Agonía de valor

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     La agonía del momento y la melancolía de toda una vida se encontraban en un instante desafortunado. Un llanto silencioso era barrido por el viento ligero, mientras las nubes negras se aglomeraban amenazadoramente, como si un sentimiento las hiciera actuar de un modo tan extraño.

Una figura arrodillada escondía el rostro entre los brazos mientras involuntarios sollozos escapaban de su pecho. El cabello rojo caía en ondas como un río glacial sobre la almohada de plumas, mientras sus ojos negros asomaban brillantes gotas entre los párpados hinchados. Agathe sentía como la profunda desdicha oprimía su alma desgastada, el tiempo inclemente parecía establecer una estrecha separación entre lo que añoraba y todo lo que alguna vez soñó poseer. El mal ya estaba hecho, lejos de juntar y pegar los pedazos su corazón, deseaba arrancárselo,    ya no sería el mismo, ella no sería igual.

Huyó de prisa oculta entre la soledad, aquellos que la vigilaban solían no darle importancia a sus maltrechos sentimientos, en algún instante se recuperaría y el vigor de su juventud le daría aquella paz que tanto necesitaba. Pero se equivocaban, ya no quería la paz, prefería la guerra. Cientos de batallas se libraban en su interior, una lucha de desigualdad, un sufrimiento ante las perdidas ocasionadas. Aquellos sentimientos esperanzadores colmados de alegría y pasión yacían en el fondo de un féretro imposible del alcanzar, donde reposarían hasta el final de sus días.

Su interior se hallaba embargado por oscuridad, la luz se había marchado mucho tiempo atrás de su fatigado cuerpo.  Tomó sus vestidos y los arrojó con furia en la chimenea encendida, nada conservaría de un pasado pavoroso, únicamente atesoró una vieja capa de lino gris, que echó sobre su cuello esperando no ser reconocida.

El maldito pueblo se hallaba a la dulce luz de la luna. Ni un ser se manifestaba  tras sus puertas o ventanas, el mal rondaba las calles, las aceras. El silencio sordo no permitía sentir el eco de sus pasos, era como encontrarse en medio de un vacío absoluto donde la tensión y el miedo se dilataban inspirando un terror que no permitía respirar.

Un gato recorrió la avenida maullando, Agathe quiso darse por advertida de que algo o alguien la seguía, si la encontraban probablemente la mataran, y poco le importaba puesto que su interior estaba seco y desabrido,  esperando un fallecimiento digno de un héroe. No era la primera vez que huía, las cicatrices en sus brazos y piernas no le permitían olvidar sus desacertados encuentros con los demonios capa blanca.

Cuidó de cruzar la plaza en silencio. Dolorosamente un recuerdo involuntario de su madre vino a cruzarse en su cabeza, se hallaba sentada en la misma plaza con una cesta de pan tendiéndolo a sus hijas pequeñas. Que infortunio tan grande, su madre, hermanas y su amoroso padre ya no volverían a besarla, sus manos jamás sentirían el calor de sus almas, no recibiría nuevamente un abrazo afectuoso ni escucharía sus voces adorabas. Un vacío profundo se manifestó en su pecho, sentía estar a punto de desvanecerse, no tenía nada, se hallaba abandonada, llena de un odio incesante, de una sed y de unas ganas de desfallecer. Su amada familia masacrada era solo una penosa parte de la situación, muchos otros sufrían un destino mucho peor.

¡No! No era momento de torturarse, el dolor y la muerte ya no podían dañarla, si vivía era por llevar tras las fronteras el legado de ser la única sobreviviente de su familia, por demostrarse a sí misma que existía algo más allá de las altas murallas negras. Era imposible permitir que su existencia continuara unida al devastado pueblo, su familia, amistades, conocidos, todo se hallaba atado a la desgracia de convivir bajo la amenaza de una absurda maldición, o de unos hábiles hombres con asombrosa capacidad para derrotar un pueblo humilde y masacrar a sus habitantes, hasta hacerlos agonizar en la pobreza y la inmundicia.

Llevaba encima una bandera, la bandera de la libertad, si la atrapaban la mecería hasta que la última gota de su  sangre cayera. Solo ella tendría que morir, entonces hombres y mujeres descubrirían que el miedo no era más que una sensación de desconfianza y sospecha, que eran libres, capaces de nacer y vivir a su gusto, pero sobre todo de ser quien en el fondo siempre añoraron ser.

Una docena de criaturas aparecieron en medio de la espuma blanca, el olor a fuego se extendía a su alrededor,  masacrando todo cuanto las llamas doradas tocaban. Los gritos no se hicieron esperar. Agathe dio un paso adelante con el miedo a los pies, no dejaría que la vencieran sin al menos entregar su voluntad en la lucha.

Armada con el coraje, se enfrentó a aquellos quienes arrebataron su dicha. Observada por cientos de personas, asustados tras sus ventanas, entregó la vitalidad de su alma para defender aquello que consideraba justo, por la moral del lugar que la vio nacer daría todo cuanto no tenía.

Una flecha aterrizó en su pecho descubierto, otra en su pierna. No importaba el dolor, algo más la consumía por dentro, era una sed de venganza y de justicia la que movía su cuerpo.

Sacó la bandera y gritó con todo el aire que sus pulmones le permitieron.

-Luchad por vuestros hijos, luchad por su futuro, por el amor. No permitáis que les roben la vida, no los hagan sufrir. Es momento de dejar el miedo o morir por una causa justa. Luchemos por el pueblo que siempre nos perteneció.

Los hombres, antes acobardados, se abrigaron en los patios juntando cuantas armas hallaran a su paso,  un sentimiento de justicia parecía moverlos en una misma dirección. Dejando el miedo atrás, acorazados por el valor  y la esperanza de un mejor destino, lucharon con toda la fuerza que se permitieron derrochar.

Finalmente los seres malignos de profundos ojos rojos cayeron en la desgracia que tanto merecían, no volverían a torturar a nadie en esta y en ninguna otra vida. La inminente victoria les llenó el corazón de una felicidad jamás probada. El vino y la cerveza volaron por los aires, se acababan los años de azotes, de violencia y sobre todo del miedo abusivo que no les permitía vivir. El poder estaba en manos del pueblo, quienes de ahora en adelante decidirían lo que más le convenía.

El alma de Agathe, no consiguió salvarse. Luchó mientras agonizaba con una sonrisa de alegría iluminando su rostro, sus ojos jamás evocaron una luz tan bella, mientras sus manos regias sostenían la bandera blanca que le devolvió la paz a su gente. Había muerto por la vida. Ahora se reencontraría con aquellos a quienes tanto extrañaba, con la promesa de no olvidar el legado que dejaba en mano de quienes la convertirían en un mártir.

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