Juego de ladrones 3

Juego de ladrones 3

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La brisa golpeaba furiosamente los cristales de las ventanas provocando un aullido ensordecedor. La pequeña casa, alejada de las demás, se alzaba  en la pequeña colina blanca, rodeada de hielo y nieve. El frío traspasaba las paredes de piedra, y la chimenea no lograba mantener caliente la estancia, el fuego ardía con pereza amenazando con extinguirse.

Una joven arrebujada en una manta de lana,  estiraba las manos al calor  para ya no sentirlas engarrotadas. Algunas de las velas habían cedido su luz al inminente frío. Gea tenía la cabeza entumecida, el vino no colaboraba a despejar sus marchitos pensamientos, llenos de decepción y tristeza. La discusión de la última semana había significado lo suficiente para darlo todo por perdido, sin embargo ella no se atrevía a pensar en esa alternativa, su corazón latía con pasión cada día esperando la llegada de su amor.

-Los barcos se encuentran preparados para zarpar con la primera luz del día – anunció Lisandro con los ojos apagados – os llevaré al muelle poco antes.

La idea la frustraba, su lucha por demorar la situación había fallado inexorablemente,  no se podía permitir subir a la cubierta de un barco, lo único que conseguiría era marcar la distancia de él, y no se sentiría segura, no así, dejándolo solo, marchando a un destino del que quizá no tuviese oportunidad de encontrarse a su lado jamás.

-No pienso irme si no es a tu lado – expresó decidida a no dar marcha atrás – He huido de mi padre, me he enfrentado sola a un mundo desierto para verte… y dejarte no es una opción discutible… Mi lugar es a vuestro lado, con mi mano sosteniendo las tuyas, con tu sonrisa otorgándome vida, con tus ojos llenándome de felicidad.

Lisandro estaba decidido a montarla en la barca y dejarla ir a las islas de Jade, el invierno aún no terminaba, pero la guerra se había extendido más allá de las montañas siniestras y el rey gozaba de un ejército mayor a cincuenta mil soldados. Ella comprendía su preocupación pero esperaba que fuese consciente para no alejarla tan pronto.

-No puedo mantenerte aquí – replicó él frustrado, sus ojos azules brillaban ante la luz del ocaso – no es seguro, y solo podré luchar tranquilo si sé que os encontráis segura – Le tomó las manos suplicante – por favor Gea, yo iré a por ti, no te abandonaré lo prometo.

Las promesas poco le valían, sino se estaba a su lado no tenía sentido luchar. Sabía que las palabras no servían de nada, y bien podría no volver nunca.

-Lo siento – le acarició el cabello despeinado – pero no me marcharé.

Él se dio media vuelta y golpeó la pared furioso, jamás se había mostrado de esa manera, desde luego buscaba lo mejor para ella, aunque esto no fuese lo correcto. Su rostro se hallaba contraído con una expresión  de fiereza.

-No puedo mantenerte a salvo – manifestó tenso – si no deseas marcharte pues quédate, pero mañana mismo voy a hacerle frente al ejército del rey a poca distancia de aquí.

Le regaló un beso triste en los labios y una caricia en el rostro, huía de su mirada incómodo. Se quedó allí, sentado a su lado tomándole la mano,  luego de eso desapareció de la cabaña. Fue la última vez que lo vio.

Gea anhelaba desesperadamente que la puerta se abriera y entrará Lisandro victorioso, la tomará en brazos y jurara que el peligro había mermado. Pero con cada amanecer la esperanza se desvanecía, para dar lugar a una melancolía de la que ni el vino más fuerte conseguía librarla.

Los días pronto comenzaron a perder sentido, y ella cada vez solía salir menos de aquella estancia, apenas y tocaba la comida mucho menos se levantaba del colchón de paja. Las fuerzas se le escapan y el corazón lloraba dolor ante la ausencia de su amor.

Un golpe seco contra la madera astillada de la puerta la devolvió a la realidad, el corazón zumbaba enardecido, se acomodó una capa de seda sobre los hombros y abrió con su mejor sonrisa.

Eran centinelas del poblado, uno alto y delgado,  el otro fornido con un poblado bigote negro sobre el labio. Ambos llevaban cotas de malla oxidadas y espadas al cinto.

-Lamentamos molestarla mi señora – dijo el guardia delgado – ha llegado una carta y es para usted – entregó un pergamino arrugado y se marcharon.

Debían ser buenas noticias, Lisandro estaría cerca y tal vez querría que lo esperara entusiasmada. Se deshizo de la capa tumbándose en el lecho, acercó una vela y rompió el sello. El corazón estalló en su sonoro llanto.

Las lágrimas resultaron incontenibles, las palabras se convirtieron en puñales, y una a una atacó la poca dignidad que le quedaba a la joven enamorada. Intentó levantarse pero solo consiguió tropezar y quedarse en el suelo desnudo, se acurrucó en silencio deseando con impotencia  borrar los últimos instantes, o despertar y que todo resultara una pesadilla terrible.

No consiguió borrar el recuerdo y mucho menos despertar. El dolor le desgarraba la garganta mientras los ojos secos eran incapaces de emitir otra lágrima. No importaba si era día o noche, si solo habían transcurrido horas o llevaba cinco días allí, estaba decidida a no levantarse de nuevo.

La agonía consiguió arrebatarle la consciencia, la doblegó a un sueño pesado, en el que las manos de Lisandro jugaban con su cabello, sus labios mostraban una reluciente sonrisa mientras la besaban con pasión, ella lo aferraba, temerosa de perderlo. Sus labios se encontraron por última vez, mientras sus manos la soltaron con cariño despidiéndose para siempre. Dolía no poder conservar su aliento, el olor que despedía su cuerpo, casi podía sentir como la sangre escapaba lentamente de su cuerpo, quería tenerlo y sin embargo él se alejaba, gritó desesperada hasta que le dio vueltas la cabeza,  Lisandro no volvió.

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