El tiempo dilata

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El tiempo dilata

Los años suelen marcar arrugas infinitas en nuestros corazones, dejar marcas imborrables y excusas grabadas en la piel. Pero las peores cicatrices son las que se quedan en el alma, porque estas jamás se irán, permanecerán en nuestra conciencia hasta el último de los días.

Recordamos los silencios, tan protagónicos, sublimes y pausados, esa nota tediosa que dejan para dar largo pie a una melodiosa canción, y luego la letra ha perdido importancia, lo único que conservamos es la esencia del momento, el recuerdo inocente que no se deja marchitar.

Veinte años son la larga espera de una mujer enamorada y hombre que se dedicó a perderlo todo, la hermosa y cándida pasión les encendió el alma a ambos cuando apenas eran menos que unos adolescentes…Fugitivos encuentros marcaron la expectativa de una dulce tonada que de cuando en cuando apuraba el ritmo para guiarlos a través de un torbellino de emoción.

El cielo negro rugía estrepitosamente,  la capa forrada en pieles apenas alcanzaba a cubrirla y protegerla del frío, no estaba hecha para la ocasión, la ventisca podría arruinarla sin piedad.

Amelia merodeaba por medio de la alta hierba empapando el ruedo de sus faldas.  Era una lástima perder semejante traje, sus ahorros de todo  un año de trabajo quedaban ahora  a la deriva, en aquella falda de terciopelo azul y encaje negro, el sombrero y los guantes elegantes ya no le servirían de nada. Otro rugido la hizo estremecerse. No reparó en el instante que perdió de vista su hogar, nada importaba ahora, tan sola y gastada, acompasando su pasos descalzos. Cuando necesitó sentir la tierra húmeda contra sus pies, se deshizo de las botas y echó a correr sendero abajo.

Había buscado sin cesar al hombre que la enamoró, aquel que le arrebató la sonrisa y prometió volverla a buscar. Dos décadas habían sido suficientes para que ella se decidiera a rencontrarse con él.

Un silencio sublime acompasaba el ritmo de sus pasos, las manos heladas colgaban a ambos lados de su cuerpo, solo conseguía escuchar el ritmo desbocado con el tocaba su corazón. Cuanto se arrepentía de la dureza con la que solía juzgar las relaciones humanos, se afanaba en creer que un secreto interés movía cada palabra cada gesto, que todo hombre era incapaz de amar una sola vez, y que toda mujer se entregaba cuantas oportunidades creyese necesarias jurando amor eterno.

Pero no había ocurrido así. Aun sentía en sus labios el néctar de la pasión, esa necesidad desbocada y absurda de permanecer a su lado, de entregarse en sus brazos y seguirle los pasos sin mirar atrás. Ese violento movimiento que sentía en la punta de los dedos cuando él la llevaba de la mano, esa ligera emoción que le ruborizaba las mejillas tras cada breve encuentro, ese secreto anhelo que entre sueños la hacía suspirar.

Pero el tiempo inexorable había barrido con los restos de un cariño perdido, ya no era joven y bonita, no gozaba de la figura de antes, sus ojos se veían rodeados por profundas grietas surcadas por los años, su boca ya no acostumbraba a reír. Parte de su esencia se había marchita al deseo de volver a verlo.

Los pasos parecían no darse, el viento la obligaba a sostener la capa por miedo a enfermar. Y si enfermaba ¿qué? A nadie le importaba, sus propósitos no eran menos que pequeñas grietas en el mar,  abandonados a la espera sin final.

La muerte temeraria había marcado su vida, alejándola de todo aquel que quería, excepto Daniel, él se marchó porque nada los podía hacer permanecer juntos, porque estar con ella era la ruina, porque sus sueños no eran más que una leve viruta arrastrada en el viento. Las pesadillas marcaban sus noches, cuando la agonía no tenía piedad la azotaba sin clemencia.

Allí estaba la vieja casa, con el mismo árbol que sus ojos recordaban, el humo escapaba por la chimenea mientras la puerta entreabierta la invitaba a pasar. Los recuerdos la hicieron avanzar, clavando cada puñalada en su alma, afincando un miedo, destapando viejos sentimientos.

Rozó la mesa de caoba, los cuadros parecía susurrar…

-¿Cómo ha entrado sin permiso?

Se volvió sorprendida, lo cierto es que era una intrusa que sin importar cuantas veces hubiese pisado ese suelo ya no era bienvenida. Se volvió confundida con la cabeza aturdida, un hombre alto de rostro afilado la observaba fijamente. El cabello negro empezaba a canear, mientras al lado de su boca finas líneas marcaban la edad, llevaba un traje azul que resaltaba el gris profundo de sus ojos.

Sintió palidecer, las fuerzas le fallaron y por poco cae de rodillas. El hombre con la fuerza y vigor de otrora la sujetó antes de desfallecer, su rostro conmovido se acercó al de ella, donde gruesas lágrimas se deslizaban, quiso besarla, recordaba ese rostro precioso ahora marcado por la edad, el anhelo que sintió y los besos que le prometió. Sintió el fuego arder en su pecho con la vitalidad de sus buenos años, sintió el deseo de estar con ella, de abrazarla, de tomarla, de nunca soltarla.

En medio de la ventisca, sus labios se encontraron manifestando la felicidad eterna, lejos de marcar su separación lograron avivar el amor, veinte, treinta, no existía un tiempo que lograra borrar lo que ambos sentía. La luz que emanaba los envolvía, dándoles finalmente ese sueño eterno que ambos querían.

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