Cinco reinas

CINCO REINAS 

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Cincuenta noches dispuestas y acobijadas bajo el dulce manto del desierto en el cielo de verano. Las arenas doradas como el sol podían suponer la peor pesadilla para el más insensato de los viajeros. Los pozos escaseaban para entonces y la comida apenas era un sueño que muy poco lograban permitirse.

Amira viajaba a lomos de su mula blanca, siempre fuerte, acompañada por su séquito de primas, Dalila, la flor pálida del desierto; Aloncia, la de caderas amplias y piel tostada; Marina, nacida del vientre del mar, no era más que una princesa sirena; y por último la pequeña Ángeles, la sublime y delicada hija de un rey perdido tras el ocaso de la luna sagrada. Por las venas de todas ella corría la sangre poderosa de una acaudalada familia cuya desgracia los llevó a la ruina, fueron las únicas que lograron sobrevivir a la terrible tragedia que acabó con su ciudad natal.

Eloir quedaba al norte del desierto Mundos, allí abundaba el agua, la comida, hombres fuertes y trabajadores. En un mundo tan árido aquella maravilla natural proporcionaba las provisiones al resto de los pueblos dependientes de sus cultivos.

Amira había llegado hasta Eloir con la idea de salvar a su familia, lamentablemente el tiempo no apremió su misión, cuando arribó solo se encontró entre las ruinas de los templos magnánimos y las murallas destruidas. Lamentaba su enorme descuido, por suerte el viaje fue recompensado y halló con vida a sus cuatro primas, de quienes juró hacerse cargo.

El viaje era peligroso, no podían arriesgarse a terminar las provisiones y mucho menos a padecer en una tormenta de arena, debían conseguir un refugio seguro cuanto antes. Amira se encontraba consciente de aquello, pero no pretendía precipitarse a tomar una decisión errónea que pudiese lamentar. Consultaba el mapa constantemente, no debía estar muy lejos de la corriente occidental,  cerca de allí debería existir una saliente rocosa con pequeñas cuevas en las que refugiarse. Apuró el paso decidida a llegar antes del anochecer.

Comenzaba a oscurecerse el cielo cuando divisaron las cuevas, no les costó mucho esfuerzo descargar las mulas y escoger lugar en el que tumbarse a descansar. Llevaban tres días enteros de camino, y aun faltaba mucho para llegar hasta el siguiente poblado, aquel era el mejor escenario posible para acomodarse y recuperar fuerzas. Dalila se apresuró en búsqueda de leña y se propuso encender una hoguera, Marina entonó una hermosa melodía acompañada de su flauta brillante, se le daba muy bien la música, mientras las demás acomodaron las provisiones y armaron una improvisada tienda para dormir.

Amira se deshizo del velo que llevaba para cubrirse del sol, le dolía el cuerpo y la cabeza la sentía embotada. Necesitaba cambiarse y utilizar algo fresco, se quitó las botas curtidas y el pantalón de cuero gastado, para dar paso a una fina túnica de seda azul con bordados en plata, ahora la ligereza le permitiría moverse con mayor facilidad, sería la primera en montar guardia, realmente sería la única. Aunque adoraba a sus primas, estaba consciente de la enorme carga que estas representaban, todas ellas elegantes jamás habían movido un dedo para realizar algo por sí mismas, aquel era el error terrible que no permitió que su padre cometiera con ella. Amira era distinta, sabía moverse con sigilo, caminar entre las noches, sobrevivir al hambre, y no tenía ni pizca de distinción, lo reconocía y no se apenaba por ello.

Una vez resguardadas, repartieron una hogaza de pan duro que comieron acompañada con el delicioso queso de cabra tan popular de Eloir. Ángeles era la menor de sus primas, y a su vez la mas hermosa, iba ataviada por un delicado vestido color marfil y un manto blanco que hacía justicia a su nombre, también era indefensa y no conocía nada de supervivencia, debían cuidarla como un tesoro, era ella la legitima heredera para gobernar aquel desierto rojo.

Pronto se propusieron a descansar para continuar el camino con el primer rayo de sol.

A pesar del agotamiento y el cansancio físico, Amira prestó vigilancia a los sueños de sus primas. De cuando en cuando se volvía a la tienda para asegurarse de que todo marchaba bien, esperaba que los terribles hombres alados no pudieran seguirle el paso, pero eran tan sanguinarios y veloces que temía a sufrir una emboscada en terrenos peligrosos. Sin embargo sus recuerdos iban y venían, se arrepentía constantemente de haber marchado sola, necesitaba a alguien en quien confiar, alguien que le diera descanso a sus ojos enrojecidos… lo necesitaba a él.

Cuando decidió partir, Telmo se ofreció a acompañarla, lo rechazó con cariño, en aquel entonces mantenía la esperanza de encontrar a su padre con vida, y si llegaba junto a Telmo la furia descendería sobre ambos sin piedad alguna. No podía haber llegado a su ciudad acompañada por su amante y cómplice de locuras, además un hombre de piel tan oscura habría despertado la codicia de las mujeres, y ella no deseaba compartirlo con nadie. Él la había enseñado a valerse por sus propios medios, la convivencia a su lado era lo mejor que le había ocurrido en toda su vida. Aun recordaba la primera vez que sus labios chocaron contra los de ella produciendo una tormenta de fuego a su paso… pero no, no podría haberlo llevado.

En aquella cuevas lejanas reinaba la calma, una calma salvaje para lo asolado que se hallaba el territorio, algo no marchaba bien. Una sombra apareció entre las piedras, el aire se agitó con violencia formando un torbellino de arenas a su alrededor. Amira se aferro con fuerza a un tronco esperando no ser arrastrada, gritó a sus primas e intentó socorrerlas, pero entonces la noche se volvió roja como la sangre, el cielo empezó a llorar fuego alzando enormes muros de los que resultaba imposibles escapar.

Las cuatros jóvenes salieron de la tienda confundidas y sollozando, trataban de aferrarse entre sí, gritando mientras el fuerte viento las alejaba unas de otras… entonces lo vieron, ya no existían estrellas ni luna, el mundo se encontraba desolado, mientras un millar de hombres alados las perseguían sin piedad…

Las sombras se cernieron ante ellas, todo caía a insólita velocidad, los rugidos ahogaban sus gritos, el mar tan lejano parecía a punto de envolverlas para siempre. Entonces Amira corrió, corrió deprisa, tomó su puñal entre las manos decida a dejarse la vida para proteger a su sangre, la única que debía morir era ella… pero antes de que consiguiera su cometido algo la golpeó en la cabeza, sumiéndola en un profundo sueño, del que tal vez nunca despertaría.

 

 

 

 

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2 respuestas a Cinco reinas

  1. Estanoche dijo:

    Precioso!! escribes genial! ahora mismo voy a por la segunda parte!

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