La hija de la luna

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I PARTE

    El cielo oscuro, imponente, se hallaba salpicado por diminutas motas blancas que brillaban en lo alto. En el centro, la luna plateada se posaba derrochando lujuria y esplendor. Que adoración tan grande sentía Alejandro al vislumbrar por las ventanas la negra noche. Eran aquellos sus momentos favoritos del día, cuando el sol se escondía lentamente, con la suavidad y armonía de la vida,  para luego ver el cielo dar inicio al sorprende milagro de la noche. Cuando sus sueños parecían cobrar vida, los miedos le rehuían, mientras en su interior una chispa se encendía. La felicidad lo hacía flotar en la penumbra de la habitación, donde sabía que en pocas horas el encuentro de su vida llegaría.

Se vistió con la prisa de un chico de su edad. Unos pantalones caqui y una camisa gastada de lino blanco, intentó cepillarse la maraña de pelo negro en vano, luego cogió el pequeño bolso de la suerte con un par de bocadillos y una botella de agua dentro.

Camino a tientas por el laberinto de calles desiertas que se extendía en la misteriosa ciudad, siempre bajo el manto de la luna. Dio vuelta a la esquina y subió por una pared medio derrumbada por los años, corrió cuesta abajo sin perderse entre las sombras, el silencio absorbía el eco  de sus pasos.  Se adentró en el pequeño bosque,  los animalillos se escondían a su encuentro, temerosos por su presencia.

Los árboles poco a poco le cedían el paso mientras el camino se inclinaba cortándole la respiración. Se escondió detrás de un par de arbustos a la espera de la preciada imagen. Llegaba con antelación, quizá una hora antes, pero la recompensa bien lo valía. No le importaba esperar meses o años allí, tendido sobre las hojas secas entre la maleza espesa, bajo el canto de los búhos, con la incertidumbre adormecida en el pecho. Sacó  un bocadillo y lo mordisqueó, luego tomó la botella y dio un largo sorbo de agua, se sentía por completo satisfecho, esa noche de seguro si lo lograría, era el momento para alcanzar su misión, esta vez no podía fallar.

El instante preciado  llegó. La danza maravillosa de una hermosa criatura se hizo ver en el claro, los haces de luz le iluminaban el delicado cuerpo ataviado por un inmaculado vestido blanco, el cabello plateado le caía en cascada hasta las rodillas delgadas, mientras sus enormes ojos grises vagaban danzantes sin posarse en ningún lugar específico. Era la hija de la luna, quien todos los viernes de cada semana se pasaba en aquel claro, se bañaba a luz de su madre y luego danzaba incesante sobre la hierba seca, para por último perderse entre la espesura del bosque.

Alejandro la observaba anhelante, las ondulaciones de su cabello a cada paso le desbocaban el corazón en un ritmo apasionado, la forma de su cuerpo bailaba con la gracia y la elegancia que solo la diosa del amor podría imitar, sus manos, etéreas y de porcelana se movían con delicadeza, era la escena soñada para cualquier pintor, era el momento cumbre de su vida.

Deseaba tomar la acuarela y el lienzo, que sus dedos trazaran finas líneas describiendo el baile de aquella diosa celestial, con pasos andantes sobre la hierba y el rocío de la noche. Por otro lado, deseaba correr hasta su lugar, tomar en brazos y raptarla con la fuerza brutal de un Aquiles, amarla hasta que el cuerpo se le secara, hasta que sus labios no pudieran más.

El impulso lo llevó a moverse entre los matorrales, por un instante permaneció inmóvil,  el baile cesó, y la criatura quedó inmóvil en medio del prado, con el blanco vestido ondeando. Contuvo la respiración, un silencio sepulcral le martilleaba los oídos, se abalanzó sobre ella cual niño intenta atrapar un soplo de viento. Y como los niños, descubrió que sus manos estaban vacías. Con el rostro cubierto de tierra y la cabeza entumecida buscó con desesperación la divina imagen perdida, se levantó confundido pensando en el maravilloso sueño de segundos atrás, su amada musa desapareció, sin dejar huella, como si nunca hubiese estado allí, como si su cuerpo danzante no le invocaba las peores torturas al pobre Alejandro.

Cabizbajo tomó su mochila y dio una última mirada antes de partir. Quizá su ridículo atrevimiento la había espantado para siempre, quizá no volviera a presentarse allí luego del susto que le regaló… Quizá su sueño terminaría y sus lienzos permanecerían blancos en su marchita memoria.

Entró sin encender las luces y se tumbó en la cama en silencio. Observaba la cálida luna a través de los cristales sucios de su ventana. La cabeza le daba vueltas, en su interior la diosa danzante permanecía en movimiento, a la espera…

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Una respuesta a La hija de la luna

  1. alicetonks20 dijo:

    Me ha atrapado por completo!

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