Guerra de valentía

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Guerra de valentía

La neblina descendía lentamente desde la montaña. La lluvia cesaba poco a poco, mientras la brisa mecía el canto de un pobre desgraciado. La belleza ahogaba el llanto en el que deseaba sumergirse, mientras unos diminutos rayos de sol se colaban a través de las grandes nubes grises.

Una copa de vino le haría recobrar el calor, su corazón latía desmesuradamente mientras sus ojos vigilaban el horizonte con desmedida ansiedad. Su separación, originada en aquel lejano paraje, le parecía eterna. Mientras, fuera de la carpa esperaba la determinación de su vida.

 

La conoció durante su última contienda,  no era más que una pobre niña desesperada en busca del padre perdido, un padre que jamás apareció. Entonces se encontró con Lucio, quien apenas contaba con dieciséis años y las ansias de una batalla histórica.

-No podéis estar aquí – le susurró llevándola a su tienda – si os ven podrían violarla o quien sabe qué otra cosa.

Y aquella criatura asustadiza se echó a llorar a sus pies, no tenía adonde ir, familia o alguien que pudiera responsabilizarse por ella.

-Me llamo Isabella – le dijo enjugándose los ojos hinchados.

El joven, conmovido,  no le quedó otra opción que tomarla como su protegida. Lo principal era que nadie en el campamento se diera cuenta de su presencia, actuaría como un escudero más, con el cabello muy corto y ropa de hombre. Solo tenía que aprender de la indumentaria, cuestión en la que se volvió diestra con poco tiempo de práctica.

Entre ambos creció una amistad muy noble. Huérfanos, ambos entendían perfectamente lo que significaba no contar con una mano de ayuda. Isabella fue confiando en él, ganándose su aprobación y con los meses su cariño.

El tiempo corría con prisa y la eterna guerra parecía no tener un final. Los años parecían irse como los días. Isabella pronto desarrolló una belleza que resultaba imposible de esconder. Los hombres reconocían su pálido rostro entre los otros miles que se juntaban allí, sus ojos caoba destacaban entre la multitud, mientras su menuda figura atraía hasta los enemigos del rey. Pero, a pesar de su apariencia  femenina, destacaba un rústico carácter adquirido durante aquellos años. Era fuerte y dominaba a la perfección su cuerpo, por lo que muy pocos conseguían acercarse demasiado sin sufrir alguna contusión.

Una tarde, mientras el sol caía tiñendo el rojizo cielo, Lucio entró a la tienda exaltado, llevaba el cabello negro revuelto y el pecho le latía desesperado.

-Me acompañarás a la batalla mañana – manifestó con voz dura – corren rumores de una emboscada, y el primer punto de ataque será el campamento, el rey estará aquí por eso planean sorprender desde atrás.

-Sería absurdo que intentarán dar un golpe aquí – replicó ella sin pizca de sorpresa, conocía de guerra tanto como un hombre – no habrán si quiera un centenar de guardias, debéis avisar.

Él parecía preocupado, daba vueltas en círculo buscando una solución que no conseguía llegar a su cabeza.

-He dado la alerta, pero nadie lo cree – se sentó delirante sobre un cojín de plumas  – dicen que es improbable, pero yo tengo certeza de que no hay otra alternativa, vendrás conmigo.

Isabella no dijo nada en absoluto, no tenía miedo, la guerra solo ahuyentaba a los cobardes, y ella no se permitía sentir temor.

Con el alba, los guerreros avanzaron en medio del acostumbrado silencio. Los yelmos y las cotas de maya proyectaban el sol naciente. Los caballos inquietos parecían intuir lo que se aproximaba, el olor a muerte rondaba, amenazando con desventura a quienes no lucharan con fervor.

La batalla empezó sin que Isabella se diera cuenta, comenzaron a llover flechas, la sangre corría por doquier, imaginaba que aquello no sería tan terrible como lo que sus ojos mostraban. Sin poder moverse presenciaba la muerte a sus pies, cientos de guerreros masacrados, otros tantos dando la vida por el hombre que dormía cómodamente en una carpa a varias leguas de distancia.

Una lanza vino a clavarse en su escudo, entonces cayó en cuenta de que si no se movía podía morir. Se puso en marcha, esquivando como podía, usando la espada con las fuerzas que el alma le permitía.

Una lluvia torrencial inundaba el campo de batalla. Mientras la sangre corría como un rio a los pies de los combatientes. Lucio luchaba con valentina, no propiciaba descanso a su brazo, a la vez que seguía de cerca a su compañera con la esperanza de poder protegerla.

Algo cayó sobre él, sus ojos se cegaron durante unos segundos, un líquido rojo cubría su cuerpo, caliente y parecía manar con increíble rapidez. Pero no sentía dolor, se despejó alzando la masa inerte que se hayaba sobre él,  era un compañero al que se limitó a dejar a un lado.

Alzó la vista con desesperación esperando ver la silueta de Isabella. No se encontraba por ningún lado, volteó con la cabeza a punto de estallar, no la veía, no se encontraba allí. Gritó su nombre con furia, con una fuerza desgarradora…

Entonces volvió al lugar donde se encontraba, dio vuelta a quien lo hizo caer, quitó el cabello rojizo con cariño del rostro de su amada Isabella. Ya no era la niña cuya torpeza hacia enternecer, era una mujer, una valiente amazonas… Cuyo vientre estaba desgarrado por una lanza de acero. Lo miró con aquellos ojos dulces, intentó esbozar una sonrisa que pronto se convirtió en llanto.

-Venía hacia ti… – dijo ahogándose – pero… salvé vuestra  vida como hace cinco años hicisteis con la mía… – de sus ojos corrían enormes lágrimas – eres todo lo que nunca tuve, y ahora puedo decirte cuanto te he amado…

Él, con el alma a los pies y el corazón a punto de morir, la besó con la pasión que guardaba desde hacía tantos años, sus labios se encontraron con la magia del amor llevándolo al suplicio y la amargura de una terrible despedida.

Enloquecido, la tomó en brazos oprimiendo la herida, no podía perder una gota más. Corrió al campamento buscando quien pudiese ayudarle. Encontró a un viejo en la carpa de los enfermos, a suplicas le convenció que la salvara, quien conmovido por el guerrero le ordenó retirarse.

 

Apuraba el vino como si aquello le fuese a traer paz. La angustia lo mataba mientras brincaba al menor ruido. Ya llevaba dos semanas esperando, sin ninguna buena noticia.

El anciano se acercó a él aquella tarde. Lo dirigió hasta otra carpa muy distinta a la que había dejado a Isabella. Allí estaba ella, descansaba en un lecho de paja abrigada por una diminuta manta. Sus ojos se abrieron con la llegada de él, las comisuras de sus labios se alzaron, sus pómulos iban recobrando el color.

-No está permitido retirarse de la batalla – le dijo.

-La muerte solo es para los cobardes – respondió.

La tomó en brazos y la besó con temor a perderla, daría la vida por conservarla, jamás volvería a poner en riesgo su vida.

 

 

 

 

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