Encuentro y causalidad

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Encuentro y causalidad

El aire denso se colaba a través de las colinas rocosas, el cielo negro ocultaba sus brillantes misterios mientras la luna llena, siempre de absoluta majestuosidad, se posaba en lo alto derrochando una lujuria insensata, que cuantos admiraban osaban morir de envidia,  ante semejante belleza.

El odio incesante se acumulaba en la pequeña choza, donde un fuego lento ardía con pereza, a su alrededor se posaban dos figuras delgadas con las manos al calor, un lecho de paja húmeda descansaba en la esquina desierta, en tanto que una cesta de manzanas comenzaba a perder vigor justo al lado de la estrecha e improvisada puerta.

El destino implacable los había reunido allí,  dos pasados distintos concurrían en un solo y nuevo camino, dos sentimientos se apilaban contra ellos, llevándolos al extremo de un dolor siniestro, una dura verdad les acontecía, una marca imborrable los mantenía unidos.

Odette inspiraba cansada añorando recuperar el calor del cuerpo, echaba hacia adelante las manos entumecidas,  al tiempo que los risos negros le caían sobre la frente oliva. Un gesto de preocupación transformaba sus bellas y delicadas facciones, pensamientos contrarios la acometían, arrastrándola a tormentos ya sufridos que no paraban de acosarla. Y cada tanto que volvían, cerraba las manos en un par de puños que llegaban a lastimarla, sintiendo las lágrimas inexistentes agolpándose en sus morenos ojos, con un galope veloz martillándole en el pecho.

El odio volvía a asentarse en su marchito corazón, una rabia imposible de calmar, un fuego que solo lograba aumentar. Le atraía los severos recuerdos de tantos sufrimientos, una cárcel, hombres fuertes y degenerados que únicamente abusaban de ella. La muerte en sus manos, las pesadillas, la sangre seca en la boca…

Sintió las cicatrices en su cuerpo, aquellas que ni el tiempo había logrado borrar, aquellas que la acompañarían hasta la muerte, que nunca podría mostrar a una familia que no deseaba verla. El odio solo aumentó en su boca, como el sabor de un metal frío, aquellos padres violentos que la habían vendido sin sentir pizca de compasión. Una madre desterrada y un progenitor borracho le acarreaban las penas que con tanta insistencia la perseguían. Luego su amo, un hombre violento de más de cincuenta años, se aprovechaba de ella, de una belleza salvaje que resultaba atractiva a la vista de cuantos intentaban posarla en su delicada figura, entonces la desgracia se instauró en su vida, definitivamente estaba perdida, tuvo que ver la muerte a los ojos, desafiarla y vencer. Conocer la fuerza no era suficiente, siempre podía volver a caer, verse perdida en un mundo odiado, en un mar de horror.

Por mucho que intentaba despejar esos sentimientos de su cabeza, la irá solo acrecentaba, llenándola de sed, de unas ganas terribles de hacer pagar el precio de los golpes. No obstante lo  distantes que podrían estar esos años, aún recordaba con absoluta precisión cada daño y lágrima,  no se permitía olvidar, mientras el odio continuará allí podría recordar que tenía un motivo para regresar.

A pesar de Pierre, un hombre joven, antiguo soldado del ejército real. Se habían encontrado en una vieja mansión donde Darío, el amo de Odette, vivía plácidamente. No pudo negar que sus ojos se vieron atraídos al instante por tan maravillosa criatura, y aunque el persistente semblante de tristeza la cubría día y noche, él podía percibir la belleza de su alma, aquella nunca antes descubierta que tanto añoraba encontrar.

La joven le estaba agradecida, había tomado mucho confiar en un desconocido, cuando logró dirigirle la palabra, se sintió deslumbrada por sus ojos azules, llevándola a una confusión de la que poco después consiguió sacar provecho.

Ahora era presa de una libertad fingida, de un hombre al que estaría en deuda de por vida. Tal vez darle muerte sería sencillo, se libraría del mal y conseguiría su tan anhelada emancipación.

Solo debía tomar el largo cuchillo que descansaba sobre la mesa, estirar el brazo y cortarle el cuello. No era difícil, ya lo había hecho varias veces antes, solo un poco de valor y cortaría los malditos lazos de su pasado.

Pierre cerraba los ojos con gusto, esperando entregarse a un sueño profundo. Diminutas grietas recorrían el contorno de sus ojos, sus manos entrelazadas sujetaban un pequeño pellejo de agua. Ella se aproximó silenciosa, con sigilo esperando no alertarlo, un tajo rápido y estaría listo.

Ya casi lo alcanzaba, estaba a punto de hacerlo, estiró un poco más el brazo, y cuando iba dar el blanco, él abrió los ojos. La miró confundido sin pizca de miedo, ella sostuvo el filo contra su cuello, sus ojos se encontraron en un desafortunado momento, en el que la vida dependía de una decisión errónea.

-No voy a suplicarte que me dejes vivir – le susurró con voz suave, ella sostuvo el cuchillo sin titubear – yo he vivido un camino en busca de ti, en busca de  esa bondad misteriosa que se asoma en vuestros labios. Buscando ese cariño perdido que susurran sus ojos, no suplicaré clemencia, si decides perdonarme, la luz caerá sobre ti, dejándote olvidar el pasado y a quienes te han dañado.

Odette sostuvo con fuerza el cuchillo, y poco a poco disminuyó la presión hasta bajarlo por completo. Observó aquella mirada que nunca antes había conseguido admirar, entendiendo que solo podía salvarse si lo tenía a él para guiarle los pasos. Pierre la tomó en brazos y la besos con un cariño desconocido para ella, acarició su cabello, su cuello, sus brazos… la sostuvo con cuidado, entregándola al amor, por una vez la llevaría a la vida que le fue negada, por una vez viviría de suspiros y no de miedos… sus noches se unirían dejándoles un camino libre en el que ambos marcharían sin mirar el rencor.

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