Cinco reinas II parte

Cinco reinas II parte

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El aire cortante se arremolinaba a su alrededor, voces distantes parecían susurrarle a la distancia sin escuchar que se atrevían a murmurar. Tambores retumbaban en su cabeza como un mar de furia repentina ahogándola en la inconsciencia, tum tum tum, le martilleaba la constancia  de un  profundo eco. Amira intentaba despertar, se movía temblorosa, pero el cuerpo no respondía a su llamado, los brazos adoloridos colgaban sin mayor estimulo, las piernas suplicaban un descanso del que no pretendían regresar, eso sin mencionar el dolor agudo que surcaba la cabeza cada vez que intentaba hacer uso de sus extremidades.

La oscuridad se disolvía lentamente, dando paso a colores vivos que apenas y lograba reconocer su embotada cabeza. Un olor, no recordaba como olía la comida, podía haber pasados semanas allí y no enterarse hasta percibir el aroma del cerdo asado. Algo la sacudió por los hombros, era un movimiento persistente e irritante, Amira abrió los ojos con cansancio, el sudor le cubría el rostro y también las manos temblorosas.

Era una mujer, de piel blanca como leche, ojos mezquinos y nariz aguileña,  su prominente busto escapaba desagradablemente del escote del vestido, una sonrisa de desdén marcaba un mentón inexistente.

-¿Quién sois? – preguntó con los restos de voz que le quedaban – ¿Dónde me encuentro?

La mujer posó sus manos sobre sus abultadas caderas.

-No respondáis nada Fabricia, ignórala es mejor que se duerma de nuevo – aclamó una voz distante que Amira no consiguió reconocer.

No volvería a dormirse, necesitaba huir de allí, conseguir a sus primas… ¿Dónde estarían? No recordaba nada luego de ver el cielo oscuro a punto de devorarlas. Las sombras negras eran criaturas peligrosas y mortíferas, ¿Cómo era que aún seguía con vida?

Se incorporó con dificultad, las rodillas le temblaban mientras sus manos huesudas se aferraban a una mesa. Se encontraba en un salón, de paredes oscuras como la noche, las velas abundaban proporcionando algo de luz,  pero en medio de la negrura no vislumbraba nada más que a la extraña mujer.

-Acércala – pidió la voz sin rostro.

La pálida dama la tomó bruscamente por el brazo arrastrándola por un estrecho pasillo de piedras, el aroma a flores muertas se incrementaba conforme avanzaban. Llegaron a una estancia pequeña menos iluminada, una mesa redonda sostenía una fuente de manzanas doradas e higos bañados en miel, una jarra de vino y varías copas de cristal vacías.

De no ser porque respiraba ruidosamente no se habría percatado de la otra mujer. Se hallaba sentada en una inmensa poltrona de piel, con los pies descansando sobre cuatro cojines redondos. Su piel oscura lucía marchita, sus ojos repulsivos eran dispares y calculadores observando con atención los movimientos de la joven princesa.

-Los amos estarán complacidos al saber que habéis despertado – anunció con metódica, ronca – vuestras primas tal vez no corran la misma suerte, una vez que las encontremos.

Así que al menos sus primas consiguieron escapar, rogaría gustosa a los dioses para que no las hallaran. La mujer hizo ademán de levantarse pero su pesado cuerpo se lo impidió, fue la otra dama quien la ayudó a ponerse de pie. Era similar a una morsa, con dientes sobresalientes y vientre abultado, ni todo el oro que llevaba encima la ayudaba a disimular tal espanto.

Amira analizaba con precaución los movimientos de ambas, esperaba fueran las únicas en aquel lugar, debía idear un plan de escape. Aunque tan débil como se encontraba sería difícil burlar algún guardia si lo había.

-Mi nombre es Olena, vuestra anfitriona del día – hizo una reverencia – Cuando destruimos Eloir esperábamos hallaros allí princesa – dijo la mujer de piel negra – desde luego no nos resultó complicado encontraros, ahora que estáis aquí seréis nuestra rehén, mi señor estará complacido de veros tan… recuperada – soltó la última palabra con una sonrisa maligna.

La princesa actuó sin pensar, fue un acto reflejo lo que llevó su mano a tomar el cuchillo en la mesa y atacar la mujer blanca. La sangre que manó del costado de esta era negra y espesa, la dejó caer a un lado para acabar con la otra, pero era astuta, ni se inmutó en preocuparse por su compañera agonizante en suelo de piedra.

Una nube gris envolvió a la mujer, que rio histérica arrancándose el cabello, poco a poco se fue disolviendo hasta desaparecer.

Era un truco, de eso estaba convencida Amira, no se detuvo a mirar, corrió y corrió, sentía el corazón a punto de estallar, no se dejaría vencer por el cansancio.

El mundo se detuvo,  las sombras aparecieron de la nada engullendo el cielo azul. Amira cogió un caballo, lo montó, y galopó sin volver la vista atrás…

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