Falsedad asomada

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Falsedad asomada

          Las flores temblaban al compás de la lenta melodía. Las nubes negras anunciaban la llegada de una terrible tormenta, mientras,  el viento soplaba con violencia arrastrando cuanta desgracia hallara a su paso. Ni un alma osaba rondar aquel helado atardecer por los prados desiertos. Los caminos del bosque se hallaban en perfecto silencio,  el constante gorgoteo del riachuelo era la única señal de vida en medio de la absoluta quietud, en tanto,  Karalee se escondía de la peligrosa niebla.

Escondía su rostro pálido tras los abedules silvestres, la comida empezaba a escasear,  de modo que lo mejor era consumirla  en los momentos necesarios. La lluvia traía consigo los peores males, además de un pesar en el alma arraigando un dolor profundo del que ella deseaba escapar. Regresó a su pequeña cueva con escasas manzanas y bayas, era una pésima temporada para la caza y las presas no caían en las trampas, eso sin mencionar su poca experiencia en el arte de la sobrevivencia.

La fogata empezaba arder, no pasaría demasiado frío cuando el sol se escondiera. Las cantimploras se hallaban a rebosar de agua fresca, el abrigo reposaba sobre la cuerda escurriendo la tormenta. Se recostó extenuada contra las piedras. Ser sigilosa y conseguir alimento la dejaba agotada por las noches, eso sin mencionar la intensa lucha por no ser encontrada. Sabía que aquellos bosques eran inmensamente peligrosos, terribles criaturas salidas de las peores pesadillas rondaban por allí. Sin embargo no se permitía sentir más que una pizca de miedo. El miedo solo servía para inmovilizar, para aniquilar las esperanzas y así no tardaría mucho en morir.

Casi podía recordar con absoluta lucidez su vida de hacía algunos meses. Los bailes, las fiestas de té, invitaciones al balneario, cualquiera afirmaría que aquello era un sueño, cualquiera que no tuviera mucha ganas de vivir, o al menos un sentido racional sin defectos.  Pero Karalee no era absolutamente racional. Por sus venas corría aventura y no tradición. Odiaba con el alma las hipocresías de una sociedad vacía, detestaba a las mujeres fingidas como soberanas damiselas incapaces de valerse por sí mismas, odiaba a los hombres falsos con sus absurdas promesas, no creía en el amor ni en palabras de gentileza.

Así fue como un día, enloquecida de rabia, agotada de vestidos y joyas finas, decidió marcharse sin dar aviso alguno. Era posible que muriera en cualquier instante, que una criatura la degollara sin piedad, que enloqueciera de soledad, que se perdiera en lo salvaje y jamás encontrará el camino de regreso. Nada de eso importaba ya, las decisiones no tenían vuelta atrás, y la de ella menos que ninguna otra. Era feliz como solo podía serlo ella. De vez en cuando extrañaba una cama suave o un cuenco de comida caliente,  igual no volvería, era su nueva vida y no la dejaría.

La noche caía con aplomo, la luna no haría acto de presencia, la oscuridad imparcial se filtraba por cada rincón del lejano bosque, mientras los árboles distantes aullaban de pena. Karalee comenzaba a dormirse cuando una lejana luz dorada la alejó de sus pensamientos. Un sonido distante parecía atraer su atención.

Lo seguro era quedarse allí, acobijarse en el suelo húmedo y olvidar lo que ocurría. Pero la curiosidad infinita la hizo ponerse en pie, algo inusual pasaba fuera de allí. La luz brillaba con mayor insistencia a cada instante. Se alejó del refugio para adentrarse entre los árboles. Apenas alcanzaba a ver por donde pisar, un extraño sonido atraía sus pasos, de pronto sentía una necesidad irrazonable de llegar.

Casi al instante olvidaba cada lugar por el que pasaba. Sus pies se movían acompasadamente en busca de un punto de encuentro, de un baile sin cesar. La música era lenta, las luces brillaban por doquier mientras una escarcha dorada descendía del cielo negro. Miles de aves volaban en direcciones opuestas, el delirio las llevaba en busca de paz, mientras,  el claro se expandía, iluminado en el centro por un centenar de bujías azules. Una figura delgada apareció entre las sombras. Llevaba el cabello recortado a la altura de los hombros, los ojos verdes relucían en medio de la tempestad mientras sus labios dibujaban una sencilla sonrisa.

Se aproximó con lentitud hasta donde se encontraba Karalee, atónita y algo incrédula, jamás había presenciado semejante belleza. Posó sus dedos largos en los brazos de ella y la invitó a bailar. Sin tener control sobre los movimientos de su cuerpo danzó con precisión dejándose llevar en los brazos de su desconocido. No podía más que mirar esos ojos tan claros, ese rostro tan hermoso… Se hallaba perdida.

La soltura de sus brazos en torno a su cintura le asemejaba a un dulce sueño, el baile pausado con las distantes olas del mar era un juego sencillo, un arte maravilloso del que no quería apartarse. La melodía empezaba a menguar, y con ella crecía un miedo inexperto en el interior de Karalee. No podía acabarse nunca, añoraba continuar en sus brazos y reposar allí una eternidad. Se aferró con un creciente temor a los brazos de su captor.

De pronto, le baile cesó, las luces se extinguieron  y los pájaros cayeron muertos. Un remolino emergió de la oscuridad, y su bello acompañante sonreía con determinada malicia deformando sus rasgos. La miraba con los ojos inyectados en sangre, con la boca abierta deseando acabar con ella, pobre víctima ilusa…

-Os habéis creído mejor que nadie, y sois igual de superficial que todos aquellos a quienes odias – señaló con voz metálica – soy tu captor, vuestra alma me pertenece…

Karalee estaba perdida. Sin detenerse a pensar huyó. Corrió y corrió con todo lo que su alma le permitía, el temor a ser encontrada le entregaba las fuerzas necesarias para no detenerse a mirar. Sentía sus pasos tras de ella, sus dedos casi podían rosarla, gritó desesperada, cuan estúpida había sido para caer en manos de Borell. El demonio azul, perverso y maligno, enamoraba a sus presas para luego enloquecerlas de dolor.

Sus pies tropezaron y cayó de boca sobre la tierra. Sentía el sabor a sangre en sus labios. Una oscuridad absoluta la absorbía por doquier, millones de sombras se aproximaban intentando ahogarla, gritaba y aullaba como si de eso dependiera su vida. Unas garras afiladas se clavaron en sus brazos alzándola, el dolor incrementaba al igual que su lucha por liberarse.

La vida se le escapa del cuerpo cuando una figura entró en la escena. Karalee cayó, su mente nublada no podía razonar sobre lo que acontecía, solo era consciente del terrible dolor de su cuerpo. El frío se apoderó de su entidad, unos brazos la tomaron con cuidado y entonces se sumió en un pesado sueño…

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