Destino incierto

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Destino incierto

     Un halo de luz brillaba a la distancia perdida. Las estrellas moribundas ya no lucían su esplendor acostumbrado. La oscuridad siniestra se abría paso por medio de los barrotes oxidados, mientras el alma rota de Elena se aferraba con desespero a sus últimos suspiros. Un sonido constante, desgarrador y agotador cubría la diminuta celda donde ahora se hallaba presa, unas gruesas cadenas se agarraban a sus delgados tobillos, mientras un cubo de agua podrida la llamaba a gritos en la esquina contraria.

La luz era lo único en que se permitía pensar. Los terribles recuerdos ya no servían más que para envenenarla lentamente. Su pecho, oprimido por el dolor, susurraba canciones tristes en medio de la melancolía.

La belleza se marchita a su paso, recluida en semejante sufrimiento. ¿Cómo no podían apreciar espíritu tan libre y puro? Aún no lo sabía, ¿Cómo su felicidad se había transformado en desgracia? Solo existía un responsable. El hombre que le dio y le quitó todo a su vez. Quien con manos de seda le prometió una vida de esmeraldas y sonrisas, engatusándola por medio de promesas fingidas, hasta desterrarla a la muerte inconclusa, en la que su cuerpo ya no le pertenecía, en la que el olvido se retrasaba para hundir un filoso puñal en su vientre.

Que hicieran lo que quisieran con ella, ya nada importaba… las sombras llegaron para sumergirse en su centro y de allí nunca escaparían. Tantos besos y caricias que ahora parecían hiel corriendo en sus venas, tantas alegrías que ahora se disipaban en el viento sin sentido alguno. Cuanto había confiado, cuanta vida le había regalado, solo para recibir la oscuridad del ser que tanto amaba.

Él,  luminoso,  realmente no era el mejor candidato, el más brillante ni el más apuesto, pero ella loca de amor pasó todo por alto dejándose llevar por el frenesí de la pasión. Lo tenía todo para ser feliz, una vida tranquila, un ardor desbocado a la naturaleza, una belleza cautivadora… Porque nadie se atrevería a discutir la belleza y finura de la que era poseedora. Una larga cabellera dorada, unos ojos verdes brillosos ante el sol, unos labios rosados hechos para besar, y una delicada figura que le otorgaba cierta fragilidad encantadora a la vista de cualquiera.

Porque cualquier hombre habría dado la vida por ella, habrían dado hasta lo que no poseían para hacerla feliz.

Pero el destino es cruel con aquellos que poseen tanta vida, y la obligó a fijarse en quien, con el tiempo,  se convertiría en su verdugo. Él, tonto e ingenuo, no supo apreciar el dulce y delicado aura de aquella encantadora mujer, y aferrado al capricho de poseer tan hermosa joya,  se lanzó a aguas profundas en busca del preciado tesoro.

Si bien logró conseguir su cometido, ella lo sorprendió con dotes y cualidades inimaginables, no podía concebir tanta perfección en un solo bien. Tal vez en algún momento llegó a amarla, pero jamás se ganó el derecho de poseerla, ni hizo justicia a toda la dicha que ella le regaló sin el menor interés. Sin riqueza alguna, no podía ofrecerle más que un amor fingido, promesas incumplidas y largas noches de insomnio repletas de lágrimas amargas.

Elena que lo dio todo, que dejó que él se convirtiera en su vida, salió perdiendo en la partida. Pues un día sin previo aviso, él, cansado, optó por abandonarla a su suerte, dejándola desdichada con un corazón roto a merced de los cazadores. Ahora solitaria, con la vida hecha trizas, enferma de dolor, fue encerrada en la torre más alta del palacio donde yacería cautiva hasta el final de sus días.

Y cuanto escapaba la vida de sus manos, cuantos no habían intentado volverla a conquistar, pero con un corazón moribundo ya no podría amar de nuevo, se había olvidado de reír,  ya no era capaz de sentir… de vivir…

Pero a él le fue peor. Con el tiempo se dio cuenta de que sin ella el aire no era igual, la risa no era la misma, algo faltaba. Un enorme agujero se abrió en su pecho, mostrándole cuan infeliz era por haberla dejado ir, y cuando intento recuperarla se dio cuenta de que no era ella, se había perdido en el sufrimiento, había caído dormida en un dolor profundo del que la heridas abiertas no logran cerrarse. Y sobre todo se topó con un muro infranqueable de odio, un muro que ni con todo el amor de su alma podría derrumbar… Y fue él quien se perdió entre recuerdos, entre la miseria, ya nunca volvería a ser amado, ya nunca sería correspondido… la cenizas de su alma fueron barridas por el viento, y tras muchas noches amargas su cuerpo fue recibido por un intenso dolor del que nunca consiguió escapatoria.

Con la primavera el dolor no se fue, Elena continuaba sumergida en pozos de profunda tristeza. Luego el verano y el otoño siguieron con la fuerza acostumbrada arrastrando verdaderas lágrimas. Entonces con la llegada del invierno el corazón de Elena despertó. Ya no sería el mismo, tal vez nunca volviera a sentir amor, pero recobró una parte en su interior que le otorgó una calma profunda, una serenidad hermosa en que la decidió acomodarse por miedo a sufrir otro derrumbe. Ya no recordaba los meses pasados, aunque el dolor siguiera allí acomodado en su pecho no le daba tiempo para renacer, era ella quien tenía que renacer, resurgir de la angustia, recuperar su vitalidad y la felicidad que antes poseía.

Y si el dolor no acabó por matarla fue por obsequiarle una belleza verdaderamente inmortal, imperecedera, de la que muchos quedaron prendados y enloquecidos…Y cuando él volvió a verla, no pudo más que recordar el pasado, llorar como no lo había hecho jamás y lamentarse por el peor error de su vida, pues sin más que decir había dejado escapar el amor de su vida por una tontería que jamás llegaría a perdonarse…

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Una respuesta a Destino incierto

  1. Hola, he nominado tu blog para un premio. No tienes que seguir la cadena si no te apetece, como es lógico. Un saludo.

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