Bondad consumida

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Bondad consumida

La noche se cernía furiosa sobre ellos, aguardaban impacientes la llegada de la terrible mujer, un frío inagotable soplaba con violencia, agitando las agrietadas ventanas de la vieja mansión. Las cortinas se removían como si intuyeran quien estaba por aparecer. Héctor se encontraba recostado en un mueble intentado en vano  leer un viejo libro, mientras sus compañeros se batían agitados en sus asientos.

Phedra apuraba una copa de vino dirigiendo una mirada nerviosa cada tanto al reloj de la pared, como si pudiese detener el tiempo y adelantar los acontecimientos. Narciso se dedicaba a juguetear con una vieja moneda de oro que rodaba sobre la superficie de la mesa, de pronto se puso en pie, agitado, con la preocupación deformándole las bellas facciones, era un hombre de porte notable, con cabellos dorados y ojos verdes, llevaba un traje echó a la medida que resaltaba lo ancho de sus hombros.

-¡Ya basta! – Espetó molesto sacando a sus compañeros de sus íntimos pensamientos – no comprendo cómo no ha llegado ya, se ha retrasado más de dos horas, no toleraré…

-No tolerarás decirle nada – le interrumpió Héctor – simplemente os callarás la boca como de costumbre, te volcarás en atenciones y pronto quedará olvidada la tardanza.

Narciso echó una mirada furiosa a su compañero, Phedra se puso en pie intentando calmar la tensión entre ambos, agitó la falda de su vaporoso vestido dorado al tiempo que dejaba caer sus rizos rojos sobre los hombros desnudos.

-Recuerden que no debe haber peleas entre ambos – anunció con voz cantarina dibujando una divertida sonrisa en su rostro pálido.

Phedra adoraba representar esa discordia que solía colarse entre sus acompañantes, la malicia frecuentaba ser su más dulce acompañante, vestida de inocencia, como una delicada criatura acostumbraba a  esconder la ponzoña en sus miradas cariñosas, Héctor había aprendido a desconfiar de ella como de nadie.

-¿Desean un poco de té? – preguntó.

-Él no se queja porque jamás podrá renunciar al dominio de ella – profirió Narciso dando justo en el punto – tu voluntad se reduce ante ella, no eres nadie.

Héctor sintió la rabia ascendiendo hasta su cabeza, una cólera implacable se apoderó del joven caballero, Cyrene representaba su perdición, ese amor absoluto y prohibido que sentía por ella, poco a poco le labraba una tumba y mortificantes pensamientos que no le permitían dormir.

Por un instante el tiempo pareció dejar de existir, la puerta se abrió y una hermosa mujer apareció en tras el umbral. Caminó con pasó grácil y natural, con el largo cabello negro ondeando a sus espaldas, sus enormes ojos grises no dejaban de observar a su caballero, sus labios rojos como la sangre dibujaron una perfecta sonrisa. Besó los labios de Héctor acariciándole suavemente la castaña cabellera, luego dedicó un abrazo a sus dos amigos, que sumisos no se atrevieron a reclamarle por su demorada ausencia.

Él sintió su  corazón tambalearse en el pecho,  jamás la había visto tan hermosa y mortal, con el maravilloso vestido esmeralda que entallaba su delgada figura, con sus largas pestañas agitándose sin parar, con sus delicadas manos sujetando las suyas…La cabeza le daba vueltas, y la determinación que poco antes sentía de pronto se le iba como agua entre las manos. Ya no serían las cenizas que barrerían con un amor maldito, con una mujer consumida por el odio, no podía permanecer a su lado.

-Espero no haberos echo esperar demasiado por mí – dijo con voz dulce y cálida – surgieron distintos asuntos que me retuvieron en contra de mi voluntad, ahora contadme amigos míos, ¿qué tal marchan sus cometidos?

Cada uno de los presentes echó una mirada furtiva a Héctor que de ningún modo se atrevió a hablar. Narciso un tanto preocupado esperaba contar con la aprobación de Cyrene, era la única manera de ganarse su paga y continuar con tranquilidad el resto de la semana.

-Mi señoría – dijo con voz temblorosa, ante ella su enorme tamaño perdía importancia, se transformaba en un pequeño sumiso aterrorizado – me enorgullece informarle que la duquesa de la noche ha sido eliminada – su interlocutora brilló de felicidad – he conseguido proporcionarle unas sales venenosas a aquella corona que tanto le gustaba presumir.

-Ahora la bella corona será mía dijo esta – con una sonrisa desquiciada – propongo un brindis, querido mío traed las copas.

La tensión dominaba la estrecha salita oscura, las bujías ardían a su alrededor proyectando escasa luz. Héctor tomó la botella y sirvió a cada uno de los presentes, deseaba no escuchar la historia de Phedra, nadie mejor que ella para entrar en detalles sanguinarios y grotescos. Se sintió consumido por una pena inmensa, como un hombre terrible y débil, quien dominado por una pasión, por una ninfa letal,  perdía la voluntad de sus emociones, arrastrándose a la perversión, convirtiéndose en un ser deplorable, en todo aquello que detestaba y odiaba. Se puso en pie confundido con el pecho subiendo y bajando violentamente, debía acabar con ello de inmediato, nadie más perecería bajo su mano marchita, ninguna otra vida pagaría por sus errores.

-No lo hice Cyrene – anunció mientras esta permanecía intacta sin hacer un mínimo movimiento – no lo haré de nuevo, si quieres conseguirte un trono hacedlo sola, ya basta de usar tu poder para el daño, ya basta de utilizarme.

Ella lo miró durante un minuto que asemejó una eternidad profunda. Echó una terrible carcajada acercándose a su amante, le besó los labios con una pasión impropia de ella, deseando fundirse en él y retenerlo para siempre. Separó sus dulces labios y le entregó una fuerte cachetada en la mejilla izquierda. La rabia se consumía en sus ojos, ahora negros como la noche, la luz de las bujía empezaba a extinguirse mientras un viento inasequible se deslizaba por la puerta. Lo sujetó por el cuello, al tiempo que los demás retrocedían aterrorizados, él la observaba convertirse en un demonio cuyas alas se extendían a lo largo de su espalda, largos colmillos le deformaba la boca dorada… Era la primera vez que la apreciaba en su forma original, hasta entonces no había sufrido miedo hacia ella, todo era una pasión inexorable imposible de sofocar, ahora convertida en su oscura realidad se odiaba por todo lo que había realizado en nombre de un falso amor, no era más que un hombre manipulado que ya no tenía norte ni valor, merecía una muerte dura.

Ella volvió a ser la mujer hermosa que poco antes parecía no tener expresión alguna, las bujías recuperaron su luminosidad, el viento cesó y la niebla desapareció. Héctor, descansaba en el mueble con el cuerpo temblando, ella se aproximó y lo acunó en sus brazos.

-Mi querido amor – susurró inocente – espero no volver a recurrir a esto, eres una parte fundamental de mi alma y nuestras vidas están unidas por la bondad que nos inunda. No vuelvas a pronunciar aquellas palabras y todo será como antes, recuerda, de lo contrario tendré que matarte – pegó sus labios a su oído – vuestra vida me pertenece, harás todo lo que te pida porque eres mío.

Besó con suavidad sus labios dejándole tendido, extendió la capa esmeralda sus hombros ocultando el rostro con la capucha y desapareció tras la puerta, dejando cenizas a su paso y un aroma persistente en el salón, el olor a muerte.

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