La reina de oro III

   La reina de oro III

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    El hambre azotaba furiosa la triste nación mientras la inmaculada reina se sentaba en su trono de oro. Las calles se hundían en la miseria, las madres lloraban la muerte de sus pobres hijos desnutridos, los ataúdes escaseaban en tan profunda desdicha. Las turbas ya no se aglomeraban a las puertas del hermoso palacio ocre. Las nevadas habían corrido a cuanto osara enfrentar el invierno despiadado, cobrando gravemente la salud de los menos afortunados.

El pueblo se hallaba furioso contra su hermosa soberana. Despilfarraba el oro en brazos de un extranjero, un hombre burdo de buen aspecto y elegantes modales, un seductor empedernido a quien Amisha no logró resistir. La reina de acero, aquella cuya voluntad era imposible de mover, inmutable a cualquiera. La cruel la llamaban, ahora no era más que una vulgar princesa arrastrada a la cama de un mediocre aprovechado.

Tristan se revolvía impaciente en el mueble de seda azul, sus pensamientos viajaban con frecuencia hacia ella, y regresaban convertidos en un soplo de tristeza y desesperanza. No hacían tres noches que desapareció tras las puertas montada a lomos de su mula blanca, iba acompañada por una docena de guardias, quienes las llevarían a los pueblos del norte a repartir víveres y acopios.  Su concejo privado le rogó enviar a un séquito que se encargará de la misión. Pero ella, decidida objetó que nadie mejor podía realizar el trabajo, “una reina velaba por la seguridad de su gente, y de ser necesario compartía sus penurias”.

Solo que el reino ya no gozaba del mismo esplendor de la estación pasada. Las cosechas fracasaron en su mayoría, el frío causó estragos por donde se hizo sentir. Los animales morían con las heladas, mientras sus carnes se perdían en la espesura de los bosques, sin que nadie se atreviera a poner un pie allí.

El tiempo parecía no correr cuando ella no se encontraba a su lado. De pronto, aquella soberana que tanto aterraba a sus súbditos se convertía en el aire que respiraba, en sus ganas de cada mañana, en su aliento… bien sabía todo lo que se comentaba en el reino, los concejeros mucho habían reprendido a su reina por el terrible error que cometía. Pero Amisha rio sarcásticamente a cuanto comentario llegaba a sus oídos y manifestaba complacida “la reina soy yo”. Él no era no poseía mayor estima entre los habitantes del reino, muchos lo culpaban de su desgraciada, de desviar las atenciones de la reina, y sobre todo, de la desgracia que atraía al pueblo, invocaban a una maldición producto de sus vicios y del placer obtenidos sin estar unidos en matrimonio.

Los cascos de los caballos resonaron en el patio de armas. Tristan bajó a prisa deseando verla llegar. Sus ojos obtuvieron el alivio anhelado, Amisha descendía de su yegua al tiempo que destapaba su rostro del manto blanco. Su piel dorada le iluminó, sus cabellos como el oro cayeron en cascada hasta lo bajo de su espalda. Una sombra de preocupación parecía nublar sus bellas facciones, en seguida comenzó a dar órdenes a quienes le rodean sin inmutarse a recibir una bienvenida de quienes tanto la esperaban.

Llevaba una túnica blanca atada a la cintura por un fino corsé de esmeraldas, sus hombros iban cubierto por una capa turquesa que la protegía del frío primaveral.

Pronto cesó la aglomeración y tuvo oportunidad de acercarse hasta ella, quien poco sorprendida no dedicó más que un sutil gesto al tiempo que pedía que le llevaran uvas y miel hasta su alcoba.

-Necesito que me acompañes – fue todo lo que dijo.

Durante el largo trayecto hasta su habitación no pronunció palabra más que para despachar a sus damas de compañía, quienes a su llegada comenzaban a revolotear a su alrededor.

Una vez solos, se recostó en el lecho de pluma. Las velas encendidas, junto al cántaro de vino,  destacaban los alimentos recién llevados.  Amisha presionaba los dedos contra sus sienes, al tiempo que apretaba con fuerza sus párpados. Cuan hermosa lucía allí, frágil, tendida con absoluta delicadeza, deseaba tocarla para sentir que era real, tenía miedo que de pronto desapareciera de sus ojos.

Sus dedos fueron más valientes que su corazón, quien no se atrevía a decir alguna  palabra. Acarició sus hombros ahora desnudos deslumbrado por la calidez de su cuerpo, luego deslizó su mano por su cabello, cual ondas asemejaban el mar, impredecible y hermoso. Por último sus labios tocaron los de ella, fundiéndose en el fuego, en una pasión inusual en un amor poco real…

-No es tiempo para estas cosas Tristan – manifestó ella cortante – situaciones terribles masacran a mi pueblo… La gente muere de hambre o de peste, y sino los piratas de tierra acaban con todo – suspiró – he visto aldeas masacradas, mujeres violadas, niños asesinados…Mi padre habría lidiado mejor con esto, pero ahora es mi responsabilidad, y temo no tener el temple ni la osadía de sacarlos adelante.

Él se quedó sin nada que decir,  que ella, el pilar del reino, tuviese miedo auguraba que el porvenir no era nada placentero. Deseaba ayudarla, protegerla, aliviar sus preocupaciones…

-¿Qué puedo hacer yo? – preguntó dispuesto a todo.

Ella le obsequió una triste sonrisa. Jamás había percibido su rostro con tanta melancolía, con tal nostalgia y soledad.

-Necesito que te alejes – soltó por fin sin lágrimas en los ojos – necesito que viajes y me ayudes a poner orden en el norte, y así solo podré tener la certeza de que doy el todo por mis súbditos. No puedo vivir del amor, y la pasión solo sirve para alejarme de mi deber. Por ahora debes marcharte.

Nada podía ocasionarle tan mortal herida como la determinación con la que pronunció aquellas palabras. Su error había consistido en amar a una reina y creerse merecedor de ella. Por mucho pensó que realmente era feliz, pero ahora debía marcharse y dejar una distancia profunda entre ambos. ¿Volverían a verse? Tal vez nunca más, pero siempre permanecería en su recuerdo, y trataría de merecer el amor que alguna vez pensó tener.

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2 respuestas a La reina de oro III

  1. Me encanta, las descripciones son increíbles y está escrito con una pulcritud extrema, está todo en su sitio, además la historia atrapa y te deja con ganas de más.

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