Nemesis

Nemesis

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Las calles se extendían en susurros a lo largo de la inmensa ciudad. Las pequeñas islas que la conformaba estaba unidas por endebles puentes de madera enmohecida, los pescadores cruzaban cada tanto que necesitaban recolectar mariscos o llevarlos a las barcas de transporte.

Nemesis había crecido a la sombra de los callejones desiertos, robando el pan para sobrevivir, durmiendo entre los escombros para no morir congelada en las noches frías. Acostumbraba a no pasar demasiado tiempo en un mismo lugar, pero allí no tenía adonde ir. Sombra Azul era una enorme ciudad compuesta por tres islas pesqueras, los grandes señores nobles no le otorgaban mayor importancia dado que era un asentamiento distante del resto del mundo. Sin embargo, Sombra Azul era la principal fuente de alimento del reino entero, también lo eran de vino dorado, frutos secos y especias. Así mismo eran el principal puerto de comercio más allá del mar verde, donde los hombres hacían largos viajes a la espera de conseguir el favor de un mercante, de esa manera y a base de amistad muchos pueblos se hacían con algunas de las mercancías que jamás llegaban a su verdadero destino.

En sombra azul los hombres se preparaban para el asedio, últimamente sufrían enormes pérdidas gracias a los malvados corsarios, saqueaban los barcos mataban a la tripulación y se alejaban con los tesoros de las islas. Las calles parecían sobrepobladas faltaban pocos días para el festival de la cosecha, entonces los señores ricos de la ciudad abarrotarían los mercados y las plazas, las mujeres bailarían al compás de los tambores y los barcos se aglomerarían en el puerto.

La pequeña Nemesis disfrutaba de colarse entre las mercancías de los barcos, de esa manera siempre conseguía una manzana o algo bueno para comer, desde luego las probabilidades de que la descubrieran eran muchas ella solía ser rápida y escurridiza.

A la víspera del festival, los guardias doblaron el número de sus vigilias en los muelles, de esa manera se evitarían hurtos, Nemesis no era tan tonta como para intentarlo mientras se vigilaban los barcos, sin embargo el hambre le carcomía las tripas y en las islas escaseaban ladrones, más temprano que tarde sabrían que fue ella quien se había robado la comida. Desechó la idea de su cabeza y se adentró en el laberinto tortuoso que era el llamado mercado del pez, donde convivían ricos y pobres. Los hombres comercializaban junto a la fuente principal, mientras un par de mujeres invitaban a los hombres a tomar un trago dentro de la taberna, tal vez aquel trabajo sería el más sencillo, y sin embargo ella no se atrevía a convertirse en una de ellas.

Un hombre gordo y barbudo gritaba en medio de la plaza, algunos de los jóvenes del lugar lo rodeaban escuchando con atención el mensaje que daba.

-Reuníos conmigo y os entregaré oro – una sonrisa enseñó sus dientes amarillos  – necesitamos chiquillos fuertes y dispuestos, que trabajen en nuestro barco, partiremos mañana con la  primera luz, los que se encuentren abordo serán bienvenidos.

Aquella noche no consiguió dormir,  la cabeza le daba vueltas, si tan solo fuera un chico podría trabajar por la comida, pero no, eso no le serviría de nada, crearse ilusiones no le ayudarían a llenarse la barriga. Nemesis no tenía nada en el mundo, sus padres habían muerto cuando apenas era una niña, desde entonces un tío se hizo cargo de ella por unos meses, luego de eso cayó a las calles donde tuvo que aprender a sobrevivir. A veces pasaba un par de noches sin conseguir comida, pero de vez en cuando el panadero le ofrecía las sobras rancias que ya no le servían.

Nemesis se encontraba en el embarcadero poco antes de que saliera el sol, escondida tras unos barriles de cerveza. El mar rugía amenazante ante las tormentas venideras. El lugar apestaba a cebolla podrida, la niebla se agolpaba junto a los barcos ocultando los nombres de estos. Unos tres jóvenes habían atendido a la llamada del capitán, al parecer este estaría decepcionado, pero se limitó a encogerse de hombros y hacerlos subir hasta la galera.

Un grito a lo lejos alertó a la chica que se escondía que salto asustada a la vista de todos, no imaginaba que reaccionarían así, pero el viejo capitán la tomó por ladrona cogiéndola del brazo.

-No he hecho nada, no robé lo juro – gritó debatiéndose en brazos del hombre, mientras él la tomó por los brazos y subió hasta la barcaza.

Todos estaban de pie mirándola, la acusación vagaba por los rostros de quienes la observaban, aunque de seguro bastantes razones habían para que la tomarán por una ladrona. Llevaba la ropa curtida y harapienta, con una capa gris raída, las manos sucias y la cara sucia.

-No soy una ladrona – gritó.

-Lo sé – admitió el viejo – traedle ropa limpia, se marcha con nosotros.

 

 

 

 

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