como la casa de vuestro señor padre, pero al menos estaréis a salvo y caliente…

Ella le limpió con el dorso de la mano la boca, se limitó a esbozar una sonrisa repleta de melancolía.

-¿Y después? ¿Qué pasará? – quiso saber ella.

No podía mentirle, aunque de seguro sería una salida sencilla, sin embargo no permitiría que se creara falsas esperanzas.

-Cuando el invierno acabe, y las aguas sean seguras os enviaré a las islas de Jade, prometo buscarte cuando todo esto acabe, tierra firme no es un lugar seguro, pero no podré marcharme a tu lado hasta zanjar esta asunto – suspiró al ver su expresión – no quiero que estés rodeada de bandidos y sabandijas, podrían lastimarte…

No llegó a concluir la frase, ella se levantó y se dirigió hasta la ventana, una lágrima de cristal rodaba por su mejilla, no era su intención herirla, pero tampoco podía mantenerla en aquel lugar.

-Sé lo que eres – exclamó conteniendo su rabia – siempre fui consciente de vuestra condición, no eres un noble ni un caballero, dejé a mi padre y a sus pretendientes para refugiarme en vuestros brazos, y ahora… – ahogó un sollozo – ahora me envías lejos, donde tal vez no vuelva a verte… ¡dejadlo todo! – le suplicó – vámonos juntos a las islas o a cualquier otro lugar.

Lisandro rechazó sus brazos con gentileza, en un segundo podría perderlo todo.

-Lo lamento – pronunció con voz firme – es mi decisión. Tu seguridad está en juego y no permitiré ponerte en riesgo, no hay nada que discutir.

Gea se dio la vuelta y sollozó en silencio, luego se acostó a dormir dándole la espalda. Cuan doloroso era sentirla a miles de leguas allí tendida a su lado, no se atrevía a hablarle por miedo a quebrarla, tan frágil, ahora le arrebataba su ilusión y a la vez sentenciaba la de él, pero no iba a dar marcha atrás, era la única alternativa que le quedaba.

 

Para leer la primera parte de juego de ladrones : https://irisdeasomo.wordpress.com/2012/11/07/el-juego-de-ladrones/

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