Tiempo perdido

Tiempo perdido

    La lluvia caía con estrepitosa fuerza, las lagunas y los charcos se extendían por los verdes caminos manchando las faldas de las elegantes señoras. Las personas corrían a refugiarse del torrencial aguacero, con capas y capuchas se cubrían en vano del  inminente y despiadado frío.

Excepto Elisa, mientras todos se refugiaban del agua, ella buscaba llegar al ojo de la tormenta, que la brisa y los truenos se aglomeraran en su interior arrancándole  todo el odio acumulado. Llevaba un manto gris absolutamente calado, los bucles tan bien arreglados  hechos trizas, el vestido carmesí que tanto le gustaba, embarrado hasta las rodillas. Quién pudiera creer que tan solo un par de horas antes, aquella joven dama lucía como una muñeca de porcelana, tan sublime que parecía flotar en una ligera nube a su paso.

Sus ojos divagaban a la distancia, cansados de tanto llorar, el cuerpo le suplicaba a gritos que detuviera la carrera, mientras sus pensamientos iban y venían hasta martillearle la cabeza. Tropezó en el lodo, no se inmutó a levantarse, no tenía sentido continuar el camino. La vida y la alegría se las robaron con tan solo un suspiro, y justo cuando creyó tener la felicidad al alcance de las manos. Quería gritar, pero sus pulmones ya no poseían aire para soltar, deseaba entregarse al llanto hasta morir, pero sus ojos secos y agrietados se negaron rotundamente a ceder. Si tan solo pudiese arrancarse el dolor del pecho y seguir, pero no alcanzaba a sumergirse en su interior, el miedo constante le desgarraba internamente temeroso de volver la vista atrás.

Horas o días, no concebía el tiempo como medición a su desgracia, ya poco importaba. ¿Cómo podían burlarse tan inhumanamente de ella? Lo imaginaba a él riendo a sus anchas, o peor sintiendo una vulgar lástima por la pobre Elisa. Luego su cabeza se iluminaba por el recuerdo de ella, con los maliciosos iris azules brillando en sus cuencas vacías. Ambos se abrazaban y sonreían a la distancia, jactanciosos de su humillación, de romper sus marchitas esperanzas.

Los sueños rotos volaban a su alrededor, viajes lejanos, risas furtivas, almuerzos juntos, salidas al teatro. Él le juraba amor eterno, ella creía su cuento. Él le prometía el cielo y las estrellas, ella sonreía gustosa en medio de una felicidad agonizante. Se presentaba en público a su lado, e incluso le tomaba de la mano, sus allegados conocían que aquellas sonrisas magníficas tenían nombre y apellido. Muchos imaginaba el final de aquella historia, y pocos se atrevían a comentarlo, mientras ella, ciega de amor no tenía vida para nadie que no fuese él.

Pero el tiempo es justo y sabe apremiar. Las calamidades no tardan en llegar, y sobre todo la felicidad pintada sobre una fina cartulina a punto de quebrarse, es como la leña al fuego, se consume con rapidez dejando cenizas a encuentro.

Le prometió que volvería, y ella, entristecida, se aferró con ansias a sus palabras. Esperó cada segundo una carta que jamás llegó a escribirse. Con demora,  arribó junto a su amada, quien consumida en la soledad lo estrechó en brazos esperando olvidar pronto el tiempo perdido. Pero no fue así, las actitudes mostradas por él no hacían más que generar desconfianza,  y esa desconfianza se convertía en temor. Un miedo constante que se alimentaba de gestos dañinos que poco a poco calcinaban el alma de Elisa. Le podía dar todo, arrastrarse a sus pies, entregarle su alma, su dignidad, lo que le pidiera, era capaz de todo por él. Por el amor más intenso y puro que había latido en su corazón, por el que sus sentidos desbordaban pasión, por quien la vida dejaba de ser vida, por quien el amor era más que un sentimiento, que una pasión.

Entonces la resolución la dejó sin palabras, le arrebataron la voluntad. Sin nada más por hacer, engañada y humillada hasta la exasperación, corrió huyendo de su destino roto, buscando engañar al mundo que la había engañado a ella. Se refugió en un mar de recuerdos que poco a poco se secaban en el ardor, mientras la esperanza se agotaba sin encontrar un punto de regreso. Elisa perdió su alma, vendiéndola a su verdugo, quien sin la menor consideración la introdujo en las sombras, de donde nunca consiguió salir. Donde las mentiras le robaron su blando corazón.

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