Deuda saldada

Deuda saldada

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La luna brillaba impetuosa en lo alto de la colina. La nubes oscuras se apartaban dando paso al esplendor de la luz plateada. El tiempo se había detenido, ya no sentía  la brisa contra su rostro, ni la lluvia empapándole la ropa, la tempestad le robaba todo, dejándola a merced de la intemperie, sola y marchita con un alma rota.

Elli no apreciaba la diferencia entre el día y la noche. Durante el día el calor se hacía insoportable otorgándole una desbocada sensación de sed, mientras que cuando el sol se ocultaba el frio le martillaba el cuerpo sin dejarla dormir. ¿Cómo había perdido todo? Casi no lograba recordarlo. Cuando una vez se sintió hermosa y vital, rodeada de sedas y joyas, codeándose entre la nobleza de su ciudad. Sus sueños mancillados yacían en el olvido, no recordaba haberlos disfrutado y mucho menos vivirlos.

Unos escasos veinte años llevaron a Elli a la corte real, donde se convirtió en una de las doncellas favoritas para la princesa Thérèse. Gracias a sus habilidades con el habla y la escritura conseguía divertir a la jovencita con sus entretenidas historias narradas en verso. Ganándose el favor del rey, fue ascendiendo en la corte, e incluso se le otorgaron un par de tierras a su familia a cambio de su presencia en el palacio real. Pese a lo joven que era, ella no dejaba de imaginar que estaba mordiendo un fruto envenenado, puesto que con una sola palabra o una pequeña ofensa caería en desgracia.

Aun con el miedo latente, los jóvenes ojos de Elli se acostumbraron al reflejo de las joyas, a las sedas importadas de brillantes colores, dejando atrás las preocupaciones. Desde luego,  ser la favorita de la princesa traía responsabilidades. Cuando esta no lograba conciliar el sueño era Elli quien la acompañaba con la pluma y las palabras, cuando la princesa no estaba de buen humor, era Elli quien debía dar rienda suelta a su imaginación hasta arrancarle risas a su señora.

Elli se sentía complacida a pesar de las incesantes llamadas a media noche. Jamás había sido tan feliz, y jamás nadie había disfrutado tanto de su talento.

Ahora comprendía los errores cometidos. Lo que le atraía felicidad eran los lujos en los que vivía, no ser la divertida mascota de una princesa, a la que realmente ni siquiera apreciaba. Pero cuanto más pasaba el tiempo más se parecía a su nueva dueña. Caprichosa y vanidosa albergó aspiraciones que nunca le serían concedidas. Pronto olvidó su talento, sus dedos olvidaron como sostener una pluma entre ellos, como rasgar el papel… Solo recordaba atarse los cordones del apretó corsé, utilizar las zapatillas con pequeñas incrustaciones de diamantes, darse baños con agua tibia a mitad de la madrugada. La vanidad la sumió en la inconsciencia de quien no desea abrir los ojos.

Un día despertó con los harapos con que llegó al palacio. Sus manos eran un cristal cuarteado a punto de quebrase, su corazón no recordaba la felicidad otrora disfrutaba. Entonces comprendió. La princesa creció, llegó gente nueva al palacio, le llovieron pretendientes anhelantes del trono, deseando tocar con los dedos una parte del poder, al final  ascendió hasta convertirse en reina. Mientras Elli consumió el tiempo que le quedaba, burló su esencia y olvidó sus sueños, no imaginaba que su posición fuese tan endeble, pero ahora ya nadie pensaba en ella, ya nadie le ofrecía favores ni flores. No era más que una mendiga cuyo talento mermaba a manos de una poderosa reina.

Muchos se burlaron a sus anchas, recordando días en que la vanidad y la lujuria eran quienes vestían a la doncella…

¿Llegó a conocer el amor? Desde luego que sí. Se enamoró, con loca y desenfrenada pasión de un hombre que jamás le correspondería. Sin embargo insistió, sentía que sus manos no lograban más que escribir tristes versos hasta que por primera vez la miro… Y entonces lo que parecían encuentros inusuales comenzaron a ser frecuentes. La tomaba de la mano, le susurraba al oído, le ofrecía regalos, y hasta la besó… Aquel fue el mejor instante en la vida de Elli, en el que sus labios se encontraron con los de él, en el súbito momento en que conoció la dicha y el amor. Lo añoraba para sí, deseaba escribir un futuro a su lado y cantar canciones hasta el final de los tiempos.

Pero una vez perdido su talento también se perdió el interés del joven caballero. Los encuentros escaseaban y rara vez lo observaba tras la ventana. Entonces llegó lo inevitable, desapareció, y con él todas sus esperanzas se marcharon dejándola en el vacío.

Pasaron años hasta que consiguió reconocer su error, hasta que percibió como había roto su alma…Cuando antes las palabras brotaban con tanta facilidad, y su cabeza volaba sobre mundos repletos de historias mágicas capaces de llenarle los ojos de lágrimas a alguien o de arrancarle sinceras sonrisas. Era ella la culpable de su desgracia, quien vendió su alma a cambio de lujos que no perdurarían en el tiempo.

Su talento había constituido su ser, todo lo que era ella, su alma…Y ahora lo había quebrado. Nadie cantaría canciones sobre ella, nadie las leería, no sería sino un recuerdo borroso que apenas viviría en la memoria de su reina.

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