Una gema en el océano

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Una gema en el océano

El mar se imponía bajo la maltrecha proa del barco. Las olas mezquinas lo mecían como en un dulce sueño, mientras los hombres, corrían desesperados con miedo a morir aquella noche.  Teresa se arrebujaba en su diminuto camarote mientras las cadenas le apretaban los talones.

Quien hubiese dicho que la hija menor del conde se encontraría en tan deplorables condiciones. El agua ya le llegaba a las rodillas empapándole el vestido gris, el cabello enmarañado le cubría el rostro, mientras sus manos se aferraban al borde de la cama como implorando vivir un día más.

Un hombre bajó las escaleras y le tendió un bote lleno de un líquido oscuro, indicándole que bebiera, al principio rechazó la oferta, convencida de que esperaba aprovecharse de ella, escondió la cara entre las manos y comenzó a sollozar desconsoladamente.

-Bebe mujer, morirás antes de lo que imaginas si te niegas a probar – ordenó con aire tosco.

Ella secó sus lágrimas alzando el rostro. Sus facciones no habían perdido belleza, sus ojos azules brillaban de tristezas, mientras sus labios rosados se abrieron pronunciando un sincero “gracias”. Sabino la miró enternecido, a pesar de las circunstancias juraba no apreciar criatura más bella en los nueve mares. Fue el primero en oponerse a llevarla cautiva, era noble de cuna, una venganza a su testarudo padre no era excusa suficiente para arremeter con una niña.

-Iré a buscaros una manta, está helando y nos acercamos a aguas frías, será mejor que descanséis.

En contra de la voluntad de toda la tripulación, sobre todo la mirada aprensiva del capitán, consiguió realizar un suave lecho de paja en el que la joven pudiese dormir tranquila. También se hizo con unas frutas y algunas barras de pan de centeno, un poco de luz y la tan preciada capa que en otro tiempo perteneció a su padre. Un honrado marino que detestaba la piratería, y que sin duda se lo reprocharía hasta el final de sus días.

La pobre criatura devoró los alimentos  con desaforada angustia. Su corazón se hinchaba de tristeza al apreciarla tan marchita rodeada de miseria, no era natural observar algo tan delicado en medio de despiadados corsarios.

La campana resonó y todos se reunieron a comer excepto la prisionera. Entre bromas y cerveza celebraban haber surcado con éxito la tormenta, en poco menos de unos días llegarían a las islas doradas. No sin encontrarse peligros, puesto que aquellas bahías se encontraban plagadas de monstruos marinos, a los que cualquiera temería ante la mínima mención.

El capitán un hombre cojo de barba azul se puso en pie esperando hablar. Alzó la jarra de cerveza y bebió a largos sorbos emocionado.

-Cuando lleguéis me conseguirán un buen comprador para nuestra prisionera – dijo emocionado – la venderemos como esclava e igual haremos que su maldito padre nos pague en oro su peso.

Todos alzaron las jarras en señal de conmemoración,  nada le llenaba tanto el espíritu como un buen botín a final de la jornada.

-Es una lástima que no podamos… ya saben, aprovecharla…

Al hombre robusto que pronunció tales palabras no le dio tiempo de concluir la oración. Se encontró apresado con el cuchillo de Sabino al cuello, sus ojos delataban una profunda rabia, un dolor casi físico que experimentaba por primera vez.

-Ninguno le hará daño – pronunció con voz ronca y atormentada –  aguardaréis a que el conde ofrezca recompensa y la devolveremos.

El clamor no se hizo esperar, todos estaban descontentos ante la debilidad del corsario.

-No nos digas que os has prendado de ella – replicó el capitán guardando la calma – recuerda que no eres más que un pirata, un sirviente ilegal que nada puede ofrecerle, anda ya y márchate de mi vista – ordenó furioso.

Pero se equivocaba. Podía ofrecerle la libertad, aquella que ella tanto añoraba, que por las noches acariciaba en medio de sueños bruscos imposibles de alcanzar. Se alejó con la rabia marcada en el rostro. Teresa se hallaba despierta, sus ojos brillaban encantadoramente a la luz de las velas, se había recogido el cabello dorado en una larga trenza que llegaba a su cintura.  Se sintió perturbado ante la diosa que encontraba ante sí, desvió la mirada confundido con las mejillas encendidas, sentándose en un viejo camastro en el que ahora dormía.

-¿Qué ocurre? – preguntó ella con voz dulce admirando su semblante, ya no le tenía miedo ni huía de sus manos, algo en ella se hallaba dispuesto a él.

No quiso explicarle, tenerla de rodillas y acariciar sus mejillas era la más deliciosa situación que había imaginado nunca. Su piel fresca, suave al contacto de sus manos, parecía susurrar una salvación que él no lograba hallar.

-Os prometo que salvaré – ella se sentó a su lado – no permitiré que os dañen, no me odies por favor, pero no puedo dejar que lastimen algo tan puro, tan dulce…

Con la promesa de su libertad, Teresa se tendió a su lado abrazándolo llena de gratitud. Él besó su frente y cerró los ojos aspirando el olor de su cabello, el frenesí de sus cuerpos juntos, el calor de su alma. La convicción le aseguraba que nadie podría arrebatarle aquello que le devolvió el calor de su alma.

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