Discordia

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Discordia

    La noche atraía el bullicio de la lejana reunión. Las estrellas se veían opacadas por la densa niebla del momento, mientras diminutas gotas de agua descendían al compás de los violines. La gran mesa se hallaba dispuesta y todos sus comensales se sentaban a la cena, el pollo les regalaba un maravilloso gusto agridulce que muchos mezclaban con una ligera copa de vino blanco.

Julián, inmerso en sus pensamientos,  comía sin reparar en el sabor de lo que se llevaba a la boca. Su cabeza desconcertada era un remolino de ideas confusas que le impedían mantener la concentración. De vez en cuando alguien se acercaba a saludarlo, y cinco minutos después él olvida el rostro de quien desfilaba ante sus ojos.

Sus miradas solo iban dirigidas a una persona en particular, una mujer que apenas y lo observaba aquella velada. Intentaba desviar la vista, que no lo sorprendiera mirándola, pero frecuentemente resultaba imposible. La atracción desbocada dominaba sus sentidos y sus impulsos, mientras su cabeza ordenaba mantener la compostura, su corazón gritaba desesperado encerrado en un diminuto rincón.

Emily lucía sobria y hermosa a la vez. Llevaba un sencillo vestido rosa pálido adornado de flores y perlas, su hermoso cabello  iba suelto como pocas veces prefería lucirlo, ni un solo accesorio decoraba su cuello o sus muñecas. Era de esa belleza simple, que no necesita de adorno alguno para resaltar y atraer sus miradas. Lo que más disfrutaba Julián de observarla,  era su sonrisa. Con aquellos dulces labios curvados mostrando una felicidad inalcanzable, una perfección que solo podía imaginar en sueños.

Pero él la conocía. Tal vez mejor que ninguno de los presentes. Conocía sus manías, sus gustos, disgustos, pensamientos y cada uno de sus movimientos. Adoraba esa facilidad para reír, la misma  que de cuando en cuando la hacía volcarse en lágrimas de amargura. Esa  expresividad tan inusual para comentarle todo con tan solo una mirada, esa obsesión de querer mantener todo bajo su control, esos caprichos que de tanto en tanto la frecuentaban.

Él se merecía eso, se merecía tenerla cerca y no poder tocarla, no poderle hablarle, no sería nunca digno de ella. En el fondo,  se reprochaba su estupidez, si tan solo hubiese luchado con mayor insistencia. Sabía que no había dado lo mejor de sí, y por miedo a no ser correspondido lo perdió todo.

Decidió salir al balcón a tomar aire. Era una noche fría y húmeda, la lluvia no tardaría en llegar.

Un leve suspiro a su lado lo sacó de su ensimismamiento. Era ella. Llevaba un chal sobre los hombros y los risos negros le cubrían el rostro. Quiso aproximarse pero sentía un inexperto temor a quebrarla, a alejarla… Acarició su muñeca.  Ella la retiró al acto dirigiéndole una mirada de reproche. Sus hermosos ojos caoba perdían el vigor del pasado, las lágrimas cobraban caro. Sin embargo no era menos bella, al contrario, aquella tristeza realzaba todos sus rasgos, la finura de su cuello y las líneas de sus labios.

Ella hizo un ademán por retirarse y él la sostuvo en el segundo indicado. Sus miradas se encontraron y las fuerzas los impulsaron a continuar. Deseo besarla, sostenerla a su lado y nunca dejarla ir. La tensión aumentaba, silenciosa, vigilante.

-Me esperan – manifestó con voz queda.

Era mentira. Él conocía sus verdades, sus gestos, todo de ella. Aún se sentía despreciada, y poco querida, era evidente, su voz lo detonaba con absoluta frialdad. De no ser por el endemoniado talismán nada de eso habría ocurrido. Aquel objeto maldito llegó hasta sus manos para derrumbar la felicidad y confianza poseída. Lo conservaba en un viejo baúl, no sabía cómo deshacerse de él, sin Emily,  estaba perdido, ella conocía a profundidad los rincones del reino,  sabía leer como nadie los mapas, descifrar coordenadas, y mantener en paz su alma.

-Sabes que no es cierto – replicó él – y mejor que yo,  sabes lo innecesario que es todo esto. No se puede romper con la misma facilidad que cortas un hilo – se aproximó a ella – nada de lo dicho puede alejarte de mi lado. Me necesitas, y yo te necesito.

Ella, humillada y herida en su orgullo se apartó intentado ocultar las lágrimas. Cuántas veces repetirían la misma discusión, la misma escena, no se sentiría querida nunca por él, las dudas podían más que nada. La discordia había sembrado entre ellos la desconfianza y ya nunca creería en sus palabras.

-¿Te deshiciste de aquello? – fue lo único que pudo decir.

Julián comenzaba a exasperarse. No pretendía humillarse nuevamente, y sin embargo cuantas ansias por recuperarla tenía.

-No. Bien sabes que necesito vuestra ayuda – hizo un gesto desesperado –  hay que llegar a las montañas oscuras y alcanzar  las grietas, allá podría encontrarse Alba, y ella nos diría que hacer. Es imperativo destruirlo.

Ella hizo un gesto de desagrado. El orgullo comenzaba a debilitarse.

-No necesitáis nada de mí. Bien podéis marcharos solo y dejarme en paz definitivamente.

-Te necesito como el aire, como el sol, como la lluvia        – suplicó él.

No podía escucharlo más, dio media vuelta decida a marcharse. Pero Julián la detuvo, sostuvo su rostro a un palmo del suyo y la besó. La besó como nunca había hecho, como la profundidad de su alma gritaba con desespero. La besó con miedo a perderla. Con felicidad de encontrarla.

-No permitiré que vuelva a dejarme. Te necesito. No dejaré de luchar un segundo por ti.

-Te cansarás pronto, y volverás a tus gestos aburridos, a una desidia absoluta en la que tu víctima fatal seré yo. Sé lo que es encontrarte muerto dentro de un cuerpo vivo, necesito más que aire…

La única promesa que obtuvo fue un beso de verdad. Uno que juraba otorgarle toda la felicidad soñada y un futuro a su lado. No necesitaba más.

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