Sueño lejano

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Sueño lejano

     El viento suave se mecía en el frescor de la dulce primavera. Los olivos quietos bajo el sol parecían impasibles ante la dulce sombra proyectada bajo sus altas ramas. Carolina paseaba en la comodidad de su acolchada litera llevada por dos criados de la casa de su padre. Acostumbrada a la monotonía de sus paseos, siempre le imponían un par de guardias disfrazados que velaran por su seguridad.

    Le hacía bien recibir el aire por lo que iba acompañada por un par de sus doncellas favoritas, Anastasia y Delfina, ambas de gruesa contextura y ojos pardos, hermanas de padre que nacieron en aquellas tierras bajo la tutela de la familia de Carolina.

   Aburrida, tras un extenso invierno los pies de la joven rubia deseaban sentir el rocío de la hierba, que sus ojos se acostumbraran al verdor que poco a poco cubría las montañas lejanas. Parajes que se extendían sobre el horizonte con miles de promesas de aventuras sin igual, viajes que jamás llegaría a realizar.

-Creo que aquí está bien Patricio – dijo con el tono autoritario de señora que su madre comúnmente utilizaba – dejad que baje y acomodad una manta con todos los víveres y las bebidas, Delfina, por favor ayúdale.

      Mientras los mozos acataban sus órdenes,  se limitó a descalzarse  y caminar a paso lento por el pequeño claro. Iba de aquí para allá recolectando las flores que cautivaran su vaga atención. Por un instante un sonido cercano la mantuvo preocupada, vislumbraba sin ver de dónde provenía aquel susurro constante. Un joven, a no más de cinco pasos, se ocultaba tras la sombra de un árbol, ella sorprendida quiso acercarse,  pero él, asustado dejó que las ramas le ocultaran el rostro. Hizo señas para que se acercara pero retrocedió instintivamente. Ella tomó la iniciativa y bajo por la ladera,  esperando conocer a quien tímidamente la vigilaba a través de la oscuridad del bosque.

-Acercaos por favor – le pidió al tiempo que le tendía una mano – no os haré daño, seguro que os habéis perdido.

     El joven salió del bosque a paso intimidado, sus ojos veían al suelo por donde pisaba con sumo cuidado hasta llegar donde Caroline le pedía.

-Muy bien, ya veis que no os hice nada, ahora seguidme y compartiré el pan con usted.

     Lo guio hasta el claro donde la comida se hallaba preparada. Ella se tendió con la elegancia de las damas de corte, mientras él, abochornado, cruzó las piernas toscamente. Los enormes ojos café del joven atraían intensamente la atención de ella, leía claramente las ansias de aventura que rondaban por ellos, su corazón se hinchó al instante al percatarse de que tal vez conseguía un compañero en esta vida.

   Pidió con cortesía a una de sus doncellas que los dejaran solos, quería hablar a sus anchas sin temor a  ser escuchada. Una vez apartados, aunque sabía que a distancia los observaban, se concentró en devorar los higos mientras su acompañante disfrutaba de la cerveza espesa.

-Vuestro nombre – exigió ella sin mucha cortesía.

  Él, incómodo ante el poco tacto de la dama, se tomó algunos segundos antes de responder.

-Damián – puntualizó – Damián de la Roca, mi señora.

    Sus sentidos no reconocían aquel apellido, tal vez no fuera un vasallo de su padre como pensó tan solo verlo, tal vez era un hombre libre, de esos que vivían sin leyes tras las enormes colinas.

-¿Eres de Bair? – inquirió ella con un brillo lejano bailando en sus ojos.

    Damián asintió complacido. Esa era la explicación, por eso no llevaba calzado y vestía al color de su preferencia, a diferencia de ella, con el clásico gris y verde del escudo de su familia, como el resto de los criados y vasallos de su señor padre.

    Una chispa se encendió en el interior de la joven, cuanto añoraba ella vagar por esas colinas, conocer un pueblo en el que nadie gobernada, en el que cada uno satisfacía sus deseos sin pensar en las consecuencias, y cuanto anhelaba ser libre…

-Es cierto que… – dudó un instante – ¿No obedecéis a regla alguna?

-Así es mi señora.

   Casi dio un brinco al escuchar eso. Irse era lo único que tenía que hacer. Nada ganaba en tierras propias, dado que nunca las heredaría y más temprano que tarde la entregarían a un conde o caballero que hiciera de ella a su antojo. Sus derechos de nada valían porque simplemente no existen, en su condición de mujer se le negaba todo lo que por ley debía ser suyo, y a la vez estaba sola, rodeada de buitres que buscaban ganarse su favor. Hacían decenas de cumplidos a su belleza, todos ellos sin gota de verdad, dado que la verdadera belleza reposaba en las arcas doradas de su querida familia.

-Podrías… – bajó el tono de su voz – ¿Podríais llevarme?

  El joven se sorprendió, no comprendía por qué una dulce niña acaudala quisiera vivir entre la inmundicia de los exiliados.

-No creo que quiera ir…

   Desde luego que quería, desde hacía tanto que no pensaba en otra cosa que no fuera apreciarse libre. No importaba si era Bair o cualquier otro lugar, solo debía marcharse lejos y no volver nunca.

-Tengo que encontrar mi camino y sé que estando aquí solo consigo alejarme de él – susurró en su oído – por favor llévame hasta allá.

   Con un escalofrío Damián no pudo ofrecer una negativa a tan bella criatura. Si no podía hacerla cambiar de idea al menos le mostraría los senderos para conseguir su lugar, y mientras él estuviese a su lado, nada podría ocurrirle.

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Una respuesta a Sueño lejano

  1. Ego sum dijo:

    La dulzura de tu prosa acompañada del verso acercó por un momento ese lejano sueño

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