Brevedad de lo eterno

IMG_0842

Brevedad de lo eterno

     El cuarto se hallaba en absoluta oscuridad. Un haz de luz se colaba por la ventana cerrada marcando la suciedad que invadía la pequeña alcoba. El eco de las pisadas  parecía amortiguar el ensordecedor silencio.

Los muebles invadidos por capas de polvo sollozaban en tan inmerecida soledad. Los    cuadros se hallaban ligeramente gastados, los antepasados asomaban sus galantes vestidos lujosos para una época de mayor suntuosidad.

La elegancia, la comodidad, la riqueza… nada de eso importaba, hasta el diamante más brillante había perdido importancia ante el inmenso valor de la vida. La enfermedad, implacable,  llegó a instalarse en aquellas paredes,  donde las velas extinguieron su luz, acomodándose en las poltronas finas y acolchadas, desligando una felicidad ocasional, mezclando la ironía y la ambigüedad en intensas emociones, carentes de simbolismo alguno.

Alberto yacía inmóvil sobre el suelo frío. Observaba el caer de las gotas a través de la enorme puerta de cristal, la melodía constante del viento acompañaba sus desvariados pensamientos. En algún momento el sol se asomaría en el horizonte atrayendo nuevas preocupaciones y angustias. Su dorado cabello ahora parecía un manojo de paja gris, sus ojos eran contorno de grandes ojeras, mientras sus brazos habían perdido fuerza y vigor que otrora poseía.

Un gemido distante lo despertó de su ensimismamiento, se levantó de prisa, corriendo hasta la cocina por un poco de agua fresca y una lámpara de aceite. Pronto alcanzó aquella habitación, de paredes blancas y suaves cortinas color crema, una enorme biblioteca de roble se alzaba junto a la puerta, en el centro, se posaba un lecho dorado decorado por la figura de un sutil ángel en el borde y la cabecera. Allí descansaba enfebrecida una dulce muchacha de escasos veinte años.

Se acercó silencioso,  colocando la lámpara sobre la mesa de mármol, humedeció sus labios con cuidado observando su rostro pálido. Ardía en fiebre, no pudo contener una lágrima que esparció sobre ella, casi imperceptible que  ella no pudo pasar por alto.

Louise, su delicada niña, su felicidad, la dueña de sus sonrisas, la mujer más bella que sus ojos hayan podido admirar, poseedora de un encanto natural, una sonrisa llena de magia, unos labios nacidos para ser amados, su hechicera…

Con tan solo quince años contaba cuando se convirtió en el mundo para él. Un joven de infantería de buena familia no podía por menos sentirse atraído a una hermosa muchacha hija de un conde. Todas las reglas sociales le separaban por tan inmerecida condición,  excepto una, el inmenso amor que sintió cuando tan solo esta le dirigió la primera sonrisa y frase, que desde entonces marcarían su vida. Desde ese breve segundo se propuso amarla sin importar excusa o impedimento, sus largos rizos negros como la noche serían para siempre el anhelo de sus sueños.

Alberto, joven e inexperto, quiso optar por un cargo mayor, poco conocía de que el dinero es quien dicta las leyes del mundo, hasta que se topó con el implacable conde. Pronto descubrió que algunas cartas y monedas en el bolsillo eran suficiente para acabar con la felicidad de quien cortejaba a su única hija. Las puertas se le cerraron de golpe, no hallaba salida, hundido en la pobreza, sin un cobre, y además en absoluta soledad.

Pero el despecho inmenso lejos de alejarlo de Louise lo impulsó a visitarla a menudo, se dedicó a laborar en una pequeña taberna de la ciudad, donde sus propinas eran de utilidad para adquirir los mejores lirios a gusto de su bella amada.  Y así hallaba la manera de conseguir una hora a su lado casi a diario. Y eran los minutos más felices de su vida, sin importar rango, con ella era de verdad libre, era Alberto el hombre que la amaba, no un militar más, no un simple cantinero, era un caballero sin armadura, cubierto del sincero ímpetu que sentía hacia su bella dama.

El tiempo apremió la secreto pasión que ambos sentían, y  un par de años bastaron.  La muerte del conde le atrajo la oportunidad merecida, y ella, decidida, escapó sin importar nada. Dejó su mansión y vida de lujos, recordó una pequeña cabaña en desuso que su padre solía visitar en los calurosos veranos, lugar que convirtieron en hogar con un poco de recursos.

Cada día atraía mayor felicidad y dicha que el anterior. Alberto trabajaba cerca,  y ella cuidaba de un pequeño huerto que les proporcionaba algunos ingresos. Por las noches se amaban en silencio hasta quedarse dormidos el uno junto al otro, era una vida maravillosa.

Pero entonces el cuento de hadas llegó a su fin. Las tristes condiciones del hogar propinaron a Louise una terrible e irremediable enfermedad. Era invierno cuando cayó en cama, y con  poca esperanza de recuperar su antigua vitalidad. Los exiguos recursos le permitieron consultar la opinión de un médico, quien lejos de ayudarles les auguró malos pasajes y nada bueno en el porvenir.

Él, dedicaba cada instante a cuidar de ella, que con cada movimiento del reloj empeoraba en su lecho. De su garganta escapaba una tos aguda y profunda, de sus ojos rodaban gruesas lágrimas rojizas, de su cuello guindaba un viejo crucifijo incapaz de proporcionarle paz alguna. Sus manos entrelazadas se aferraban incansablemente, sus corazones latían a un ritmo acompasado, mientras sus almas lloraban en silencio.

-Alberto, querido – pronunció la débil voz de la enferma – cuan desmejorado os veo… -hizo una larga pausa – debo tener un… aspecto terrible que os consume por dentro… Pre… preferiría estar sola, morir en paz, sin llevarme la vitalidad de tu cuerpo… tú aún tienes mucho porque luchar, yo… – un ataque violento de tos la hizo detenerse – yo ya – se detuvo nuevamente – yo ya he cumplido la máxima cuota de felicidad… el cielo no puede regalarme una mayor alegría que la de verte librado de mi tormento. ¡No, no! No llores querido mío, yo estoy contenta de saber que dejó un buen hombre que me amó de verdad… – un espasmo le impidió continuar, cerró los ojos esperando que menguara el dolor.

¡Oh, su dulce Louise! Cuanto se reprochaba Alberto el haberla amado, el haberla raptado de donde gozaba de tanta salud. Aquello era su culpa. Por su incapacidad la veía sometida a semejante suplicio, a un dolor constante, a un decaimiento del que nunca recuperaría el vigor.

Por aquellos pasillos donde rondaba la muerte, su dulce amada descansaba, entre suspiros recordaba cada sonrisa suya, cada arrebato de alegría y locura. ¿Cómo podía castigarse por haberla amado como nadie amaría en la vida? No, no podía, era impensable imaginar que los besos y las caricias eran quienes cavaban la tumba de su preciado amor.

-Sonríe Alberto – manifestó ella desde el lecho – no llores mi muerte, celebra mi vida, porque fue mejor de lo que pude aspirar, celebra el amor… Y sé feliz querido mío, como yo lo he sido junto a ti.

La besó en los labios, dejándose llevar por el frenesí de sus bellos ojos, tan verdes, tan sinceros. La besó como nunca había hecho, y como jamás volvería a hacer, luego la estrechó en sus brazos susurrando un leve “te amo” mientras ella exhalaba su último aliento… Y con la brevedad de lo eterno, durmió plácidamente encontrada en los brazos del cielo.

Anuncios
Esta entrada fue publicada en Sin categoría. Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s