Sombras distantes

Sombras distantes

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Las faldas de las señoras abundaban ampliamente en los jardines laterales del palacete cuadrado, un grupo de músico tocaba alegres tonadas, mientras uno que otro caballero atrevido invitaba a una dama a bailar al son de la canción. Otros se limitaban a probar los distintos platos que les ofrecían.

Lyris  no conocía a nadie, mucho menos con aquellas máscaras que les ocultaban el rostro. Ella también iba preparada, con una mascara del color del vino con detalles de hilo dorado. Al menos aquel era el motivo del banquete organizado por el conde y su señora esposa. No habían reparado en gastos, se servían las mejores bebidas, la comida era toda una exquisitez, y ni hablar de la música, los hombres tocaban la lira dejando que las notas cobraran vida propia en el corazón de quien los escuchaba.

Se encontraba allí porque esperaba encontrarse con el joven mozo gobernante del castillo del Quiana, su padre se hallaba retenido allí, y el mismísimo caballero Ean la citó aquella noche a través de una carta de invitación. Ella no pertenecía a la nobleza ni mucho menos, su padre era señor menor bastante empobrecido, luchó al lado de su comandante y desde entonces no había regresado a su hogar. Lyris deseaba encontrarlo y de ser posible negociar su liberación.

Una mano la tomó por la cintura, al volverse se encontró ante un hombre de cabellos rubios que llevaba el rostro oculto, excepto la sonrisa, blanca y deslumbrante, vestía con sedas azules y botas bien pulidas que llegaban hasta la rodilla.

La tomó de la mano y empezaron a danzar al ritmo de los instrumentos, Lyris se sentía torpe con el pesado vestido, jamás había lucido algo tan elaborado y complicado, desde luego fue un regalo que llegó hasta la puerta de la posada donde trabaja. Su compañero era ágil y grácil, se movía con elegancia plasmada en cada giro, incluso la hacía sentir delicada, bailando en medio de espuma marina bajo la luz de la luna plateada.

-Mi señora luce hermosa esta noche de verano – dijo con una melodiosa voz – me alegra que vistieras el vestido que os mandé con tanta ilusión, sabía que haría justicia a vuestra belleza.

Se sentía confundida y perturbada, el misterioso señor le había obsequiado un regalo costoso y… ¿Por qué? No pudo menos que esbozar una tímida sonrisa sin atreverse a mirar los ojos de su bailarín.

-Es mi intención que vuestro padre emprenda su viaje hasta costa azul esta misma semana – su rostro se iluminó complacida – no ha sido grata la difícil situación de nuestro pueblo mi lady, podrás imaginar lo qué es el vernos asediados día y noche…. Sin embargo Lord Derrick ha actuado valientemente y se merece un descanso prolongado.

Había logrado lo que más añoraba y sin embargo la desconfianza la hacía dudar del buen hombre, se retiró el antifaz dejando ver sus perlados ojos azules.

-¿Quién sois mi señor? – inquirió intentando descubrirle el rostro a su pareja de baile – ¿Cómo podría confiar en vos?

Él la apretó contra sí acercando sus labios hasta su cuello.

-El hombre que os salvará la vida, quien la secuestrará y llevará para asegurar la paz de mi pueblo y la lealtad de Costa Azul.

De pronto el viento sopló con demasiada fuerza y las antorchas se apagaron, la música cesó y las bandejas con comida cayeron al suelo, los invitados se agitaron gritando atemorizados, largas sombras salieron de la nada masacrando a los invitados, no tenían tiempo de actuar, las sombras cargaban largas espadas de acero con las que cortaban cuellos sin pestañear.

Algo tiró del brazo de Lyris, se resistió como pudo, un golpe seco en el vientre la tumbó por el suelo. Se arrastró escupiendo sangre, en medio del caos era difícil comprender quienes era los malos. Todos corrían y se agitaban, matándose entre ellos, la carnicería apenas había comenzado. Solo debía aguantar un poco más, hubiese deseado no llevar el pesado vestido escarlata que le entorpecía el camino.

Ya casi se acercaba hasta el portón de atrás, el bullicio se iba alejando poco a poco, cuando nadie parecía estar cerca se puso en pie y echó a correr con la esperanza de lograr escapar. Su respiración agitada la acompañaba en medio de la bruma hasta hallarse lejos del peligro. Una mano se tensó en su boca y otra en sus brazos logrando así inmovilizarla. Era el caballero, la arrastró casi con cuidado hasta detrás de un árbol donde nadie podía observarlos.

-¿Qué queréis de mí? – le preguntó ella intentado zafarse de los brazos fornidos del hombre – no soy nadie, no tengo nada, ni tierras ni riqueza, mi padre es un simple vasallo…

La calló con una mano, subía la voz y no pretendían ser encontrados.

-Vales mucho más de lo que imagináis mi querida dama, mucho me temo que vuestro padre os ha mentido, no dudo que sea por vuestro bien y para mantenerla a salvo, pero he descubierto su pequeño secreto y ahora eres el tesoro que debo resguardar.

Dejó entrever una sonrisa maliciosa que aterraba a Lyris, la tomó en brazos por la fuerza, no importaba cuando se resistiera el hombre la llevaba cuesta abajo. Llegaron junto al río donde una pequeña barcaza los aguardaba. Un golpe en la cabeza la hizo perder la consciencia trasladándola a tierras somníferas de donde tal vez no regresaría…

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