Karnat

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Karnat

El camino de piedra enfilaba hasta la enorme entrada del palacio negro, una densa niebla se arremolinaba a sus pies mientras el cielo oscuro se tendía a su paso. Las torres afiladas se alzaban sobre la planta central rozando las nubes grises. Una llovizna ligera descendía sobre la ciudad sombría, un frío primitivo escalaba la alta montaña desnuda. Las rocas sobresalían  en  el camino estrecho, el viento lúgubre soplaba con implacable  temor.

Uruk se encaminó con confianza, conocía cada piedra cada arbusto mejor que su propia mano. Frecuentaba a cruzar aquel pasaje con la costumbre de quien se viste a diario por simple reiteración, silbaba una alegre canción mientras esperaba que las gotas de agua descendieran sobre su largo cabello rojo. Tras cruzar los pilares de la entrada se sentía en casa. La ciudad sombría para muchos, para el significaba el único hogar que tenía, Karnat era hermosa a su modo, con amplias plazas, avenidas estrechas y mercados al aire libre donde se comercializaban la sal, el puerro, los apios y las especias. Otros mercados de menor popularidad vendían prendas, herramientas e incluso armas. No había un punto específico en donde conseguir algo en Karnat, sus comerciantes se situaban en el punto donde más a gusto se sintieran, y podían cambiarlo al próximo día sin inconveniente alguno.

Avanzó hacia la fuente pública donde una docena de niños correteaba jugando, tomó el ánfora de su mochila y la llenó, bebió con gusto el agua fresca y cristalina para luego continuar su recorrido.

Un hombretón gordo de piel parda se le acercó dándole una palmada en la espalda, respondió al saludo intentando no perder un segundo más. Las quinientas escaleras que se debían cruzar hasta el imponente palacio negro, resultaban poco menos que una rutina de costumbre, con agilidad subió peldaño por peldaño sin que su rostro perdiera pizca de su serenidad.

Al alcanzar las puertas de hierro un par de guardias apostados en vigilancia abrieron sin mediar palabra. La sala espectral amplia y espaciosa se hallaba débilmente iluminada por una docena de velas a medio consumir, la soledad disuelta asemejaba un espejo cuyo techo abovedado reproducía a exactitud lo que en el suelo ocurría.  Una joven cruzó corriendo la estancia arrojándose en sus brazos, conmovido la rodeó con los brazos embargándose de su olor a miel, el cabello dorado le hacía cosquillas en la nariz, mientras las manos de ella se cerraban en torno a su cuello. Al separarse percibió una lágrima que escapaba por sus rosadas mejillas, echó un vistazo cerciorándose de que nadie los vigilara.

-Mi hermano está en la biblioteca – anunció ella con voz melosa – no nos verá – una tímida sonrisa se dibujó en sus labios rosados – he temido tanto por ti, que no llegaras…

Él posó un dedo sobre su boca haciéndola guardar silencio. Quería grabarla en su cabeza una vez más, con los largos rizos cayéndole cual cascada a la cintura, los redondos ojos negros llovidos de juventud, el vestido violeta que asentaba su pequeño torso. Era todo lo que nunca podría tener, y aquello con lo que siempre soñaba, Iris lo quería no lo dudaba, pero complicadas reglas sociales los obligaban a una separación absoluta de la que ninguno se atrevía a hablar.

Uruk era proveniente de la isla Cora, cerca del mar de las Horas, allí su empobrecida familia lo había vendido a un grupo de mercenarios que se mostraron gustosos de tener un joven sirviente que les hiciera cuanto deseaban. Insondables  cicatrices marcaban su piel dejando evidencia de su condición, de un pasado imborrable que con cada amanecer se hacía presente. Su cuerpo nunca le permitiría olvidar lo que vivió.  Con veinticinco veranos conservaba la lozanía de su rostro, un porte fornido y brazos anchos, el largo cabello le caía hasta los hombros acentuando el color pardo de sus ojos.

Tras una revuelta sanguinaria en Tierra Baldía Uruk cayó en las manos de Serge, de eso hacían diez años aunque él recordaba el hecho con absoluta claridad, desde entonces era su amigo y servidor, vivía en el palacio junto al príncipe de Karnat y su hermana menor, Iris.

Esta lo observó confundida, no solía mantenerse callado demasiado tiempo, o bien podría no tener buenas nuevas, o mantenía un absurdo debate sobre lo incorrecto de su relación. Ella, mejor que nadie, sabía de los riesgos, conservaba los miedos guardados en el fondo de su corazón. La tarde que decidió besarle por primera lo emboscó en las cocinas, a la vista de nadie le robó unos dulces besos de los que jamás llegaría a arrepentirse. Sus encuentros se hicieron constantes, aunque él insistía en cesar la relación, ya se hallaba inmerso en un juego del que solo Iris conocía el fatídico desenlace.  Cuando se coló en su alcoba, Uruk la rechazó hiriéndola en el alma, jamás nadie osaba rechazar el hecho de pasar una noche con ella, llevaba sangre real en las venas y no permitía que nadie menospreciara sus acciones. Lo asedió con tenacidad dejando que su belleza le cautivara hasta hacerlo caer en su lecho, para entonces ya se había enamorado perdidamente de él.

-Vamos – le insistió con las pestañas sacudiéndose como tanto le encantaba –  Serge te espera.

La enorme y polvorienta biblioteca se hallaba en absolutas tinieblas cuando entraron. Serge se encontraba de pie con una copa de vino en la mano, las llamas de la chimenea afilaban sus finos rasgos, el cabello negro lo llevaba recogido en una coleta mientras sus ojos se fijaron rápidos como una serpiente en quienes acaban de interrumpir su preciada soledad. Se volvió hacia ellos tendiéndose cómodamente sobre un sofá largo de dos brazos, hizo llamar a un esclavo que apareció en el acto con dos braceros portátiles donde las brasas ardía vivamente, los situó frente a ellos que tomaron haciendo en el acto.

-Veo que ya no soy tan merecido de vuestro cariño hermana, ni un gesto por mí – manifestó con fingida indignidad.

Iris se aproximó hasta él dejando que le besara la frente, sus labios fríos como el mármol impregnaron la tez de su hermana de un acre olor a ceniza. Volvió a situarse al lado de Uruk desviando la mirada de este.

-¿Cómo os fue en Salles? – Quiso saber – ni una carta he recibido en esta semana, he de suponer que la virtud por la que os habéis marchado se halla resuelta definitivamente.

Uruk no le temía a su señor, aunque muchos se jactaran de su maldad él no había conocido más que un hombre bueno, marcado por una tragedia que sin duda le acarreó en el alma una profunda pena.

-Serge, la situación no es muy cómoda por el momento – inició su discurso con voz pausada –  Azores mantiene abierta una importante confrontación con Arcadia, reclaman sus derechos y exigen liberación parcial de los impuestos que les ahogan, además de un puesto en la corte

“Salles por el contrario, a pesar de manifestarme el descontento evidente de lo olvidado que se encuentra el sur de Rhodas, no pretenden incitar una guerra, se han negado rotundamente manifestando su apoyo incondicional al rey de Arcadia. De Hestia y Ciudad de Hierro aún no obtenemos respuestas, supongo que las cartas están echadas y falta ver cómo termina la partida.

Serge sonrió complacido ocasionando una terrible confusión a su amigo.

-Es maravilloso – anunció contento  dando un largo trago a su copa – puesto que el rey es Baal y su imponente dominio se halla en declive, es su hija quien debe asumir el trono, lo que nos sitúa en una posición muy ventajosa. Nuestra sangre está ligada a la de los Arcadia, aunque hace cientos de años ya no tenemos un parentesco cercano el linaje no es algo que se pueda evitar fácilmente. Nuestro próximo movimiento es sencillo – se hizo el silencio – convertir a Aleana en mi reina.

El plan del príncipe constaba en lo seguro que sería raptar a la princesa y llevarla a sus pies, también lo endeble de su voluntad y que no opondría resistencia alguna. Fuese como fuese ni él ni Iris podían hacerle cambiar de parecer. Se marcharon dejándole convertir sus sueños en un  escenario tentador de la que haría lo imposible por ver realizada.

Uruk se retiró a sus aposentos, en una de las torres bajas donde tenía vista del mar. Disfrutaba apreciar la noche allí con la luna reflejada en las aguas perversas. Cuanto más tendría que hacer para ganarse el favor de su señor, este había jurado nunca conceder a su hermana a ningún hombre, puesto que la haría permanecer a su lado hasta la eternidad, no se permitía perder otro ser querido por lo que prefería verla atada a su castillo sin ninguna libertad.

La puerta se abrió casi imperceptiblemente, él pareció no reparar en el hecho, estaba seguro de que ella iría a sus brazos. La túnica dorada se deslizó hasta sus pies, ella se posó en él descansando  de los terrores del pasado, era la paz absoluta lo que la mantenía tranquila en aquella ciudad de horrores. Sabía que su hermano había perdido la razón, pero no por eso le quería menos, era lo único que le quedaba en la vida, en esa existencia maldita. Se recostó en el lecho esperando recibir los besos tibios de Uruk, este la amó hasta el amanecer, olvidando la brecha que los separaba se sintió más unido a ella, aunque el sol implacable apareciera y con este sus terrores acostumbrados, su alma se hallaría atada a la de Iris y eso era algo que ningún mortal podría desafiar.

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