Oportunidad desconocida

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Oportunidad desconocida

Un cuervo graznaba en la distancia, la colina desierta asemejaba un caudal vacío, extenuado por los excesos en años de lujuria y conflicto. Un pueblo pequeño se asomaba en la cúspide de esta, sus vecindarios, empobrecidos por las terribles cosechas y una pésima suerte para poseer aquello que tan pronto se les escapa de las manos. El pueblo parecía hecho de las cenizas, erguido sobre dos vastos pilares sombríos, por una inacaba edificación que destacaba en el centro, arrasado por un fuego salvaje y violento, por una decepción marchita condenándolo al destierro. Sus habitantes no ofrecían mejor aspecto, consumidos por la agonía de lo perdido, no conocían más que el desencanto con el que había crecido. Adoraban su encantadora celestial, esa mujer oscura que prometía cuanto no solía llegar, vivía en el viejo caserón imperial acompañada de su misteriosa hija, aquella que ninguna mirada solía apreciar.

El sol acariciaba cálidamente tras los cristales de las oscuras ventanas, no podía sentir el calor sobre su piel pero lo imaginaba como una noche de invierno junto al tibio fuego de la chimenea. Vislumbró el despliegue de las montañas, las diminutas casas negras parecían fundirse entre las rocas como diminutas pinturas puestas sobre estas, el viento hacía bailar densa y silenciosamente  las delgadas ramas de los árboles de la entrada principal. Laure, observó con desgana el vestido turquesa que descansaba en la poltrona negra, su madre insistía en lucir impecable cada día,  aunque en sus veinte años de vida no había realizado mayor contacto que el de su progenitora y las doncellas que trabajaban en la antigua mansión.

Odile entró regia con la cabeza alta como de costumbre, llevaba una blusa banca de volantes y una falda gris, el cabello oscuro recogido en una trenza y el mentón en alto con señal de suprema autoridad. Todo a su paso parecía perder luz y color, incluso las velas solían descender el fulgor de su llama. Se presentó ante su adorada hija como solía hacer día tras día, solo que esta vez no iba acompañada por Dalía ni Rose, sus inseparables acompañantes.

-He venido a pediros querida mía – anunció con tono grave sin pizca de ternura o melancolía – con mucho pesar, que esta tarde prefiero que la pases encerrada aquí leyendo algunos de los libros – se paseó con disgustó fijándose en la biblioteca polvorienta – he de tener una de mis habituales reuniones y no quiero que os incomoden, cuídate mucho hija.

Rozó la espalda de la muchacha con sus largos dedos afilados mientras sus facciones marcaban con desagrado la habitual despedida. Se marchó levantando el polvo a su paso. Sería como acostumbraba, ya arreglada y peina se tendió sobre el sofá esperando degustar alguna buena lectura, un libro de guerreros valientes que luchaban incansablemente por cuanto deseaban alcanzar. Un ruido exterior la hizo perder el hilo la historia, otro sonido más cercano llamó su atención, levantándose y dirigiéndose a la ventana, donde vislumbró una figura, que tiraba con ánimo de una vieja soga atada al cuello de un enorme caballo.

Era un chico. Jamás había visto ninguno, salvo en ilustraciones, tampoco había hablado con uno. Laure confundida entrecerró los ojos esperando apreciar mejor la imagen que se le antojaba tan divertida. El muchacho llevaba un pantalón de lino y una camisa sencilla color blanco, el cabello dorado le caía sobre los ojos, mientras sus labios dibujaban muecas de disgusto y enfado.

Quiso acercarse y verlo más de cerca, tenía prohibido salir de sus aposentos, su madre con frecuencia pasaba la llave para evitar que escapara de su estricta vigilancia, al recodar aquello,  una furia exasperante se apoderó de ella, irritada giró el pomo que cedió ante su mano. Sorprendida por un giro inesperado echó un vistazo al corredor, sin nadie al paso se apresuró a escabullirse esperando pasar inadvertida. Un silencio absoluto envolvía cada uno de sus ligeros pasos, con un nerviosismo frenético saltándole en el pecho,  atravesó el corredor a hurtadillas. Al llegar a la entrada principal, quiso abstenerse de cruzar los límites prohibidos. No pudo,  el impulso por pasar el umbral era más fuerte que su determinación y el terror inspirado por su madre, después enfrentaría las consecuencias, era el momento de sentir lo que era vivir.

Ingenua sin saber qué hacía,  bajó los peldaños que la llevaban al pequeño patio que daba a la calle, allí el joven continuaba en su fracasada misión de mover al animal. Al verlo de cerca, sintió sus mejillas enrojecer, era alto y fornido, con los músculos marcados a través de su pegada ropa. Él no reparó en su presencia, con la juventud a rebosar en el lozano rostro, se mantenía enfrascado en arrastrar el semental hasta las caballerizas.

El viento sopló haciendo que los flecos del vestido de ella rozaran las pantorrillas a la vista del joven mozo. No imaginaba que alguien pudiese estar cerca, y al volverse se topó con la criatura más dulce que había visto nunca, se olvidó del caballo y de cuanta preocupación atormentara sus pensamientos, un frenesí cegó sus sentidos dejándolo a merced de su hermosa captora. Quiso sonreír, manifestar algo elocuente, pero aquellos ojos dorados lo mantenían petrificado, embrujado por la embriagadora hermosura de un ángel jamás imaginado.

-¿Quién eres? – inquirió ella quebrando la magia del romántico silencio.

El corazón de él se detuvo anhelando conseguir las palabras que dieran en el punto correcto.

-Soy Philippe de Cimene, y… – no sabía cómo proseguir, el corazón le latía con fuerza imperiosa amenazando romperle el pecho – ¿De dónde has venido?

-Soy la hija de Odile, vivo aquí – fue una respuesta simple que consiguió poner a pensar a Philippe.

Él había escuchado historias terribles de aquella maligna mujer, se decía que bebía la sangre de sus sirvientes, que tenía pactos con demonios del inframundo que causaban la destrucción y miseria del pueblo. También existía una leyenda, la de una heredera, criada por ella para que continuara con el caos cuando esta hubiese elevado su estado emocional y pudiera convertirse en lo que tanto aspiraba.

Los bellos rasgos de Philippe se deformaron por el terror, era un simple campesino que ahora quería mantener la distancia y huir de allí. Pero no podía dejar a tan preciosa criatura a merced de su sanguinaria madre. Observó el palacete negro, destruido casi por completo por el fuego y tomó la determinación de llevarla lejos. La tomó por la mano y arrastró colina abajo, ella lo detuvo claramente confundida.

-¿Qué hacéis? – Preguntó – no puedo irme de casa, mamá se pondrá furiosa, apenas tengo permitido caminar hasta la sala, si regresa y no me encuentra no sé qué podría pasar.

Un miedo tangible arrasó la boca de la bella muchacha. La confusión marcada en su rostro atrajo toda la valentía de Philippe, convencido en protegerla estuvo a punto de tomarla en brazos y correr.

-No podéis seguir allí, ven conmigo, nada te pasará – le suplicó.

Laure no había sentido nunca afinidad hacia su madre, la detestaba, pero un respeto invocado la mantenía cautiva entre cuatro paredes, la buscaría y encontraría,  luego el castigo sería tan terrible que imploraría la muerte. El pulso de sus venas le influjo unas ganas desesperadas por marcharse, pero un desconocido no era su mejor opción, aunque tampoco conocía a nadie más en el mundo.

Era una vida de pena y desencanto o la oportunidad de ver la noche a cielo abierto y disfrutar el aire, aunque implicara un miedo incesante del que tal vez nunca se desprendería. Tomó la mano que él le tendía, convencida de que tendría mucho por ver antes de que ella la encontrara. Se iría lejos, no volvería, aunque ni ella misma podía ignorar el poder que corría por su alma, mientras el negro de la noche teñía un corazón que no tendría espacio al que huir.

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