Valentino y Emilie

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Valentino y Emilie

    La oscuridad implacable llegaba para apostarse en cada pequeño rincón del desolado salón dorado. Antes,  los brillos y el esplendor causaban sorpresa a cuanto lo admirara, ahora,  las viejas paredes de diamante se opacaban por el polvo de los años, por el desuso, por el olvido de sus ocupantes. La tristeza se había instalado en el pequeño palacio. La neblina se arremolinaba en sus estrechos pasillos, mientras un llanto incesante cubría los pisos de un amor perdido.

Valentino vagaba por las sombras, sin un rumbo fijo, su cuerpo desgarbado ya no conserva el vigor y la fuerza que en otro tiempo poseía, de sus ojos escapaba la belleza, de sus manos el poder, de su pecho el sentido de su vida.

Cada noche resultaba igual, rondaba sin saber adónde ir, su voz en ligeros murmullos proyectaba el nombre de su desgracia. “Emilie, Emilie” se repetía una y otra vez para sí mismo. Cuanto intentó luchar él para recuperarla, para no dejarla ir. Pero una extraña pasión desconocida cubrió los ojos de su amada, quien determinada a dejarlo, huyó sin mediar explicación alguna. Sumiendo en un profundo dolor al joven, desterrándolo del amor, obligándolo a esconderse en la penuria de su desgracia.

Y es que no podía imaginarse un amor tan eterno, tan sublime. Valentino respiraba por ella, comía por ella e incluso vivía por ella. Volcaba sus infinitas atenciones en Emilie, la amó como nunca llegaría a amar nadie en el mundo. La simple mención de su nombre le producía un sobresalto en el pecho que por poca acababa por matarlo definitivamente. Pero ella se había ido, prefirió escapar dejándolo a merced del destino.

Cuan cruel era aquella decisión. Él conmovido y loco de amor, casi acaba por arrancarse el corazón, desesperanzado olvidaba que sentido podía tener  continuar con su miserable existencia. Incluso en la soledad,  no dejaba de pensar en ella, en sus ojos marrones, en su cabello oscuro, en su piel bronceada… Cuanto daría por tenerla una vez más a su lado, por disfrutar del aroma de sus besos, de sus labios tibios, de una caricia leve, de un te amo nuevamente.  Quiso recuperarla, pero sus desesperados intentos se toparon con un muro inquebrantable de frialdad, fue entonces cuando su espíritu se rompió, su alma ya no tenía fuerzas para continuar, no soportaba el rechazo que el ser que amaba le otorgaba con absoluta crueldad.

Ansiaba rodearla con sus brazos, recibir su amor, sentirla incondicional a su lado, huir juntos para no permitir que nadie los volviera a separar. Y se dice que los hombres son sólidos como roca, pero él se desmoronó, se vino abajo sin conseguir evitarlo. Lloró noches enteras, otras tantas no conseguía si quiera dormir, mientras el recuerdo incesante de Emilie lo perseguía, atormentándolo, sumiéndolo en el más oscuro paraje, consumido de dolor.

Que injusto resultaba amar, entregarlo todo, vivir apasionadamente….Solo para recibir una herida mortal proferida por las manos que tanto anhelaba. Una herida que lo abrumaba en los días, y lo mataba por las noches. “!Oh, Emilie!, ¿Cómo has podido dejarme moribundo? ¿Cómo triunfaste a mofarte de mí y mis sentimientos puros?” se repetía incansablemente en busca de una respuesta que jamás llegaba.

Llegó el punto en el que el dolor se volvió insoportable, no podía por menos desear de sentir, pero cuanto más deseaba ser una piedra más se empecinaba su corazón en mostrarle el recuerdo de ella. Se despertaba ardiendo en fiebre y entonces la veía, le susurraba un te amo y volvía a caer en el delirio. Otras veces no tenía tanta suerte, otras veces se burlaba de él, se negaba a mirarlo y aquello acababa por hacerle perder la consciencia. El paso del tiempo perdió su importancia, daba lo mismo estar años o siglos allí, Emilie nunca volvería. La crueldad que su amor le regalaba era lo que tenía a Valentino al borde de la muerte o la  locura, no concebía como podía dejarlo así, luego de tantas promesas de amor, de tantas sonrisas, de tardes juntos, de las pasiones que los envolvían…Y entonces, caía presa del pánico, deseando arrancarse los ojos para no volver a llorar por ella.

Seco como una hoja de otoño, esperaba la venida de la oscuridad, aquella que lo envolvería arrebatándole el sufrimiento que tanto mal le había hecho. Entonces, unos pasos sonaron a la distancia. Valentino con las mejillas en carne viva alzó la vista para toparse con la imagen de un ángel. Era ella, su amor y quien lo condenó. Unas lágrimas se asomaron en sus tristes ojos, se arrodilló ante él, estrechándolo contra su pecho. Entonces vio el dolor vivo en su interior, quemándolo, con el miedo latente, con la angustia de verla marcharse de nuevo.

-¡Oh amor mío! – dijo ella con delicada voz a la vez que secaba sus lágrimas con el vestido negro – Cuan tonta he sido, ¿Cómo no pude apreciar la belleza de vuestra alma? La pureza con la me quisiste,  el amor desinteresado que me entregaste… – ahogó un sollozo – ahora que cerca de tu partida, cómo podría demostrar lo arrepentida que me encuentro. ¿Cómo pudo tomarme tanto tiempo abrir los ojos y encontrar que no amo a más nadie que no seáis vos? No me abandones por favor, perdóname, heme ante ti con el alma rota al ser testigo de cuanto sufrimiento te ha causado mi tontería. Si hubiese estado al tanto de vuestro dolor no lo habría pensado, correría a tus brazos desde el mismo instante en que me fui…

Valentino creía estar muerto. Solo en el hades Emilie podría ser tan bondadosa con él, solo en la muerte su sueño podría cobrar vida de manera tan sublime como la imagen que su corazón destruido lograba observar. Pero aún sentía dolor, y sobre todo miedo, un miedo terrible porque todo aquello fuera un cruel sueño, un delirio más…

-Perdonadme te lo suplico – le pidió ella con sinceridad – he venido por ti, a no dejarte jamás, he decidido luchar porque mi vida sin ti no es vida. Porque mis fuerzas están contigo, porque eres el amor de mis sueños, el dueño de mis suspiros…

Un impulso se apoderó del desgastado cuerpo de Valentino, quien haciendo uso de las pocas fuerzas que le sobraban se inclinó hasta conseguir sus labios. Y solo besándola descubrió que podría pasar a la eternidad junto a ella. Que sus almas estaban destinadas a estar juntas desde la primera vez que se vieron, y que no existía nada poderoso en el mundo para separarlos de nuevo.

Las promesas se consumaron, Emilie jamás fue tan feliz,  jamás pensó en la dicha que sentiría al redimir sus errores, y desde entonces luchó con toda su alma para hacer feliz al hombre al que tanto debía, al dueño de su corazón. Mientras él, sanó las heridas y no dejó que el dolor tocara nuevamente su corazón.

 

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2 respuestas a Valentino y Emilie

  1. davidovich64 dijo:

    Me ha gustado mucho. Sigue escribiendo por favor. Me gusta levantarme el domingo con estas historias.

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