Encuentro oportuno

Encuentro oportuno

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Las noches eran deliciosas en el café frente a la plaza principal de aquella turbia ciudad. Las estrellas brillaban en el cielo oscuro y la luna iluminaba los pequeños riachuelos del lugar. Elam era un  complejo urbanístico desplegado a orillas del mar, una ciudad tropical con aires de nobleza en la que un joven músico podría sobrevivir sin mayores dificultades. Ciro se deleitaba todas las noches con la salida de la primera estrella,   siempre en un local distinto, iba a acompañado de su caramillo o una simple lira, con la mínima expectativa de cautivar a un viajero amable que le obsequiara al menos un par de monedas.

Pasada la media noche volvía a su pequeña habitación en una vieja posada. Aquella oportunidad no resultó del todo bien, apenas contaba con una moneda de plata bastante añejada. Eran días difíciles para los músicos, pero las mañanas siempre renacían con sus marchitas esperanzas. Vivía solo, sus instrumentos y escasas pertenencias era la única compañía que necesitaba.

El ritual de sus madrugadas no variaba demasiado, un baño ligero con agua helada, un cambio de ropa veloz y en seguida marchar a las pintorescas calles en busca de algo caliente para llenarse el estómago. Disfrutaba del aire veraniego contra su pecho, acostumbraba a llevar los largos rizos dorados sueltos agitándose con su alegre caminar. Aquella mañana cantaría en una pequeña taberna, los últimos días de la semana solía encontrarse concurrida,  por lo que resultaba una oportunidad perfecta para conseguir la comida de la próxima jornada.

Tan solo llegar,  el aroma de la carne cocida y el pan recién hecho le hizo rugir las tripas. Saludó con cordialidad al cantinero y este le tendió un cuenco de pan con trozos de queso y una salchicha vieja. Le alargó su mano con gratitud y el  viejo sonrió llevándose una jarra de cerveza a la boca mientras invitaba una a su nuevo cantante.

-Esta mañana será movida – Manifestó con voz queda – un par de condes y allegados a la nobleza pasarán a degustar la comida del lugar.

No era de extrañar. Aquella cantina era popular por sus exquisitos platos, además se comentaba que servían el mejor vino en cincuenta leguas a la redonda.

Pronto comenzó a agolparse la gente en las mesas mientras el posadero ofrecía licor y alimentos. Ciro debía de empezar su acto de inmediato, pero algo lo detuvo, algo golpeó su pecho dejándole en el sitio sin poder mover un solo dedo,  justo cuando se decidía a subir al escenario una mujer cruzó las gastadas puertas de madera negra sentándose solitaria en la mesa más alejada del lugar. Pero eso no era lo que lo mantenía abstraído, aquella era la criatura más hermosa que sus ojos jamás hubiesen visto.

La miró silencioso llevarse  una copa de vino a sus labios carmín, sus cabellos negros como el abismo iban entrelazados hasta forma una larga trenza que llegaba a lo bajo de su espalda, mostraba un prominente escote resaltado por un corpiño color granate a juego con sus mejillas rosadas.

Ciro subió al escenario con torpeza. De pronto había olvidado los acordes y las letras, en medio de la conmoción perdió pie y trastabilló con una silla. La risa de los comensales lo hizo enrojecer. No podía parecer ridículo ante la bella dama. Entonces tocó una dulce melodía, repleta de palabras y versos de amor. No habituaba a tocar con tanta parsimonia, pero la ocasión lo ameritaba. En algún lugar el viento soplaba dulce y meloso mientras el  público lo observaba con atención, algunas doncellas derramaban lágrimas a causa de la triste historia que sus labios cantaban, entonces Ciro alzó  la vista esperando ver admiración en los ojos de la mujer, de nuevo sus labios se torcieron ante la inevitable decepción,  la encontró abstraída en una conversación con un joven mozo bastante adinerado por los ropajes que llevaba encima.

Perdió el hilo de la música, sus dedos confundieron los acordes y sin más remedio la canción terminó. Algunos aplaudieron de pie, otros se limitaron a arrojarles monedas, muchos hicieron caso omiso de su interpretación. Él solo deseaba ver la aprobación plasmada en el rostro de la misteriosa dama, pero cuando su mirada se empecinó en encontrarla, contuvo la decepción ante una silla vacía.

Ciro no tuvo remedio, se dirigió a la barra mientras un par de personas le invitaban hidromiel y vino especiado, lo agradeció gustoso. No rechazó ni una sola invitación, su mente divagaba confusa entre el mar de emociones producidas instantes antes de la canción. Solo podía ser un sueño. No tenía sentido esbozar una imagen tan hermosa y a la vez tan alejada de la realidad.

Unas manos delgadas y pálidas le tendieron un vaso de hidromiel. Estuvo a punto de rechazarlo, tenía los sentidos embotados y aún le faltaban un par de tonadas por entonar. Entonces sus ojos vislumbraron a la doncella, era ella quien, con sus inmensos ojos ambarinos le tendía el vaso  mostrando una amplia sonrisa dibujada en sus labios.

No pudo menos que aceptarla con timidez, ella rio ante su torpeza sentándose a su lado.

-Habéis estado maravilloso – tenía una voz dulce como la miel y suave como el algodón  – aunque mi favorita fue la de hace unos diez días – dijo llevándose un dedo al labio superior, pensativa  – me gustan los acordes alegres y distantes, pero esta no ha ido para nada mal.

Ciro estaba aturdido ante la revelación, casi no podía creer que lo hubiese visto tocando con anterioridad, y mucho menos que hiciera halagos con tanta soltura. Iba a responder pero ella le puso la mano cuidadosamente sobre la boca negando la cabeza, deseaba preguntarle su nombre, conocerla. Pero al observar a detalle comprendió con desánimo, ella iba a ataviada de joyas preciosas, su piel era pulida como el mármol, sus ojos revelaban  poder por muy dulces que pretendieran ser,  seguro pertenecía a la nobleza, cuando menos.

Un hombre robusto de unos cincuenta años interrumpió la conversación, fue un simple movimiento de cabeza pero ella asintió con rapidez otorgándole una dulce expresión apenada. Le acarició la mano a modo de despedida mientras se acomodaba un mechón de cabello suelto.

-Mi nombre es Ariadna – añadió segundos antes de desaparecer tomada de brazos con el viejo.

Se perdió entre las sombras agitando los flecos rojizos de sus amplias faldas. No sin borrar la ilusión del pobre Ciro, quien contaría las horas antes de su siguiente encuentro.

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