Batallas libradas

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Batallas libradas

Las hojas amarillentas se acumulaban por el claro desolado. Las nubes amenazaban con una ligera llovizna de otoño, mientras el sol luchaba por abrirse paso en medio de un cielo gris. Darío abandonaba su espada en el monte húmedo, cansado, se quitaba el yelmo y la coraza del pecho. Sus hombros fornidos destacaban bajo la suave camisa de lino, mientras el cabello rubio caía en una coleta a lo largo de su nuca.

Llevaba las manos ensangrentadas y el corazón palpitante a desbordar. Era el final de la guerra, luchar o darse por vencido. Ya no recordaba cuantos habían muerto bajo el filo de su espada, ni cuantas flechas logró esquivar con absoluta presteza, solo era consciente del dolor que emanaba en su costado derecho. Una daga de punta cuadrada dio justo en el punto débil, descubriendo una vieja herida que volvió a abrirse,  en cuanto su adversario rosó con rapidez aquella delicada carne se abrió desbordando sangre.

Se recostó en silencio, parecía venir a su cabeza el rostro de su madre, el de su padre y el de una mujer de grandes ojos verdes. ¿Cómo era que los había perdido tan rápidamente? Sus sentidos embotados divagaban en medio de la poca cordura que le sobraba. No era más que un cobarde, un caprichoso, que creyó perseguir el sueño de convertirse en caballero partiendo a una guerra desde un inicio perdida. Jamás se perdonaría el daño que le causo a quienes amaba profundamente, la decepción marcada en el rostro de su padre, la angustia marcada en los abrazos desesperados de su madre, y sobre todo, los besos suplicantes que Victoria le regaló poco antes de partir.

Era ella quien más lo mortificaba. Se sentía culpable, la bella Victoria quien volcó todo su amor y dulzura en un corazón incapaz de devolverle tanta añoranza. No merecía piedad, la entusiasmó, le prometió cielos y castillos, la enamoró, y se fue dejándola a merced del destino, de la soledad.

Aún en medio del delirio no entendía que le había visto a él. Tan desgarbado y pobre, sin nada para ofrecerle. Mientras ella, bella e inteligente, hija de una buena familia, le tendió su cariño sin esperar nada a cambio, y él la abandonó para que los lobos hambrientos degustaran de su carne. Profiriéndole un dolor casi insoportable a su tierno corazón. Porque pretendientes le sobraban, ricos, apuestos e inteligentes, sin embargo, ignoró todo aquello, desechando la banalidad que movía a la mayoría de las mujeres, se entregó sin esperar nada a cambio, más que le amor prometido.

Pero Darío le falló. Huyó sin darle mayores explicaciones. Deseaba ver el mundo, conocer la guerra, ver otras mujeres, por lo que tomó un pequeño baúl y emprendió un viaje para conocerse a sí mismo, y probarse que podía ser un caballero digno de armadura dorada.

Conoció a otras mujeres, muchas quisieron darle amor pero al saber que no tenía nada para ofrecerle lo rechazaban sin pensarlo una vez. Entonces descubrió que muchos sentimientos se mueven por cuanto oro se lleva encima, por cuan apuesto eres o por el rango que obtengas en el ejército. Descubrió que las mujeres eran en su mayoría, seres movidos por el interés, por razones mayores que no se permitían fijar la vista atrás sino en el porvenir. Muchas lo utilizaron, sin que él se diera cuenta siquiera, hasta descubrir el ultraje y la soledad a la que se hallaba sometido.

No contó con lo impávido que podría ser el mundo, ni con lo frívolas que solían ser las mujeres, tampoco con la traición de sus iguales. En un viaje que pretendía conocerse a sí mismo, conoció lo que era sentir amor, y la culpa de renunciar a Victoria cuando más le necesitaba. Jamás había besado labios tan tiernos, ni aspirado un aroma tan dulce, ni recibido las atenciones que sus frágiles manos le regalaron durante varios años. No podría perdonarse el haber huido así, de seguro ella consiguió olvidarlo, lo sepultó en medio de recuerdos y se desposó con un acaudalado hombre que pudiera merecer su amor.

Que cobardía, ya nunca le diría te amo, tanto que la privó de estos cuando su pecho luchaba por demostrarlos. Pero se arrepentía, moribundo y solo, solo se permitía pensar en lo testarudo que fue, y en lo insignificante que era su vida sin su preciada Victoria, tan dulce, seguro lloraría al saber que nunca volverían a verse. Si pudiera volver el tiempo, si pudiera tomarla en sus brazos y llevarla consigo, entonces podría demostrarle cuanto la amaba, cerrar sus heridas juntos y mirar al porvenir…

Ya no servía reprocharse su actuación, el daño estaba hecho, y probablemente fuese irreparable. Un alma pura y transparente le había tendido los brazos que el rechazó, sumergiéndose en un pozo hondo de miseria y angustia.

Las gotas de lluvia empezaron a descender con lentitud, poco a poco, hasta convertirse en un sonar constante. El agua transportaba las penas del joven soldado, quien desalmado sentía que la fuerzas le fallaban para continuar.

Pero las almas nacen para ser encontradas, y tal vez la suya mereciera hundirse en soledad, sin embargo no podía evocar recuerdos dolorosos, ni imaginar a su amor en brazos de otro.

Pero algo cambió, no era ya el mismo niño que había sido. Era un hombre, y aunque le costara la vida intentaría recuperar su felicidad. Se levantó, tomó su espada y decidió marcharse. No había guerra que no valiera la pena, era el hombre quien libraba las batallas, y cuanto más duro se esforzara de seguro recuperaría lo que tanto amaba.

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