En esta y todas las vidas

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 En esta y todas las vidas

   Las viejas cortinas blancas bailaban con cada soplo de viento. La ventana entreabierta dejaba colarse los finos rayos de luz, atrayendo un halo dorado que adornaba el desatendido lugar. El olor a pino inundaba la vieja estancia. El polvo parecía cubrir cada superficie, posándose sobre los cuadros gastados ocultando los retratos, mientras el silencio decaía para dar lugar al eco de un par de pisadas.

Una mujer vestida de blanco acariciaba con los dedos un viejo reloj de cuerda. Sus ojos dorados se posaban anhelantes sobre los objetos que ofrecían una triste bienvenida. Miles de recuerdos acudían a su cabeza, mientras una música lejana parecía devolverla a la realidad. Volvió a fijarse en el reloj y un suspiro involuntario escapó de su pecho, su corazón enfermo se enredó en la angustia al asomarse la posibilidad de esperar en vano.

Las palabras no acudían a su garganta,  incluso en la fatal soledad, era una vida la que echaba atrás junto con los sentimientos de una chica. De aquella niña llena de sueños y promesas, de una joven desbordante de felicidad, de una mujer quebrada agonizando en vida.  Era el final inminente lo que se acercaba aquel día, era el punto que detestaba poner a su vida, era sumergirse en la miseria para olvidar y continuar.

Cuanto creía  odiar a ese detestable ser. Llenó de ironía,  con la codicia en el rostro y una sonrisa repleta de odio. Era mejor olvidar, despedirse y no volver a mirar el pasado. Solo así sanaría su alma,  en algún convento alejado podría pasar el resto de sus días.

La puerta se abrió dando paso a una alta figura masculina, nubes de polvo volaron por los aires sin inmutarse ante la  imponente presencia. Al verla dedicó una marcada reverencia al tiempo que tomaba su mano y la besaba, Danielle se sintió desfallecer al mero contacto. Guardando la compostura con enorme dificultad, saludó con indiferencia, no pretendía caer nuevamente en las garras de un falso amor.

Diego posaba con intensidad la vista en ella, recorriendo cada parte de su ser, despertando los temores de volver a sentir lo que juraba ya extinto. Se aproximó tocando su cuello, la piel blanca como la porcelana parecía fundirse en el precioso vestido. El cabello ondulado  le recordaba al fuego que se encendía en su interior, latiendo por una mirada dulce de esos ojos soñados, quiso rodearla con sus brazos, pero Danielle dolida en su orgullo lo rechazó.

-No os atrevas a acercarte – manifestó ella con las mejillas encendidas – os he citado aquí, puesto que es imperativo marcharme, alejarme de usted,  y no volver a tener ningún vínculo con vuestro apellido que bastante deshonra me ha causado ya.

Diego sintió la rabia en la boca. Por qué cuando sentía amarla como nunca,  se empeñaba ella en ser una criatura egoísta y vil. Ya recordaba el motivo de su separación, nunca podría llegar a controlar esa maldad que residía en su alma.

-Calla mujer – replicó con fastidio – Cuando he venido con los sentimientos desbocados en el pecho, usted insiste en agobiarme con penas de un pasado que prefiero no recordar. Ahora conozco con precisión  vuestra crueldad.

Danielle sintió el golpe como en otro momento. Las lágrimas empezaban a agolparse involuntariamente en sus ojos. Le dio la espalda esperando no mostrarle su debilidad. Siempre sería el mismo desvergonzado jugador, lo sabía, pero solo hasta entonces se atrevía a admitirlo. Los brazos de él la tomaron por sorpresa, esta vez no tuvo voluntad de huir, quiso quedarse allí una eternidad, tenderse en el amor y sanar.

Sus labios se encontraron por reflejo, como en aquel tiempo que parecían estar hechos para unirse, pero ahora el dolor parecía separarlos definitivamente. Él la amaba por encima de todo, y ella era suya en cuerpo y alma, cómo era que no podían estar juntos. Ya no recordaban.

La pasión los cegó, abrió sus corazones dejando al descubierto sentimientos enterrados que volverían a emerger, con la magia del momento reaparecieron los versos, las promesas, Danielle se posó en él amándole como nunca, despidiendo un amor que no debió nacer.

Sus cuerpos se separaron. Diego intentó detenerla, juró amarla hasta la eternidad, prometió que su existencia estaba en manos del amor, y ella,  con el dolor en el rostro no pudo menos que sonreír al pensar en lo sincero de su querer y en lo imposible de estar juntos. Besó sus manos con miedo de perderla, la atrajo hacia sí, pero ya no existía nada que pudiese mantenerla a su lado. Se hallaba marchita, seca en su interior, deseosa de ser barrida como las hojas del otoño y olvidar, olvidar una historia que quedaba grabada en su piel, en su alma, ni mil años bastaban para dejarlo de amar.

-Ambos conocemos el final de este cuento –  dijo acariciando sus brazos – yo, muerta de dolor, y usted loquecido de poder. Jamás dejaré de pensar ni un instante en cada beso compartido, en cada caricia… me obsequiaste la felicidad y también la miseria. Ya hemos conocido la dicha, no dejemos que la desgracia nos marque definitivamente. Te amo por siempre y para siempre, en esta y en todas mis vidas, te amaré en cada parte de mi existencia, porque para mí… somos uno…

Besó delicadamente los labios de Diego dejando que las lágrimas corrieran por su rostro. Tomó el chal y sin volver la vista atrás desapareció de su vida. Diego no tuvo el ímpetu para detenerla, bastante mal le había ocasionado, no podía menos que dejarla ir y conservar su aroma, sus besos… Era el fin de su historia, de una en la que no conoció mayor dicha que Danielle. Compartiría siempre su recuerdo anhelando verla una vez más.

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