Secretos ocultos II

Secretos ocultos II

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El cielo oscuro se extendía por todo el horizonte. Se acercaba la media noche, y con ella una tormenta de otoño. Los truenos resonaban a la distancia atemorizando a los animalillos del bosque, Daniel esperaba junto a la abertura del muro, apretado contra la gabardina, cubriéndose del impetuoso frío.
La brisa se arremolinaba junto al internado, los ventisqueros eran amenazadores en aquella época del año. La luna brillaba en lo alto mostrándose con la elegancia digna de un astro. Lucía debía estar por aparecer, ya pasaba de la hora acordada, y Daniel comenzaba a exasperarse inevitablemente.
Un repiqueteo constante comenzó, poco a poco la lluvia fue en aumento hasta dejar empapada la ropa del joven. Algo no marchaba bien, ya pasaba el tiempo y su amor no había realizado acto de presencia en lo que iba de noche. Daniel no se atrevía a imaginar que Lucía lo hubiera dejado plantado, ella también lo amaba ¿Cómo era que aún no llegaba?
Tal vez era momento de irse, Lucía no iba a llegar. El sol comenzaba a salir cuando determinó que lo correcto sería marcharse y no volver la vista atrás. Aunque ya no llovía llevaba la ropa calada, pronto estaría resfriado además de muy solo. A pesar de que intentaba moverse sus pies no respondían al impulso, pronto estuvo tan cansado que se acostó sobre la tierra húmeda, cubriéndose el rostro con ambas manos.
-Lucía ya no te ama – susurraba una voz en su cabeza – jamás escaparía con alguien de tu calaña. Una mujer tan hermosa e inteligente no sería digna de un simple herrero, no podría tener la felicidad que merece.
Tenía razón, él un simple muchacho poco mayor para brindarle una buena vida a una joven de alta alcurnia, con estudios, modales, sin mencionar la belleza que poseía. Se sentía como un idiota al albergar esperanzas de que ella enfrentara el mundo a su lado.
Era cerca de mediodía, aún no conseguía irse, el corazón le pendía de un hilo anhelando verla por última vez, aunque fueran solo unos segundos. Unos pasos sobre la hierba lo despertaron de su sueño. Una chica de largos rizos rubios y labios rojos profundos apareció tras el muro derrumbado. Tenía uno de sus ojos azules muy hinchado, comenzaba a ponerse carmesí, el cuello desnudo mostraba unos moretones que pronto oscurecerían.
-¿Qué te han hecho? – preguntó con la voz quebrado intentando no alarmarla.
Una lágrima gruesa rodaba por su maltrecha mejilla. Quiso rodearla pero sentía temor a espantarla, tan débil, tan menguada, no era la misma. Le tomó la mano invitándola a sentarse a su lado. Parecía una niña asustada apunto de desvanecerse en el llanto.
-Una de las monjas me descubrió – su voz era un susurro gutural y leve – le dije que solo necesitaba aire, pero hallaron mis pertenencias juntas al otro lado del sendero y no tardaron en intuir lo que pretendía… – ahogó un sollozo triste cargado de reproche – me llevaron al cuarto. Ese el del castigo, no imaginaba que sería tan terrible, tal vez unas simples horas en la oscuridad bastarían para aprender mi lección… pero no fue así.
Daniel la atrajo hacia sí y le besó la coronilla y repetidas veces. ¿Qué había hecho? Era su culpa.
-Me dieron una paliza tremenda – agregó.
Él se lo imaginaba pero no esperaba escucharlo de su voz. Que cobarde se sentía pensando lo peor de Lucía cuando ella enfrentaba las consecuencias a golpes. No lo dejaría plantado desde luego que no, un corazón tan noble y puro no se atrevería a jugarle algo de esa manera tan cruel.
Por fin se puso en pie, el agarrotamiento de los músculos, el cansancio, el sueño, nada de eso importaba ahora. La tomó en brazos, olía a miel y rosas frescas, cuan pequeña parecía ahora, indefensa.
-¿Qué haces? – preguntó ella sin poner resistencia mientras marchaban colina abajo.
Le sonrió con aquellos labios que tanto adoraba y por instante mínimo, su rostro parecía volver a la vida.
-Te pondré a salvo, ya nada malo te pasará – prometió al tiempo que le besaba los labios.
-Pero mis cosas…. – aquella era su Lucía, preocupada y divertida a la vez – nos descubrirán, me buscarán y luego me llevarán.
Nada de eso le importaba, en su pecho brotaba la certeza de que no lo permitiría, ya nadie le haría daño mientras él tuviese vida para impedirlo.
-Tendrán que arrancarte de mi lado – le respondió – no permitiré que nada te vuelva a ocurrir, no podrán separarnos.
Lucía se durmió en sus brazos, agotada y sin fuerzas. Los pájaros danzaban alegremente cantando en el aire, la tormenta no regresaría. El peligro quedaba atrás, mientras el sol se fundía en lo alto otorgándole la esperanza de una mejor solución.

 

 

 

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