La reina de oro II

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La reina de oro II

La ciudad olía a fuego y ceniza. Pasaban ya los tres días del incendio de la plaza central. El pueblo tenía hambre, y esperaban que la reina temblara sentada en el trono al ver la muralla de llamas que se extendían al norte de su enorme palacio. Era el quinto altercado en menos de dos semanas.

Amisha descansaba el mentón sobre la palma de la mano, aburrida y cansada. La última sesión del consejo le arrebató cinco horas de sueño que aún no conseguía recuperar. Los largos y calurosos días le traían más problemas que soluciones. Cuanto añoraba la presencia de su padre o de su hermano, por ser hombres sus decisiones no eran cuestionaba y los súbditos las seguían a cabo sin presentar protesta alguna.

La enorme puerta de roble se abrió sin anuncio alguno. Un hombre robusto de escaso cabello inclinó levemente la cabeza acercándose al lugar de su soberana. La reina se incorporó con pereza, una de sus doncellas cerró rápidamente el libro que leía en voz alta apartándose para dar espacio al recién llegado.

-Amisha querida…

-Majestad – le interrumpió la reina con irritación – querrás decir, majestad o eminencia…

El hombre, molesto,  alzó la vista, la arrogancia de la reina era bien discutida en las calles del reino, poco le importaba a ella, solo pedía un poco de respeto, deseaba que los hombres sintieran miedo al pronunciar su nombre.

-Eminencia – corrigió el hombre – hay al menos cincuenta hombres en la bahía, dicen que si no se presenta quemarán toda la mercancía traída, debe ir y calmar las aguas.

Una de las doncellas se acercó hasta la reina para llenar su copa de vino, bebió un largo sorbo meditando las palabras de su primo. Que molesto resultaba reinar, problemas y dificultades, ni una sola admiración se ganaba, el hambre y la pobreza era su culpa, las tormentas que retrasaban los barcos, su culpa, las enfermedades y las plagas, su culpa.

-Ya veo – dijo por fin dando un trago de vino – he designado hombres a lo largo y ancho de Malous querido primo, y no creo que esto signifique un verdadero inconveniente – se reclinó en el trono de piedra – como entenderás, dispongo de una larga lista de tareas por cumplir, por lo que no se me permite desperdiciar el tiempo. En cambio,  considero que hay suficientes caballeros a mi mando como para solventar el problema, un ejemplo digno seríais vos…

No llegó a culminar la frase, el hombre herido en el orgullo salió a prisas del gran salón dispuesto a arreglar el inconveniente. Amisha esperaba que fuera suficiente como para disfrutar de la paz por una tarde al menos.

-Denise querida – habló la reina a una de sus pupilas – deseo dar un paseo por la montaña, ordenad que se me prepare una litera cómoda para viajar, el mejor vino y algunas frutas. ¡Ah! – añadió – y un abanicador también.

La joven de tez oscura desapareció tras una marcada reverencia a su señora, perdiéndose en los pasillos del gran castillo.

El calor trepaba por los muros de la torre, instalándose entre las ventanas y consumiendo la paciencia de la joven reina, un pálido sol iluminaba las piedras oscuras de la estancia, mientras la melodía del laúd liberaba la presión del ambiente. La reina detestaba aquella música sin sentido, con letras ridículas versadas sobre el amor, un amor absurdo en que el caballero juraba hacer todo por conquistar a su dama ¿Acaso sería verdad? Lo dudaba, los hombres que ella conocía solo necesitaban sus favores, no hacían más que adularla para conseguir algo a cambió. Pero no siempre resultaba igual, tenía un ciclo que no se preocupa por él, pero probablemente era el único que no solicitaba un favor de su parte, o al menos eso creía ella.

Amisha hizo traer ante sí al prisionero, Tristán. El joven que se presentó distaba mucho de parecerse al que encarcelaron un mes atrás.

-¡Por favor parad esa tonada de una vez! – gritó furiosa – estoy harta de escucharos decir sandeces, marchaos de mi vista y dejadme a solas con este.

Sin poner resistencia todos abandonaron el lugar aterrados. Un poco de quietud para el espíritu asentaría la confianza de Amisha. A solas no debía disimular, ni comportarse como reina, podría ser dulce como niña y hablar sin temor a ser juzgada, aunque era algo que jamás ocurría.

Se acercó al joven, su ropa estaba mugrienta y apestosa, el cabello enmarañado y los ojos agotados, pero, algo brillaba en ellos, algo los hacía parecer vivos, quiso adentrarse en ellos, cual pozo de invierno cuando era una cría. Quiso rozar sus abundantes pestañas cobrizas, palpar los hombros robustos del joven.

No lo hizo, no se dejaría sucumbir ante pensamientos impuros.

-Me ha mandado a llamar eminencia – dijo Tristán con voz melodiosa, dulce como la miel – en qué puedo serviros.

-Necesito alguien con la capacidad y el conocimiento de la palabra. Ya me han comentado como habéis engañado a los guardias para que os den pan suave y un poco de mantequilla, tal vez seáis el hombre que necesito. Como sabréis mi gente no se halla contenta, es una época difícil y un verano insoportable, necesito de tu palabra para calmar el clamor.

El rostro de Tristán se iluminó, una diminuta sonrisa se dibujó en sus perfectos labios, Amisha sentía el impulso de abalanzarse en sus brazos, dejar caer su máscara de piedra y extinguirse ante los encantos del apuesto caballero.

No, no se podía permitir desfallecer de aquella manera, un amante no sería bien visto, y las habladurías solo conseguirían desprestigiarla. Bastantes oportunidades había tenido su padre de casarla y ella se negó ante todas, no necesitaba un esposo, no necesitaba un hombre. Pero su cuerpo ardía en deseos de conocer aunque sea una vez el amor. Se detuvo, no perdería todos los esfuerzos, no dejaría caer su honor ni mancillar su virtud, mano firme, mientras Tristán la devoraba con la mirada de una hiena…

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