La ciudad de las cenizas

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La ciudad de las cenizas

Un silencio impasible cubría las ruinas del devastado pueblo, la luna iluminaba desde lo alto, con su brillante luz plateada las columnas caídas y las casas incineradas. Pequeños ladrillos derrumbados interrumpían las calles solitarias. El único edificio que se mantenía en pie, era un viejo campanario, cuya antigua estructura destacaba sobre las fachadas pintadas de blanco.

Agnes se movía sin sentir una pizca de miedo. Sus pies eran gráciles sobre los escombros y despojos de la villa. Ahora la ciudad de las cenizas se alzaba imponente sobre aquella colina, escondiendo tras sus calles peligros y miedos con lo que nadie desearía toparse. Un silbido lejano la hizo entretenerse un instante. Serían Galo y Eneas quienes rondaban cerca. Hizo un gesto de reprobación con la cabeza, solo interferirían en sus planes y tal vez estropearan todo. Quiso correr hacia ellos y gritarles que se marcharan, era su responsabilidad rescatar la espada sagrada, ninguno le arrebataría la gloria.

Camino oculta en las sombras, implorando llegar antes al palacio de la niebla. Era su oportunidad, podría convertirse en una guerrera de sangre y luchar en cuantas batallas desencadenara. Estaría de la mano con aquellos compañeros suyos que tanto le recordaban que solo era una mujer, una damisela indefensa que necesitaba de protección. Pateó una piedra molesta al obtener ese dañino pensamiento. Sería una amazonas, una como jamás se había visto, con fuerza y poder, la confianza era imprescindible para triunfar y no carecía de ella.

Desde joven cambió las zapatillas por botas de cordones, las faldas por curtidos pantalones de cuero, los encajes por toscas camisas de lino, los moños altos por una larga trenza negra que le llegaba a los muslos. Nunca había jugado muñecas, lo suyo eran las espadas, desde niña soñaba con poseer una armadura forjada en negro como la noche, galopar a lomos de un corcel indomable. Por esto huyó junto los hombres sombra, su tío era uno de ellos y le proporcionó la seguridad de que podría mantenerse a su lado. Su piel tostada y ojos verdes era un constante peligro, quería ser poseída por cuantos se atrevieran a observar su duro rostro. Convencida de que si se dejaba dominar por algún hombre no sería más que su querida o débil amante, decidió renunciar al amor, imaginando que se arrancaba el corazón juró no albergar sentimientos por nadie.

Avanzó a través de un estrecho callejón, un extraño sonido la llevo hasta allí. Sacó el viejo puñal del cinto alzándolo preparada, no estaba sola. Un sudor frío le recorría el rostro, mientras intentaba guardar los miedos en el fondo de su ser. Dio un paso, otro paso… le pareció entrever una sombra lejana, cuando apresuró la marcha para seguirla algo pesado la golpeó en la cabeza.

Cayó contra el empedrado húmedo. Sacudió el rostro esperando recuperar la calma, se puso en pie de inmediato corriendo hacia la oscuridad. Una alta figura se alzó ante ella, era un hombre sin sombra, con garras por manos y manto rojo que le ocultaba el rostro dejando brillar sus ojos grises. Un rugido estremecedor escapó del pecho de la criatura mientras se abalanzaba a toda prisa sobre ella. La esquivó brincando hacia un lado, el puñal resbaló al otro extremo de la calle.

Uno de sus pies falló haciéndola tropezar, una afilada cuchilla se clavó en su talón haciéndola gritar. Rodó en el piso esperando despistar al agresor. Llevó la mano a la herida y observó aterrorizada como la sangre manaba rápidamente de allí.  Con un poco de suerte consiguió hacerse con el puñal, brincó sobre la criatura esperando cortarle el cuello. Pero la dominante forma la tomó por los hombros embistiéndola contra una pared.

Las fuerzas le fallaban y casi no lograba sentarse, un par de figuras emergieron de la nada, el metal se fundió en el aire mientras una pelea brillaba ante sus ojos confundidos.

-¡Rayos! – exclamó para sí misma.

Apoyándose de una columna consiguió alzarse, medio cojeando  se apuró a no perderse la lucha, no la iban a privar de su rival, unas manos fuertes la sujetaron por los hombros impidiéndole caminar, algo la tomó en brazos alzándola del suelo y llevándola dentro de un viejo caserón.

-¡SUELTAME! –gritó llena de odio – sabía que eráis vosotros dos inútiles.

Él se dejó ver ocultando una sonrisa sarcástica, el cabello rubio le caía sobre los ojos dorados, mientras sus gruesos labios murmuraban algo que no logró entender. La acostó sobre una mesa medio rota al tiempo que le quitaba la bota. Sus manos ágiles desataban con prisa los cordones que llegaban hasta la parte alta de los muslos de la joven.

-Hay que curar esa herida – dijo sacando una botellita de su capa que echó sobre la carne abierta, grito de dolor escapó del pecho de Agnes – aún no estás preparada para enfrentarte sola a esto.

La irá brilló en los ojos de la bella muchacha. A la fuerza logró que la soltara mientras volvía a calzarse el pie lastimado.

-Podía haberlo hecho sola – gruñó – no necesito de nadie, menos de un par de idiotas ególatras incapaces de aceptar que los pueda superar. Dejadme en paz.

Él se acercó dejando su rostro a solo un palmo del de ella, dirigiéndola contra la enmohecida pared.

-A mi parecer princesa, estabais a punto de morir – le susurró – de no ser por nuestra heroica llegada, no serías más que la única mujer en intentar liberar el medio mundo de los hombres sombra.

-Aléjate de mí – le espetó empujándolo.

No se movió. Algo en aquellos ojos magnéticos lo atraía con la misma fuerza de una lucha cuerpo a cuerpo, los labios de Agnes lo seducían invitándolo a besarla, sabía que algo en ella deseaba que lo hiciera. Siempre existía entre ambos una falsa pelea que le emocionaba en todo su ser.

-No creo que desees que me aleje – le arregló el cabello detrás de la oreja – al contrario, esperas que te besé…

Una patada entre sus piernas lo hizo retroceder privado de dolor. Agnes lo observó con satisfacción, algo en el joven le gustaba aunque no estuviese dispuesta a reconocerlo. Algo en él la mantenía a la expectativa de lo que pudiera ocurrir. Cuando su aliento le dio en el rostro deseó juntar sus labios con los de él, estremecerse de amor y dormirse sobre su piel. Pero aunque la tentación la llamaba, se dijo que debía mantener la fuerza y la compostura, no tenía corazón y no se permitiría albergar sentimientos por alguno de sus compañeros.

Se alejó hacia la calle esperando despejar sus pensamientos, sumida en la convicción de haber nacido para la guerra y no para el amor. No dejaría que la debilidad se apoderara de ella, aunque eso conllevara a albergar sentimientos equivocados por una persona que no le merecía. Mientras que Eneas confundido por la agresividad de Agnes, parecía más determinado a conquistar su alma, creía que estaban destinados para vivir juntos, luchar juntos, no la perdería tan fácil.

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4 respuestas a La ciudad de las cenizas

  1. el pequeño lector dijo:

    Salve Vanesa¡
    este me ha echo gracia, la verdad esque poner el nombre del amigo Eneas el troyano a un personaje me parece muy original.
    Pero… la chica me recuerda a Katniss y los monstruos a los de cazadores de sombras.

    Como se te ocurrio la idea original?

  2. vane259 dijo:

    Te puedo recomendar que no te presiones. Es bueno que antes de escribir la historia piensas en la estructura que esta va a tener, asi poco a poco va fluyendo:-D

    • el pequeño lector dijo:

      Gracias, la verdad es que soy de lanzarse a la pagina en blanco, para microrrelatos esta bien, pero me gustaría intentar algo mas largo.
      “el cuento le gana al lector por K.O, mientras que la novela lo hace por puntos”, como dice el amigo Cortazar.
      Tu cuantos años tenías cuando empezaste a escribir??

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