Dala

Dala

   Dala corría por las calles tropezando con cuanto hallara a su paso. Un sudor frío se deslizaba por su pálida frente, mientras un par de mechones dorados caían sobre su angelical rostro. Las botas atadas hasta lo alto de sus muslos parecían oprimirla en la carrera, mientras su pecho desbocado anhelaba no ser alcanzaba.

Maldiciones soltaban los comerciales tan solo al verla, no era la primera vez que presenciaban  aquella escena, cansados de la grotesca mujer en el fondo deseaban que la apresaran, así librarse de una vez de su detestada presencia.

Ella no era como las otras mujeres en definitiva, detestaba aquellos vestidos repletos de encaje y los elaborados peinados que tanto presumían las damas de su época, ella había nacido para la acción, la aventura, no para sentarse a tejer y servir a los hombres. No conocía de cortesías, ni de aquellas bellas palabras con que las mujeres solían adornar las mentiras, prefería abordar el tema sin irse de las ramas, enfrentarse a la verdad sin necesidad de maquillaje. Su padre la regañaba constantemente de niña, pero al ver que la joven amazona no cedería ante muñecas y encantos se dejó llevar por la magia de su pequeña hija, el mejor jinete de la ciudad entera, la más rápida y escurridiza.

Hacía poco menos de tres años su familia quedó en la quiebra, los campos fueron decomisados por el rey y ellos arrojados al destierro, muriendo así la esperanza de conseguirle un buen esposo. Desde entonces Dala se convirtió en el sostén de su padre, en una criminal que robaba para mantenerse con vida, al tiempo que, lo poco que conseguía hurtar lo repartía entre aquellos miserables que vivían en el viejo bosque junto a ella. Abandonó los viejos vestidos de tela suave, para dar paso a unos pantalones de cuero y sus apreciadas botas, ya no existía excusa para apresar sus bellos rizos dorados, podía ser tan libre como se le antojara, a un muy alto precio.

Casi llegaba al final del callejón, a lo lejos alcanzaba a vislumbrar el espesor verdoso de los árboles fundiéndose en el horizonte. El alivio por fin llegó a su alma, conseguía escapar nuevamente. Cada día resultaba más difícil hacerse con una bolsa oro o unas cuantas barras de pan. La cacería satisfacía el hambre durante algún tiempo, pero los inviernos eran duros y mantenía la esperanza de llevar a su padre a un lugar más cómodo donde resguardarse.

La brisa jovial le acariciaba el rostro mientras aminoraba la marcha, una pequeña bolsa de monedas colgaba al cinto junto su viejo puñal, y a la espalda un macuto con algo de trigo y verduras frescas. Sería cuestión de llegar al claro, donde se alzaba su pequeña cabaña y preparar una cena caliente, entonces podría ir a llevarle algo a los que no disponían de tanta suerte como ella.

De la nada unas manos fuertes aferraron sus brazos inmovilizándola, una capucha cubrió su vista y un golpe seco en la cabeza la hizo escupir sangre casi hasta perder el conocimiento. Pataleo y lanzó golpes a ciega sin dar en ningún blanco, su cuerpo se estremecía bajo el peso de su oponente mientras intentaba con desespero alcanzar el cuchillo de su cinturón.

La desesperación la hacía perder el control, no era una niña débil que se sometía a los deseos de nadie, lucharía hasta escapar o moriría en el intento. La arrastraron hasta las sombras sin ella poder evitarlo, la sangre se agolpaba en su cabeza y una rabia incesante comenzaba a brotar de su interior. Unos labios se pegaron a su oído, intento morder a su adversario, pero este, divertido se limitó a soltar una sonora carcajada.

La venda cayó permitiéndole observar con detenimiento. Se hallaba en una especie de taberna deshabitada, muy vieja repleta de telarañas y añejados barriles de cervezas. Un hombre alto de brazos fuertes y ojos azules la observaba en absoluto silencio. Ella forcejeaba las ataduras de sus muñecas.

Él se acercó con una sonrisa pintada, sus dientes eran perfectamente blancos y sus labios increíblemente atractivos. Soltó las ataduras de su hermosa cautiva al tiempo que ella lanzaba un puño en la cara. Ni si quiera ocasiono un mínimo daño, la brutal fuerza del hombre debía ser un aviso si pretendía escapar por la fuerza, nada bueno podía resultar.

-¡Vaya! Veo que alguien no se encuentra de muy buen humor este día – manifestó él con voz profunda – Tal vez no he sido muy cortes, lamento el golpe que te ocasioné pero bien lo has cobrado, “ojo por ojo” veo que clase de filosofía aplicas – se llevó una mano a su cabello castaño al tiempo que volvía a sonreír – Mi nombre es Dante, y deberíais estar un poco agradecida, te salvé de los guardias – ella lo miraba atónita – los he desviado de vuestro camino, así que: fue un placer bella dama.

Dala lo observaba casi aturdida, no comprendía por qué apresarla para liberarla y tener retenida.

-Entonces, ¿Me puedo marchar?

-Oh no, nada de eso – respondió al tiempo que tomaba una manzana y se la llevaba a la boca – ahora eres mía – dijo lo último con un brillo desquiciado en los ojos.

Ella bufó sarcásticamente, juró que nadie podría creerse su dueño, por eso no se casaría jamás, los hombres solo atraían problemas y ella no quería nada en serio con ninguno de ellos.

-Te equivocas, no tengo dueño y no pertenezco a nadie. No soy un perro del que te podéis hacer propietario.

Hizo ademán de marcharse pero él la detuvo aproximándola hacia sí, con su rostro a un palmo del de ella, quien desvió la vista rápidamente presa de los nervios.

-No eres una mercancía evidentemente, pero después de que te proponga unirte a mi compañía sin duda desearás ser mía… – pronunció lentamente las palabras dejando que su aliento fresco le diera en la cara – puedo darte todo el oro que desees, si aceptas trabajar para mí. Posees las cualidades necesarias, eres fría y rápida, nada te hace temblar, cual corsario en el mar podrías saquear docenas de barcos y hacerte más rica que el mismísimo rey…

Dala dudó ante tan tentativa opción, pero Dante era un extraño, podría mentirle, tenderle una trampa, además debía cuidar a su padre y a los indefensos del bosque, aunque de contar con oro podría asegurarse de que nunca les faltara alimento.

-Te aseguro que vuestro padre podrá mantenerse ocupado y seguro durante tus días de ausencia… mantendrás cartas con él y le enviarás todo el botín que desees. Nuestra compañía ofrece todos tus sueños al alcance de tu trabajo, no hay noches de frío ni a la intemperie, ¿qué dices? ….. ¿Aceptas?

Dala observó la mano que el apuesto joven le tendía, la desconfianza el temor parecían esfumarse… aventuras y oro, ¿Qué más necesitaba en la vida?

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2 respuestas a Dala

  1. Maritere Iglesias dijo:

    y que pasó después? Es el final de la historia?

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