Cautivo y libertad

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Cautivo y libertad

Las paredes de la enorme casa parecían encogerse sobre la cabeza de Emilie. El aire se volvía brumoso y sofocante, de pronto sentía que algo le oprimía el pecho, no le dejaba respirar, la ahogaba. Un silencio angustioso era lo único que llegaba hasta sus oídos. Sus ojos secos ya no se permitían el derramar lágrima alguna, el dolor había mermado, ahora solo quedaban los restos de una profunda decepción, que se acrecentaba con mayor  ímpetu en su interior.

La vida pesaba como jamás llegó a razonar. Se sentía maldita en el fondo de su inexplicable existencia. Poseía una vida dichosa, repleta de coches y caballos a la moda, los mejores vestidos, joyas y zapatos como cualquiera desearía tener. La mera visión ofrecida se  prestaba para  asumir que su vida era tan feliz por las simples apariencias mostradas. Pero la realidad distaba mucho de aquella utopía imaginada por cuantos la rodeaban.

Emilie era la envidia de cuanta mujer la rodeara, hermosa, simpática, de una familia adinerada. Mientras ella solo envidiaba la estabilidad emocional que tenían todos a los que conocía, la tranquilidad y paz interior que ella no entendía.

Cuando las visitas aparecían en la vieja mansión, el escenario corría el telón. Eran sus padres los mejores intérpretes que conocía, asumían un rol de esposos amorosos que cuantos los observaban compraban el papel vendido. Nadie dudaba de la veracidad de aquella familia feliz, nadie imaginaba cuanta amargura probaba con frecuencia los labios de la joven Emilie. Cuantos gritos e insultos cubrían aquel hermoso rostro bañándolo en sufrimiento y terror. Era una vida insoportable, la calma nunca llegaba, y a la menor situación estallaba una bomba que amenazaba acabar con todo.

En cuanto creía que la paz se instauraba por espacio breve, siempre regresaban los gritos y las amenazas, aquellos que juraban adorarla tanto eran los verdugos que marchitaban sus sueños sin permitirse sentir la menor culpa. La discordia se sembraba con una frecuencia absoluta, viviendo únicamente ellos formaban alianzas y juraban hacerse enemigos del otro. Los golpes resultaban lo de menos, la moral era tan escasa que un moretón o cualquier otra situación no hacía más que herirla físicamente, su espíritu se quebraba con cada nueva discusión.

A veces reflexionaba en su alcoba, solitaria, buscaba  alternativas, alguna solución. Y tras observar las cartas que manejaba se echaba en la cama desconsolada esperando morir o desaparecer.

No podía sentir paz, su cuerpo estaba constantemente en medio de una guerra, que con cada grito empeoraba el ánimo de Emilie, sentía enloquecer a su cabeza, con pensamientos absurdos y contrarios a sus creencias, la atormentaban ocasionándole horribles dolores, pesadillas constantes y un miedo terrible a lo que estaba por llegar.

Ella amaba a su familia, los quería por ser sus padres y darle todo lo que le daban, pero detestaba sus acciones, sus gritos, su comportamiento, lo injustos que eran con ella, al tratarla como una vulgar mascota incapaz de pensar. Les recriminaba el haber crecido alejada de la civilización, la falta de la cordura, el respeto y el amor. A veces juraba para sí misma que se ocultaría y no volverían a verla, pero siempre existía un motivo que la hacía caer en cuenta de las escasas oportunidades que poseía para ser feliz.

Las pesadillas la atormentaban por la noche, las peleas por el día. Cada instante se ahogaba más y más, no conseguía surgir en medio de tanta angustia. De seguro desfallecería pronto. Alguna noche la encontrarían tirada sin nada de vida en el cuerpo, con los ojos vacíos y la boca seca, entonces sería tarde para redimir el error.

Una mañana despertó con la convicción de ser la dueña de su destino. No le dirían cómo actuar o qué hacer, simplemente gozaría de absoluta libertad para ser ella misma. Tomó un pequeño baúl y empezó a llenarlo de objetos útiles, algunas joyas para vender, y nada que hiciera mucho bulto. La determinación la movía, no podían arremeter en contra de su voluntad. Salió por la puerta trasera esperando no ser vista, volvió la vista atrás despidiéndose de aquellos que le habían dado todo menos amor, sintiendo como su corazón se oprimía en su pecho, mientras las lágrimas rodaban por sus mejillas.

“Las mejores despedidas son las que no se dan” pensó secándose el rostro. Se marchó. Llegó hasta el viejo pueblo donde tomó el primer tren. Cambió su nombre y apellido, no quería ser encontrada.

Emilie, decidida a ser feliz,  se sumergió en aguas desconocidas, siendo una joven de dinero aprendió que el trabajo otorgaba los mejores regalos, y que poco a poco conseguiría hacerse un camino y llevar cierta estabilidad económica. No extrañaba su hogar, ahora tenía menos, pero sin duda su espíritu se hallaba en calma. Nunca volvió a pensar en ellos, con el tiempo los malos momentos se fueron borrando, sanando las viejas heridas y atrayendo nuevas alegrías. A pesar de no tener nada logró conocer el amor y el cariño, sintió lo que era el orgullo y las ganas de luchar por la vida. Ahora cada amanecer atraía nuevas posibilidades, descubrió que aquella era la única vida que tenía y la aprovecharía para ser feliz.

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