Vicios predilectos

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Vicios predilectos

     La luna se asomaba ligera  por la rendija de la ventana entreabierta, mostrando su ímpetu y esplendor a todos quienes quisieran regodearse de su belleza  aquella noche veraniega. Adelaïda abrumada por el bullicio deseaba salir al aire libre y dejar que el viento fresco le diera a la cara. Hacía poco que no compartía en reuniones sociales, aunque generalmente se aburría, siempre se mostraba divertida y amable ante los desenfrenos de quienes le rodeaban.

Detestaba la música estrepitosa, los bailes escandalosos, aquellas damas ataviadas de extravagantes vestidos fumando y mostrándose atrevidas, los censuraba por completo sin decir nada, su cabeza estaba envuelta en una espesa bruma, de la que sabía jamás lograría salir. El mundo era otro. La gente cambiaba conforme los nuevos adelantos se introducían en la sociedad, el recato y la decencia no eran más que simples conceptos abandonados a su suerte.

Le ofrecieron una copa de vino que aceptó gustosa deseando despejar sus pensamientos. Las risas sarcásticas, el parloteo sin cesar, los juegos mundanos y el humo del cigarrillo, por momentos le hacían olvidar su verdadera esencia. Al menos un grupo selecto de quienes se encontraban allí eran sus amigos, o así los llamaba ella. Sabía que podía contar con ellos, aunque de a momentos tropezaba con denominado grupo de personas por el que solo alcanzaba a sentir repulsión y vergüenza, y pensar que en algún momento imaginó que aquellas depravadas mujeres fueron sus amigas.

Eran dos, a las que recientemente se les unió una tercera integrante, igual de mezquina que ellas. Y sin duda, los acompañaba en todo momento  su “fiel amigo”, Dalid, un hombre de raras costumbres aficionado a la ópera, de actitud amanerada y gustos desusados. Como el insipiente arrastrado que acostumbraba a querer ser amigo de todos y al final lo era de ninguno. La principal era Oleana, una mujer de tez oscura, ojos de víbora y contextura gruesa. Creía ser la sensación, cuando realmente sin ella darse cuenta la gente huía de su presencia. Si existe una definición para la maldad, Oleana era su mejor representación, dañina y maligna, siempre con el descaro deformándole los labios, siempre con el rencor asomado en sus pupilas. Imaginaba poseer una belleza única que solo ella era capaz de observar, sin darse cuenta de lo abandonada que se hallaba en la vida. Solía usar como títeres de feria a sus dos acompañantes, Bernarda, de enormes pechos,  y María, de acento vulgar. Ambas solo representaban parte de su pantomima, los perros falderos que caminaban siempre a su lado cual séquito fiel.

La fiesta era una tortura para el pequeño grupo, quienes con mesurado interés intentaban en vano incorporarse a la celebración. Un baile o dos como mucho era lo que los pobres comensales se atrevían a invitar a Oleana, quien ahogada en rencor no hallaba manera de salir de su profundo pesar. El odio y el desprecio marcaban su rostro, la amargura era evidente. Quiso refugiarse en su insípido amigo, Dalid, quien cegado por la adrenalina del momento quiso asumir la escasa hombría que poseía y se lanzó con evidente malhumor hacia donde se encontraba el grupo de Adelaïda.

Ella, con Sir Thomas, Valentino y un par de damas más no esperaba el ataque de palabras del cual fueron víctimas. Desde luego, el incoherente de Dalid llevaba más vino encima de lo necesario, y era obvio el poco control sobre sí mismo que tenía. Tal vez no sea necesario relatar la sarta de barbaridades y el ridículo que el pobre desquiciado pasó,  vale decir que su cólera no tenía principio y menos final. Oleana avergonzada quiso retirarse de inmediato, no poseía un gran genio como para enfrentar la situación, llamó a su séquito personal en busca de una venganza que compensara su terrible humillación.

Poco antes de partir, la amargada mujer cayó de rodillas al tropezar con un escalón. Sus facciones se deformaron bajo la máscara del odio, mientras María y Bernarda intentaban apaciguar su calcinada alma.

Nada quedaba de pureza o bondad en aquellos cuerpos rotos, la envidia y la sed de poder habían nublado el poco raciocinio que estos albergaban. Y como el mal nunca triunfa, no hicieron más que pagar el daño cometido, cada uno a su manera, con pequeñas desgracias o simplemente con las futuras humillaciones de las que serían dueños.

Dalid, Oleana y sus amigos quedaron relegados al olvido, un olvido tan miserable que nunca más se llegó a pronunciar el nombre de estos desgraciados y sus viles vicios. Pero la sed de ganar no es fácil de calmar, y aquellos ojos injuriosos juraron vengarse de quienes según ella creía eran los culpables de su desgracia.

Desde entonces se hundió en un profundo agujero negro, desterrada a la soledad, ningún hombre volvería a verla y sentir una pizca de piedad, nadie la quería cerca, los rayos y nubarrones no se hacían esperar. Así Dalid y Oleana, quedaron unidos en su profunda miseria, abrazando la perversidad.

En un mundo tan endeble, sin leyes reales, los vicios toman parte de los más débiles sujetos, y solo los fuertes pueden resistir la tentación y alejar la villanía y la bajeza  de sus vidas.

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